Declaración de misión
21 de agosto de 2015
El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que
viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también
la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense.
Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar
los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática
encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.
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Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar |
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¿Quiénes son los cuatro afganos liberados de Guantánamo?
23 de diciembre de 2009
Andy Worthington

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Durante el fin de semana, 12 presos fueron liberados de Guantánamo, tal y como anunció el
Departamento de Justicia en un comunicado
de prensa el 20 de diciembre. Ya he informado anteriormente sobre las historias
de los dos somalíes que fueron liberados —destacando que nada en sus casos
demostraba que fueran “lo peor de lo peor”— y pronto informaré sobre las historias
de los seis yemeníes transferidos a la custodia del Gobierno yemení. Por ahora,
sin embargo, me gustaría centrarme en los cuatro afganos transferidos a la
custodia del Gobierno afgano, porque, en contraste con el alarmismo de los
republicanos oportunistas, que siguen afirmando que Guantánamo está lleno de
terroristas, las historias de estos cuatro hombres demuestran, por el
contrario, la incompetencia de los altos cargos de la Administración Bush,
revelando cómo, en lugar de detener a hombres que tuvieran alguna conexión con
Al Qaeda, o a los responsables de los atentados del 11-S, llenaron Guantánamo
de lo que el general de división Michael Dunlavey, comandante de Guantánamo en
2002, describió
como presos “Mickey Mouse”.
Sharifullah, el aliado de EE.UU. que había protegido a Hamid Karzai
El primero de los cuatro afganos, Sharifullah, que tenía 22 años en el momento de su captura, fue
detenido por las fuerzas estadounidenses en un complejo militar afgano junto
con otro hombre, Amir Jan Ghorzang (identificado por el Pentágono como Said
Amir Jan), quien
fue puesto en libertad de Guantánamo en septiembre de 2007. Ambos hombres
fueron acusados de acumular explosivos para los talibanes y de estar
involucrados en varios complots, pero insistieron en que eran soldados leales
al Gobierno. En Guantánamo, Sharifullah explicó que fue uno de los primeros
reclutas del nuevo ejército afgano, entrenado por oficiales británicos, y
añadió que había pasado siete meses formando parte de un grupo encargado de la
seguridad del presidente Karzai. Sin embargo, al no conseguir un ascenso,
regresó a Jalalabad, donde acababa de asumir un nuevo cargo como oficial cuando
fue detenido.

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Amir Jan Ghorzang (en la foto, a la izquierda) fue el más vehemente de los dos en
Guantánamo, lamentando que los soldados estadounidenses que los habían
capturado hubieran sido engañados por traidores que recibían dinero tanto del
ejército estadounidense como de Al Qaeda, y que hacían pasar a hombres
inocentes por miembros de Al Qaeda y de los talibanes. “Estoy aquí porque a
alguien le pagaron unos dólares”, explicó, añadiendo que había estado
encarcelado por los talibanes durante cinco años, debido a su oposición a
ellos, y que también había trabajado para Haji Qadir, un comandante que luchó
junto a los estadounidenses durante la batalla de Tora Bora, un enfrentamiento
entre Al Qaeda y las fuerzas afganas respaldadas por Estados Unidos en
diciembre de 2001.
Los casos de ambos hombres —al igual que los de muchos otros que habían trabajado para el Gobierno de Karzai, pero habían
sido traicionados por sus rivales— revelaron lo poco que les importaba a las
autoridades estadounidenses establecer la verdad sobre sus acusaciones, ya que
habría sido fácil localizar en Afganistán a testigos que pudieran haber
verificado sus historias (como hicieron los periodistas de McClatchy Newspapers
en 2008, cuando entrevistaron a Ghorzang). No obstante, al final tuvo más
suerte que Sharifullah, cuya presencia continuada en Guantánamo durante dos
años y tres meses tras su liberación fue, francamente, inexplicable. Como
explicó Ghorzang en el siguiente intercambio en el tribunal de Sharifullah,
cuando fue llamado a declarar como testigo:
Sharifullah: ¿Sabes que participé en el nuevo Gobierno? ¿De verdad trabajaba sin descanso
para el nuevo Gobierno?
Ghorzang: Tú trabajabas con el nuevo Gobierno y él colaboraba con el Gobierno de Karzai, en
apoyo de este.
Mohammed Hashim: el fantasioso sometido a juicio ante una comisión militar
La historia del segundo hombre, Mohammed Hashim, sigue siendo tan desconcertante ahora como lo era
cuando fue remitido a juicio ante la Comisión Militar en Guantánamo en mayo de
2008, y escribí un artículo titulado “Un
fantasioso afgano se enfrentará a un juicio en Guantánamo”, en el que
afirmaba que la decisión “parecía alcanzar nuevas cotas de celo mal aplicado”.
Hashim, que tenía unos 26 años en el momento de su captura, fue detenido por
primera vez por las fuerzas afganas después de que lo encontrara tomando
medidas cerca de la casa del mulá Omar, el líder recluido de los talibanes, y
preguntando a los lugareños sobre las medidas de seguridad. Posteriormente
liberado, fue detenido de nuevo y entregado (o vendido) a las fuerzas estadounidenses.
Si había algún aspecto de las circunstancias de su captura inicial que debiera haber hecho saltar las
alarmas en cuanto a su salud mental, este fue ignorado cuando las autoridades
estadounidenses decidieron acusarlo de “llevar a cabo misiones de
reconocimiento contra las fuerzas estadounidenses y de la coalición”, y de
“participar en al menos un ataque con cohetes contra las fuerzas
estadounidenses en nombre de Al Qaeda”, y se ignoró el hecho de que, en su
tribunal, su testimonio reveló que era (tal y como lo describí) “o bien uno de
los terroristas con mejores contactos dentro del reducido grupo de terroristas
con buenos contactos en Guantánamo, o, por el contrario, que [era] un
fantasioso trastornado. Por el silencio sepulcral con el que fueron recibidos
sus comentarios en el tribunal, solo puedo concluir que los miembros del
tribunal, al igual que yo, llegaron a la conclusión de que la segunda
interpretación era la más probable”.
Tras explicar que había pasado cinco años con los talibanes porque necesitaba el dinero, Hashim
prosiguió afirmando que:
él sabía de antemano de los atentados del 11-S, porque un hombre al que conocía, Mohammad Khan, “solía contarme todas
esas historias y todos los detalles sobre cómo iban a estrellar aviones contra
edificios. No me dio detalles, como que fuera en Nueva York, pero dijo que
tenían 20 pilotos y que iban a orquestar el atentado”. Lo que restó bastante
impacto a este comentario fue la afirmación absolutamente inexplicable de
Hashim de que su amigo Khan, quien le había hablado del plan del 11-S, formaba
parte de la Alianza del Norte, los oponentes de los talibanes, que también se
oponían implacablemente a Al Qaeda.
Hashim también afirmó que él y otro hombre habían sido los responsables de facilitar la huida de Osama
bin Laden de Afganistán y que, posteriormente, había trabajado como espía y se
había enterado de que el Gobierno sirio había estado enviando armas a Sadam
Husein, que luego se habían enviado a Afganistán a través de Irán. Como
expliqué en su momento, el efecto acumulativo de las declaraciones de Hashim
era que resultaba “imposible no concluir que [su] historia era, si no el
testimonio de un fantasioso, al menos un astuto intento de evitar
interrogatorios brutales proporcionando a sus interrogadores lo que él creía
que querían oír”.
Una verdad más oscura, por supuesto, podría ser que su declaración incoherente revelara en realidad los
temas que los interrogadores de Guantánamo perseguían sin descanso: no solo
“¿qué sabes de los atentados del 11-S?” y “¿cuándo viste por última vez a Bin
Laden?”, sino también, ante la insistencia
del vicepresidente Dick Cheney, “¿cuál era la conexión entre Al Qaeda y
Sadam Husein?”. Como sabemos por los interrogatorios del «prisionero fantasma»
más famoso de la CIA, Ibn
al-Shaykh al-Libi, quien confesó
bajo tortura en Egipto que existían conexiones entre Al Qaeda y Sadam Husein
—lo cual se utilizó posteriormente como parte de la justificación para la
invasión de Irak—, obtener este tipo de información se consideraba fundamental
en el período previo a la invasión, aunque la administración afirmara que su
aceptación de la tortura (o, más bien, las eufemísticamente denominadas
«técnicas de interrogatorio mejoradas») tenía como objetivo prevenir nuevos
atentados terroristas.
Abdul Hafiz: el hombre equivocado con un teléfono satelital
El tercer hombre, Abdul Hafiz, que tenía 42 años cuando fue detenido en 2003 en su pueblo cerca de
Kandahar, fue acusado en su tribunal de trabajar para un grupo miliciano
talibán y de estar implicado en dos asesinatos en Kabul. También se alegó que
fue capturado con un teléfono satelital vinculado a uno de los asesinatos, y
que “intentó llamar a un miembro de Al Qaeda vinculado al asesinato de un
trabajador del CICR [Comité Internacional de la Cruz Roja]”.
En respuesta, Hafiz, quien se describió a sí mismo como “discapacitado” y afirmó en repetidas ocasiones
que tiene problemas de memoria, alegó que su nombre era Abdul Qawi y que lo
habían confundido con Abdul Hafiz, ya que este último, para quien trabajaba, le
había entregado el teléfono en un puesto de control. Según declaró: “Me dijo
que no tenía ningún documento que le permitiera llevar el teléfono consigo. Así
que me dijo: “Puedes quedarte con mi teléfono porque eres discapacitado y no
creo que te registren”. Añadió que ni siquiera sabía cómo usar el teléfono.
Al describir a Hafiz como alguien que apoyaba al nuevo gobierno de Hamid Karzai y que «predicaba en el
pueblo para traer la paz», dijo: “Trabajaba para él para traer la paz… Me dio
el teléfono por la mañana y me dijo que lo guardara en el bolsillo. Me dijo que
trabajara y predicara a la gente que no luchara. Que la guerra no es buena.
Esta es la razón por la que perdí la pierna. Luchar no es bueno. La guerra no
tiene buenas consecuencias”.
También explicó: “Estaba en mi casa cuando me detuvieron y me trajeron aquí. No hice nada”, y expresó su frustración
por no poder ver los documentos clasificados que contenían pruebas en su
contra, diciendo: “En nuestra cultura, si se acusa a alguien de algo, se le
muestran las pruebas”. En su revisión de 2005, presentó a la junta cartas de su
familia —todas dirigidas a Abdul Qari, no a Abdul Hafiz—, incluida una de su
hermano, que decía: “Mi respetado hermano, tú no tenías ninguna relación con
ninguna persona política. Esperábamos que te liberaran muy, muy pronto. No
entendemos por qué sigues detenido allí sin haber cometido ningún delito”.
Estaba claramente tan desesperado por salir de Guantánamo y no estar “entre
estas bestias y esta gente” (como describió en un momento dado a sus compañeros
de prisión), que incluso se ofreció a presentar a la junta una carta de su
esposa, aunque “en nuestra cultura es una gran vergüenza leerles la carta de mi
esposa, pero ahora me encuentro en una situación muy difícil”.
Mohamed Rahim: un caso espectacular de confusión de identidad
Si la prolongada detención de Abdul Hafiz (o Abdul Qari) parecía inexplicable, contra Mohamed Rahim —el
cuarto preso liberado este fin de semana— parecía haber, al menos a primera
vista, más pruebas, pero estas también se desmoronan de forma espectacular al
analizarlas con detenimiento. Rahim, residente en un pueblo cercano a Ghazni,
fue acusado, en su juicio, de ser el jefe de logística de una empresa que
prestaba apoyo directamente al Gobierno talibán, de trabajar para la Oficina de
Inteligencia talibán y de controlar un gran alijo de armas para los talibanes.
En respuesta, explicó que se había visto obligado a trabajar para los talibanes
y que, como “estaba enfermo” y no podía luchar, le hicieron trabajar en un
puesto administrativo. Negó la acusación de que trabajara para la Oficina de
Inteligencia talibán, calificándola de “escandalosa”, y también negó controlar
un alijo de armas. “Esto no tiene sentido”, dijo. “Me capturaron en mi casa. No
tengo información sobre esas armas”.
Para cuando se llevó a cabo su siguiente revisión, en 2005, se habían añadido numerosas acusaciones más,
entre ellas la afirmación de que era “identificable como antiguo compañero de
Bin Laden durante la yihad contra los rusos”, y otra según la cual “formaba
parte del grupo que protegía a Bin Laden en su última reunión en Tora Bora”.
También se sugirió que “Bin Laden le había encomendado la tarea de sacar a sus
fuerzas de guardia de Afganistán y llevarlas de vuelta a sus países de origen”,
y que “Bin Laden y sus compañeros pasaron la noche en una casa perteneciente a
un conocido afgano del detenido”.
Había más en esta línea, incluida la afirmación de que “intentó exportar gemas de Afganistán a Alemania
con el fin de recaudar fondos para financiar a Al Qaeda”, pero lo que su junta
de revisión pasó por alto por completo —y, presumiblemente, quienes se suponía
que eran capaces de analizar la información de inteligencia relativa a los
prisioneros de Guantánamo— es que cuando declaró: “Soy un granjero pobre y
enfermo con enemigos”, estaba diciendo la verdad por una razón especialmente
evidente, que solo salió a relucir de pasada en su revisión, cuando su oficial
militar designado (un soldado asignado a él en lugar de un abogado) señaló que
era hazara.
Los hazara, uno de los cuatro principales grupos étnicos de Afganistán —los otros son los pastunes,
los tayikos y los uzbekos—, son musulmanes chiítas de origen, al menos en
parte, mongol, y fueron despreciados por los talibanes suníes, que los
masacraron por miles. En consecuencia, no-solo es lógico concluir que las
acusaciones contra Rahim fueron inventadas por sus enemigos, sino también que
fueron sus enemigos en Guantánamo quienes idearon las escandalosas afirmaciones
de que estaba íntimamente relacionado con Osama bin Laden.
¿Liberación o encarcelamiento en Afganistán?
A excepción de Mohamed
Jawad, que fue puesto
en libertad en agosto tras ganar
su recurso de hábeas corpus, estos hombres son los primeros afganos
liberados desde enero de 2009, cuando fue puesto en libertad Haji
Bismullah, que trabajaba para el Gobierno de Hamid Karzai como jefe de
transporte en una región de la provincia de Helmand. De los 219 afganos que
estuvieron recluidos en Guantánamo, ahora solo quedan 21 en la prisión, pero no
está claro si los cuatro hombres recién liberados recuperarán su libertad o si,
al igual que todos los afganos liberados desde agosto de 2007 (excepto Jawad,
cuyo caso atrajo la atención internacional), serán
encarcelados a su llegada a Kabul, en un ala de la prisión principal,
Pol-i-Charki, que fue reformada por el ejército estadounidense y que, aunque
nominalmente está bajo control afgano, según se informa está supervisada por
los estadounidenses.
Después de todo este tiempo, y con historias tan escandalosas de incompetencia por parte de Estados
Unidos, diría que lo mínimo que se merecen estos hombres es ser liberados sin
condiciones y que se les permita reunirse con sus familias.
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