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¿Quiénes son los presos de Guantánamo liberados en Cabo Verde, Letonia y España?

31 de julio de 2010
Andy Worthington


La semana pasada, la repatriación forzosa de Abdul Aziz Naji, un preso argelino de Guantánamo, desvió la atención de las historias de otros tres hombres que fueron liberados en circunstancias menos preocupantes: un sirio que fue reubicado en Cabo Verde, una antigua colonia portuguesa situada frente a la costa occidental de África; un uzbeko reubicado en Letonia; y un afgano reubicado en España.

Ahora que Abdul Aziz Naji parece estar ya en casa con su familia (véase también esta entrevista aquí), siguen existiendo preocupaciones fundadas sobre si está a salvo de los extremistas, sobre si se puede confiar en el Gobierno argelino y sobre si la administración Obama se ha visto lo suficientemente afectada por las críticas internacionales como para suspender la repatriación prevista de otros argelinos en Guantánamo que temen regresar a su país. Estas son cuestiones que traté en un artículo reciente, y ahora me gustaría repasar las historias de los otros hombres liberados la semana pasada, que, una vez más, demuestran que quienes insisten en tachar a todos los prisioneros que quedan en Guantánamo de terroristas son o bien oportunistas cínicos, que se aprovechan del mensaje de miedo permanente promovido por la administración Bush, o bien ideólogos con visores estrechos, incapaces de separar la realidad de la ficción.

Abdul Nasser Khantumani: un migrante económico sirio de 50 años, reasentado en Cabo Verde

Abdul Nasser Khantumani (identificado en el momento de su liberación como Abd al-Nisr Mohammed Khantumani, y también conocido en Guantánamo como Abdul Nasir al-Tumani), un sirio de 50 años, fue liberado al mismo tiempo que Abdul Aziz Naji, pero, dados los temores indiscutibles sobre lo que le esperaría si fuera repatriado a Siria, se le concedió, en su lugar, un nuevo hogar en la antigua colonia portuguesa de Cabo Verde, un archipiélago de islas frente a la costa occidental de África.

Cabo Verde, un país muy respetado por su democracia estable, tiene una población de 500 000 habitantes, pero la comunidad musulmana es muy reducida, por lo que le resultará difícil adaptarse a su nueva vida, sobre todo porque está solo, sin familiares ni compañeros exprisioneros que le brinden apoyo. Lo inusual de este acuerdo es que a su hijo, Muhammed, que fue detenido junto a él en Pakistán en diciembre de 2001, se le asignó un nuevo hogar en Portugal el pasado agosto, por lo que habría tenido sentido que a él también se le reubicara en Portugal.

Como migrantes económicos en Afganistán, los Khantumani nunca representaron una amenaza para nadie, y resulta lamentable que se tardara tanto en liberar a ambos hombres. En mi libro The Guantánamo Files, analizó su historia basándome en los testimonios que prestaron ante las comisiones de revisión militar de Guantánamo (los Tribunales de Revisión del Estatus de Combatiente) en 2004-2005:

    El padre había viajado a Afganistán en 1999 en busca de trabajo, encontró empleo en un restaurante de Kabul y trajo a diez miembros de su familia en junio de 2001, entre ellos Muhammed, su abuela y un bebé de ocho meses. Otros seis miembros de la familia —la familia del tío de [Muhammed]— llegaron una semana antes del 11-S, pero tras enterarse del ataque a Estados Unidos, la familia huyó a Jalalabad, donde permanecieron un mes, y luego se dirigieron a pie a Pakistán. Por el camino, su guía aconsejó a [Abdul Nasser] que dejara que las mujeres y los niños viajaran en coche, para que fueran un objetivo menos atractivo para los salteadores de caminos, pero cuando él y su hijo llegaron a Pakistán, los aldeanos locales los entregaron al ejército pakistaní.

En su juicio, Abdul Nasser también habló de sus motivos para viajar a Afganistán, afirmando: "Siempre estuve buscando un país alternativo al que pudiera emigrar y vivir con mi familia. Pensé en ir al mundo libre, que es el mundo occidental, especialmente después de haber oído hablar mucho de la libertad, la estabilidad y la justicia en esos países, pero todas las puertas estaban cerradas".

Por desgracia, tanto el padre como el hijo sufrieron un trato brutal tras su captura, tanto bajo custodia pakistaní como estadounidense. Muhammed explicó que, mientras estuvieron bajo custodia pakistaní, en tres prisiones diferentes, él y su padre fueron "sometidos a palizas y a duras torturas", y que le rompieron la nariz. Añadió que durante todo este calvario "había estadounidenses presentes", y su padre corroboró este relato, afirmando que los pakistaníes "nos torturaban con mucha dureza" y que los estadounidenses "estaban mirando y allí de pie. Los estadounidenses estaban presentes. Estoy seguro de ello porque fueron ellos quienes nos interrogaron".

Además, Muhammed explicó que, en la prisión estadounidense del aeropuerto de Kandahar (donde se tramitaban los traslados de los prisioneros a Guantánamo), a su padre le fracturaron la frente "y la Cruz Roja lo vio y redactó un informe", y añadió que él sufrió una fractura en la mano izquierda, además de padecer "muchas enfermedades" y "otros métodos de tortura psicológica", incluida la privación del sueño.

También explicó que, durante los interrogatorios en Camp X-Ray (la primera prisión rudimentaria de Guantánamo), "uno de los interrogadores trajo dos cables conectados a la corriente y dijo que si no decías que tú y tu padre pertenecían a Al Qaeda o a los talibanes, te los pondría en el cuello", y que los abusos continuaron en Camp Delta (el sustituto más permanente de Camp X-Ray), donde afirmó que fue "amenazado con violencia" y que "un interrogador amenazó con enviarlo a ser torturado a un país extranjero".

La historia de Muhammed también destaca por una serie de acusaciones falsas vertidas por uno de sus compañeros de prisión, que fueron desmentidas por su representante personal (un oficial militar que se le asignó en sustitución de un abogado) durante su juicio. Como expliqué en un artículo de 2007, basado en una serie de reportajes pioneros de Corine Hegland para el National Journal

En su juicio, [Muhammed Khantumani] negó con tal vehemencia la acusación de que hubiera asistido al campo de entrenamiento de al-Farouq [el principal campo de entrenamiento para árabes, vinculado a Osama bin Laden en los años previos al 11-S] que su representante personal decidió investigar el asunto más a fondo. Sin embargo, cuando examinó las pruebas clasificadas, descubrió que solo un hombre… afirmaba haberlo visto en al-Farouq y lo había identificado como presente allí tres meses antes de que él llegara a Afganistán. Tal y como lo describió Corine Hegland: "El curioso oficial estadounidense sacó el expediente clasificado del acusador, vio que había acusado a 60 hombres y, de repente escéptico, sacó los expedientes de todos los detenidos que el acusador había situado en ese campamento de entrenamiento. Ninguno de los hombres había estado en Afganistán en el momento en que el acusador dijo haberlos visto en el campamento".

Aun así, las protestas del representante personal fueron en vano, porque, como expliqué con motivo de la puesta en libertad de Muhammed Khantumani, fue "juzgado como “combatiente enemigo” y tuvo que esperar casi cinco años antes de que el Grupo de Trabajo para la Revisión de Guantánamo del presidente Obama llevara a cabo finalmente una revisión exhaustiva de su caso y… estableciera que las pruebas en su contra no eran fiables".:

    Cabe señalar que el Grupo de Trabajo llegó a la misma conclusión en el caso de Abdul Nasser. Tal y como me explicó el Centro para los Derechos Constitucionales, aunque su petición de hábeas corpus no se había tramitado en el momento de su liberación, se le "autorizó a abandonar Guantánamo sobre la base de una decisión unánime" del Grupo de Trabajo, lo que sugiere que las escabrosas acusaciones contra él que pueden encontrarse en documentos de dominio público —incluidas las afirmaciones de que "fue identificado por un alto cargo de Al Qaeda como presunto miembro de un grupo terrorista", y que era "conocido comúnmente como experto en explosivos" — fueron inventadas o bien por el mismo preso que causó tantos problemas a su hijo, o bien por otros testigos claramente poco fiables cuyas mentiras han sido denunciadas regularmente por los jueces del Tribunal de Distrito de Washington D.C. en sus resoluciones sobre las peticiones de hábeas corpus de los presos.

Con la puesta en libertad de Abdul Nasser, los largos años de tortura, mentiras y brutalidad han quedado atrás, pero, como también señaló el CCR, "la profunda esperanza de padre e hijo es ahora que llegue el día en que puedan reunirse por fin como familia".

Un ciudadano uzbeko reasentado en Letonia

El pasado jueves, tras la puesta en libertad de Abdul Aziz Naji y Abdul Nasser Khantumani, el Pentágono anunció que se había liberado a otros dos presos, en Letonia y España, con lo que el número de reclusos en la prisión ascendió a 176. No se reveló la identidad de ninguno de ellos, pero en febrero de este año RFE/RL informó de que Letonia había "acordado acoger a un ciudadano uzbeko actualmente recluido en el centro de detención estadounidense de la bahía de Guantánamo". El informe añadía: "No se reveló el nombre del ciudadano uzbeko, aunque se informó de que habla ruso con fluidez, es soltero, tiene familiares en Uzbekistán y está dispuesto a aprender el idioma letón". Además, el ministro de Asuntos Exteriores letón, Maris Riekstins, declaró a los periodistas en aquel momento que el Gobierno "concederá al hombre el estatuto de refugiado, una asignación mensual y un apartamento". También se informó de que los servicios de seguridad letones "vigilarían" al exprisionero.

Dado que, a principios de año, solo quedaban dos uzbekos en Guantánamo, y que uno de ellos, Ali Sher Hamidullah, era, según se informa, el uzbeko reubicado en Suiza el 26 de enero, parece probable que el hombre al que se le ha concedido un nuevo hogar en Letonia sea Kamalludin Kasimbekov, cuya puesta en libertad fue autorizada en 2006 por una junta de revisión militar bajo la administración Bush, pero que siguió detenido debido a temores fundados de que fuera torturado si regresaba a su país de origen.

Kasimbekov, que tenía 24 años en el momento de su captura, declaró ante el tribunal de Guantánamo que él y un amigo habían huido de Uzbekistán después de que este matara accidentalmente a un policía mientras conducía su coche, y que habían acabado en un campo de entrenamiento dirigido por el Movimiento Islámico de Uzbekistán, un grupo militante aliado con los talibanes, donde, según afirmó, los responsables del campamento le quitaron su identificación militar, que necesitaba para volver a casa, y lo trasladaron en avión, junto con otras cinco o seis personas, a Kabul, donde trabajó en un taller de automóviles.

Continuó explicando que en 2001 solicitó volver a casa y pidió dinero y su identificación militar, pero que, al no recibir respuesta, decidió huir, solo para ser capturado mientras viajaba de Kabul a Mazar-e-Sharif en un minibús-taxi, encarcelado por el IMU durante seis meses y luego liberado el 16 de septiembre de 2001 "con el acuerdo de que ayudaría en una batalla". Enviado al frente en Kunduz, el último bastión talibán en el norte de Afganistán, explicó que estuvo "ayudando con todo tipo de tareas domésticas durante aproximadamente un mes", pero que, tras el bombardeo aéreo de Kunduz por parte de las fuerzas estadounidenses, cuando había "muchos cadáveres" y se negoció una rendición entre los talibanes y la Alianza del Norte, se negó a retirarse con el IMU y, en su lugar, acudió a Abdul Mumin, un comandante de la Alianza del Norte, y se entregó con su arma. Añadió: "No se disparó ninguna bala de mi arma".

Un afgano reasentado en España

Por el momento, el único misterio que queda por resolver en relación con los presos liberados la semana pasada se refiere al hombre liberado en España. En febrero de este año, el Gobierno español acordó acoger a cinco hombres procedentes de Guantánamo. Partiendo de la base de que ningunos de ellos debía tener antecedentes penales, el Gobierno se comprometió a concederles un permiso de residencia y el derecho a trabajar, y también garantizó que tendrían libertad de movimiento dentro de España, aunque no se les permitiría salir del país.

El primero de estos hombres, Walid Hijazi, de origen palestino, llegó en febrero; el segundo, Yasim Basardah, de origen yemení, llegó en mayo; y el tercero, que llegó la semana pasada, solo ha sido identificado hasta la fecha como afgano. Sin pistas sobre su identidad, es difícil especular sobre por qué no fue liberado en Afganistán, pero, tal y como explicaba esta semana el sitio web The Americas Post, al confirmar su llegada a la base militar de Torrejón de Ardoz, el acuerdo del Gobierno español con EE.UU. "no ha sido fácil para el país de acogida, ya que la mayoría de los antiguos prisioneros tienen profundos problemas psicológicos y su inserción en la sociedad es difícil" y, quizá como consecuencia de ello, "no se esperan más llegadas al menos hasta después del verano".

Actualizando la historia de Walid Hijazi, de la que informé en mayo, el blog explicaba que llegó con "graves problemas psicológicos" como consecuencia de su detención, "y vivió varios meses en una habitación de un pequeño hotel familiar en una ciudad del norte de España. Se le ofreció trasladarse a un piso, pero la ONG encargada no logró llegar a un acuerdo con él. Finalmente, el ayuntamiento lo trasladó y lo llevó a vivir a una residencia de la misma ONG". El blog añadía que Hijazi tiene problemas para aprender español, una "cuestión fundamental para que pueda integrarse de verdad en España y conseguir un trabajo".


 

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