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No es de extrañar el caos en el juicio de Obama sobre Guantánamo

01 de septiembre de 2010
Andy Worthington


Lo último que debería sorprender a cualquiera al enterarse de que la Administración Obama "ha archivado el proceso judicial previsto", en un juicio ante una comisión militar, "de Abd al-Rahim al-Nashiri, el presunto coordinador del atentado suicida perpetrado en octubre de 2000 contra el USS Cole en Yemen", tal y como informó el Washington Post el jueves, o de que altos funcionarios estén "alarmados" por las reacciones negativas al juicio ante una comisión militar de Omar Khadr, tal y como informó el New York Times el viernes.

El problema en ambos casos es que los juicios ante la Comisión Militar son inadecuados para cualquiera de los prisioneros recluidos en Guantánamo, que o bien están acusados de actividades terroristas —y deberían ser juzgados como delincuentes en el sistema judicial federal— o bien son soldados capturados en relación con su apoyo a los talibanes, encarcelados indebidamente en una prisión experimental creada para permitir interrogatorios coercitivos, en lugar de ser recluidos en un campo de prisioneros de guerra de conformidad con los Convenios de Ginebra.

Las comisiones —sacadas de las entrañas de la historia en noviembre de 2001 por Dick Cheney— parecían adecuadas para el exvicepresidente y para el presidente George W. Bush, porque, al igual que Guantánamo, parecían estar fuera del alcance de los tribunales estadounidenses y permitirían ejecutar a los prisioneros tras juicios en gran medida superficiales, utilizando pruebas obtenidas mediante tortura.

Una de las razones por las que se intentaba evitar la intervención judicial era que los altos cargos de la Administración Bush eran conscientes de que su "guerra contra el terrorismo" —que equiparaba a Al Qaeda con los talibanes y no distinguía entre terroristas y soldados, considerando a todos los que acababan bajo custodia estadounidense como "combatientes enemigos" o "detenidos de alto valor"— carecía de precedentes jurídicos y se vería sometida a rigurosos cuestionamientos.

Para la administración Bush, tal injerencia era inaceptable, pero una y otra vez se demostró que estaban equivocados, ya que el Corte Suprema falló a favor de los prisioneros, dictaminando que tenían derecho al hábeas corpus en junio de 2004, dictaminando que las comisiones militares violaban tanto los Convenios de Ginebra como el Código Uniforme de Justicia Militar en junio de 2006 y, tras las intervenciones inconstitucionales del Congreso, reiterando que los prisioneros tenían derecho al hábeas corpus en junio de 2008.

En el caso de los hombres recluidos junto con el resto de la población carcelaria en Guantánamo, las sentencias del Corte Suprema desmontaron el argumento de la Administración Bush de que, en él "nuevo paradigma" de la "guerra contra el terrorismo", se podía mantener a estas personas detenidas indefinidamente sin que pudieran solicitar a un juez que determinara si existía fundamento para su detención, sobre todo si, como en muchos casos, alegaban haber sido capturados por error. Como ha quedado patente en los últimos dos años, cuando las peticiones de hábeas corpus de los presos han llegado al Tribunal de Distrito de Washington D.C., existen tantos problemas fundamentales con la detención de los presos —principalmente relacionados con la tortura y niveles inaceptables de rumores disfrazados de pruebas— que, en 38 de los 53 casos resueltos hasta la fecha, los presos han ganado sus peticiones.

La Administración Obama no ha comprendido hasta qué punto estas sentencias son devastadoras para la autoridad de detención heredada del presidente Bush. Aunque altos funcionarios han repudiado públicamente la confianza de Bush en las pretensiones de un poder aparentemente ilimitado ejercido como comandante en jefe en tiempo de guerra, Obama ha seguido basándose en la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF), aprobada por el Congreso la semana tras los atentados del 11-S, que, junto con otra sentencia del Corte Suprema de junio de 2004 (Hamdi contra Rumsfeld), permite al Gobierno detener a cualquier persona que considere que ha apoyado a Al Qaeda, a los talibanes o a fuerzas afines.

Esto ha dado lugar a problemas terribles, como ya he explicado en detalle, porque, en primer lugar, la mayoría de quienes han visto denegadas sus peticiones de hábeas corpus no eran más que soldados rasos de los talibanes, a quienes se debería haber retenido como prisioneros de guerra, y, en segundo lugar, porque el presidente también se basa en la AUMF para justificar su plan de seguir reteniendo a 48 de los 176 prisioneros restantes sin cargos ni juicio, alegando que "el enjuiciamiento no es viable ni en un tribunal federal ni en una comisión militar".

Los bien documentados fracasos de las comisiones militares

Se trata de un error fundamental que aún no se ha abordado adecuadamente, pero en lo que respecta a las comisiones militares, los fallos del sistema se han aireado mucho más a fondo, y la Administración Obama no tenía excusa para colaborar con el Congreso en su reactivación el verano pasado. En las comparecencias ante el Congreso de entonces, varios críticos bien informados de las comisiones, entre ellos el almirante retirado John Hutson y el teniente coronel Darrel Vandeveld, un antiguo fiscal, explicaron por qué reactivar las comisiones era una mala idea, pero el testimonio más convincente lo ofreció el teniente coronel David Frakt, abogado defensor militar de dos presos de Guantánamo, Mohamed Jawad (puesto en libertad el pasado agosto) y Ali Hamza al-Bahlul (que fue condenado a cadena perpetua tras un juicio parcial ante la Comisión Militar en octubre de 2008, en el que se negó a presentar una defensa).

En un análisis exhaustivo de los fallos de las comisiones militares originales, el teniente coronel Frakt afirmó:

    Los redactores de las normas originales de las comisiones militares [PDF] resolvieron cada uno de estos problemas reescribiendo la ley. En primer lugar, sé reescribieron las normas sobre pruebas para permitir la introducción de declaraciones coaccionadas y eliminar las normas que prohibían los frutos de la tortura y los malos tratos. En segundo lugar, los redactores clasificaron como "crímenes de guerra" conductas, como los delitos de conspiración y terrorismo, que constituyen violaciones del derecho penal ordinario pero que nunca antes se habían reconocido como incluidas en las leyes de la guerra, en gran medida porque las leyes de la guerra se aplican correctamente al estrecho contexto de los conflictos armados.

    También crearon una serie de "nuevos" crímenes de guerra basados en la supuesta condición de una persona, en lugar de en una conducta que realmente infringiera las leyes de la guerra [PDF]. Los ejemplos más atroces fueron los delitos inventados de "Asesinato por un beligerante no privilegiado" y "Destrucción de bienes por un beligerante no privilegiado", que aparecían en la lista original de delitos de la comisión. Estas disposiciones convertían en crimen de guerra el asesinato de soldados estadounidenses, la destrucción de bienes militares o el intento de hacerlo. En otras palabras, EEUU declaró que era un crimen de guerra luchar, independientemente de que los combatientes cumplieran las reglas de la guerra.

Cabe destacar que el teniente coronel Frakt apenas observó mejoras en la versión revisada de las comisiones presentada por el Congreso en otoño de 2006, tras la sentencia del Corte  Suprema que declaraba ilegal la versión de Cheney. Tal y como afirmó, el Congreso "mantuvo la lista completa de crímenes de guerra (de nuevo con ligeras variaciones), incluidos los inventados, e incluso añadió otros nuevos, como el concepto flexible y genérico de “apoyo material al terrorismo”". Añadió:

    Si uno revisara los cargos presentados contra todos los aproximadamente 25 acusados en las comisiones militares, como he hecho yo, llegaría a la conclusión de que el 99% de ellos no implican crímenes de guerra tradicionalmente reconocidos. Más bien, prácticamente todos los acusados están acusados de crímenes que no son de guerra, principalmente conspiración criminal, terrorismo y apoyo material al terrorismo, todos los cuales son propiamente delitos según el derecho penal federal, pero no según las leyes de la guerra.

Resulta alarmante que altos cargos de la Administración Obama reconocieran que la prestación de apoyo material al terrorismo no debía incluirse en la versión revisada de las comisiones militares que se aprobó el verano pasado. En su comparecencia ante el Congreso, el fiscal general adjunto David Kris admitió (PDF) que "existe un riesgo significativo de que los tribunales de apelación concluyan en última instancia que el apoyo material al terrorismo no es un delito tradicional del derecho de la guerra, lo que anularía condenas conseguidas con gran esfuerzo y daría lugar a dudas sobre la legitimidad del sistema", y el consejero general del Pentágono, Jeh Johnson, también aceptó (PDF) que "el apoyo material no es un delito viable que pueda ser juzgado ante una comisión militar porque no es un delito del derecho de la guerra".

Sin embargo, el Congreso decidió ignorar incluso las peticiones del Gobierno, y el 13 de noviembre del año pasado, el fiscal general Eric Holder anunció que cinco hombres previamente sometidos a juicio ante una comisión militar bajo la presidencia de Bush —Omar Khadr, Abd al-Rahim al-Nashiri, Ibrahim al-Qosi, Ahmed al-Darbi y Noor Uthman Muhammed— se enfrentarían a lo que era el segundo o tercer intento de Estados Unidos de obtener condenas a través de juicios ante una comisión militar.

Excusas inaceptables para continuar con el juicio contra Omar Khadr


En consecuencia, resultó un tanto hipócrita por parte del Gobierno quejarse ante el New York Times, a través de funcionarios anónimos, de que el primer juicio completo celebrado bajo el sistema reformado, el de Omar Khadr, estaba "socavando su esfuerzo general por poner de relieve las reformas que, según ellos, han hecho que las comisiones militares sean justas e imparciales".

Las preocupaciones internacionales y nacionales sobre las propuestas de someter a Khadr a un juicio por crímenes de guerra se han venido expresando desde que se le sometió a juicio por primera vez en noviembre de 2005, principalmente porque el ciudadano canadiense tenía solo 15 años cuando fue capturado tras un tiroteo en Afganistán en julio de 2002, pero también debido al reconocimiento generalizado de que el Gobierno había traspasado una línea al afirmar que su presunto delito —lanzar una granada que mató a un soldado estadounidense— era un crimen de guerra.

Dado que la Administración Obama decidió hacer caso omiso de ambas críticas al seguir adelante con el juicio de Khadr, la queja expresada al Times por funcionarios anónimos —según la cual "nadie pretendía que el caso Khadr fuera el primer juicio bajo el sistema reformado", tal y como lo describió Charlie Savage — es francamente censurable, ya que implica el reconocimiento explícito de que todo el juicio es inaceptable, y solo sería aceptable si se hubiera podido ocultar a la sombra de un caso más destacado —uno, por ejemplo, que implicara acusaciones reconocibles de terrorismo.

Los funcionarios que hablaron con el Times también intentaron restar importancia a esta incómoda realidad, pero en gran medida sin éxito. Los funcionarios explicaron que no estaban seguros de si ofrecer un nuevo acuerdo de declaración de culpabilidad a Khadr para evitar que se celebrara el juicio constituyese una "influencia ilegal del mando", algo prohibido por las normas de las comisiones. A Khadr ya se le había ofrecido anteriormente un acuerdo de culpabilidad, que él rechazó, y, como explicó Charlie Savage, "los funcionarios de la Administración han debatido si los altos mandos civiles del Pentágono o de otros lugares podrían intervenir para ayudar a reactivar las negociaciones del acuerdo", o incluso si podrían ordenar al vicealmirante Bruce MacDonald (la autoridad convocante de las comisiones, responsable de aprobar todos los cargos y sentencias) que "hiciera una oferta más atractiva".

Lo que les preocupaba, explicaron, era la prohibición de la "influencia ilegal del mando", definida como cualquier intento de "coaccionar o, por cualquier medio no autorizado, influir" en las actuaciones de los fiscales o de la autoridad convócate. Charlie Savage añadió: "Los funcionarios están debatiendo qué significa eso", pero esta supuesta reticencia fue rebatida por el coronel Morris Davis, antiguo fiscal jefe de las comisiones, quien sugirió la disposición a los legisladores en 2006. El coronel Davis dimitió en octubre de 2007 después de que se le sometiera a la cadena de mando del consejero general del Pentágono, William J. Haynes II, quien pretendía utilizar información obtenida mediante tortura, en contra de la propia negativa del coronel Davis a tolerar el uso de dicho material, y declaró al Times que "creía que la disposición no tenía por objeto impedir la presión para mejorar una oferta de acuerdo", y le dijo a Charlie Savage: "Es evidente que no se trata de “influencia de la jerarquía” hacer algo favorable al acusado. Todo el concepto era justo lo contrario".

Parálisis en el caso de Abd al-Rahim al-Nashiri

Irónicamente, al mismo tiempo que se esgrimían estas pobres excusas en el caso de Omar Khadr, el Washington Post reveló que, en el caso de un auténtico sospechoso de terrorismo, Abd al-Rahim al-Nashiri, presunto cerebro del atentado contra el USS Cole en octubre de 2000, "no hay cargos pendientes ni se contemplan en un futuro próximo contra al-Nashiri". Como explicaba el Post, "La declaración, incluida en una moción para desestimar una petición de los abogados de Nashiri, sugiere que la perspectiva de nuevos juicios militares para los detenidos en la bahía de Guantánamo, Cuba, se ha estancado prácticamente por completo".

Aunque el Pentágono rebatió la declaración, alegando que "los fiscales de la Oficina de Comisiones Militares están investigando activamente el caso contra el Sr. al-Nashiri y preparando los cargos contra él", y el Post habló con oficiales militares que afirmaron que "un equipo de fiscales del caso Nashiri lleva tiempo listo para ir a juicio", un oficial militar pareció zanjar estas evasivas al afirmar: "En este momento es una cuestión política". Tal y como lo describió el Post, "dijo que cree que la Administración no quiere proceder contra un detenido de alto valor sin alguna perspectiva de juicios civiles para otras figuras importantes en la Bahía de Guantánamo".

Se trataba de una referencia a Khalid Sheikh Mohammed y otros cuatro "detenidos de alto valor" acusados de participar en los atentados del 11 de septiembre, cuyos juicios ante tribunales federales se anunciaron el mismo día del pasado mes de noviembre en que Eric Holder anunció la reanudación de los juicios ante comisiones militares contra Omar Khadr, Abd al-Rahim al-Nashiri y los otros tres mencionados anteriormente. En aquel momento, la atención crítica se centró en el sistema judicial de tres niveles que consagraba el anuncio de Holder, con juicios ante tribunales federales para algunos presos, juicios ante comisiones militares para otros y, como también admitió la Administración, detención indefinida sin cargos ni juicio para otros.

Esto fue criticado con razón como una parodia de la justicia, ya que implicaba procesos diferentes en función de lo que la Administración considerara su nivel de éxito potencial, y no quedó compensado por la afirmación de Eric Holder de que, en el caso de al-Nashiri, por ejemplo, "en lo que respecta al atentado contra el Cole, se trató de un ataque contra un buque de guerra de los Estados Unidos y eso, en mi opinión, encaja adecuadamente en el marco de una comisión militar". Como dejó claro el artículo del Post de la semana pasada, era más probable que se optara por una comisión militar para al-Nashiri porque se "esperaba que la acusación se basara en gran medida en las declaraciones realizadas al FBI por dos yemeníes que presuntamente implicaban a Nashiri", y que, a diferencia de lo que ocurre en un tribunal federal, no estarían obligados a testificar, y también, por supuesto, porque, al ser uno de los tres "detenidos de alto valor" sometidos al submarino —y amenazado con una pistola y un taladro eléctrico—, las propias declaraciones de al-Nashiri probablemente serían inadmisibles como prueba.

Parálisis generalizada

Sin embargo, diez meses después, con los juicios en tribunales federales contra los presuntos cómplices del 11-S aún en el aire —tras una reacción popular que ha sumido al Gobierno en la parálisis— y con las últimas noticias sobre las comisiones, que indican que estas también se han "prácticamente paralizado", resulta, lamentablemente, evidente que la palabra "parálisis" define ahora la respuesta general del Gobierno de Obama respecto a Guantánamo.

De los 176 presos restantes, solo 35 tienen, por el momento, un nuevo destino, tras haber sido autorizados para su puesta en libertad por el Grupo de Trabajo Interinstitucional para la Revisión de Guantánamo del presidente Obama, mientras que el resto —58 yemeníes también autorizados para su puesta en libertad, pero que siguen detenidos debido a la moratoria impuesta en enero por el presidente Obama sobre la liberación de más yemeníes, los 35 presos que supuestamente están programados para ser juzgados y los 48 designados para la detención indefinida sin cargos ni juicio— se encuentran atrapados en un limbo de parálisis política que es poco probable que se resuelva antes de las elecciones de mitad de mandato, y que podría ser imposible de remediar tras las elecciones si el equilibrio de poder en el Congreso se aleja de los demócratas.

Las maniobras políticas y el pragmatismo han desempeñado un papel fundamental en todo esto, al igual que el alarmismo sin escrúpulos de los republicanos y de miembros del propio partido de Obama, pero el resultado —ningún juicio, pocas liberaciones y ese ambiente dominante de parálisis—— es un mal reflejo de la administración, de los legisladores de ambos partidos y de Estados Unidos en general, porque el fracaso a la hora de llevar ante la justicia a auténticos sospechosos de terrorismo, liberar a los presos que no constituyen una amenaza y cerrar Guantánamo de una vez por todas no es motivo de celebración.


 

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