El “lado oscuro” de Bagram: el relato de un ex recluso sobre dos años
de malos tratos
07 de abril de 2011
Andy Worthington
Este es el cuarto artículo de la “Semana de Bagram” aquí, en Andy Worthington, una serie
de siete artículos en total que exploran lo que está sucediendo en la principal
prisión estadounidense en Afganistán a través de informes, análisis de las
comisiones de revisión y las voces de los propios presos, además de
actualizaciones continuas de
la lista definitiva y comentada de presos de Bagram.
Como parte de la “Semana de Bagram” aquí en Andy Worthington, voy a compartir una historia bastante
desgarradora, publicada originalmente en la Afghanistan Analysts Network, con
la que me topé hace poco y que luego volví a perder. La recuperé a través de mi
colega Mathias Vermeulen, quien, en su blog The
Lift, destacó un pasaje clave de este sombrío relato de un antiguo preso de
Bagram sobre el tiempo que pasó en la cárcel de Tor —la
prisión secreta de tortura de Bagram— antes de su traslado a las
instalaciones principales. Este es el pasaje:
Tras nuestra detención, nos llevaron primero a la cárcel de Tor, o la "cárcel negra". Fue terrible. No nos trataron
en absoluto como seres humanos. No nos dejaban dormir. No teníamos nada con qué
taparnos. Insultaban al Corán. Cada vez que nos llevaban al baño, dejaban la
puerta abierta. Nunca sabíamos cuándo era la hora de rezar ni hacia qué
dirección debíamos orientarnos. Nunca vimos la luz del sol. Nos trataron con
rudeza durante los interrogatorios.
Todo este artículo es una revelación condenatoria: el relato de alguien desde dentro no solo de las
“técnicas de interrogatorio mejoradas” utilizadas en la cárcel de Tor, sino, de
manera más general, de la crueldad y la incompetencia que alimentan Bagram con
tanta certeza como alimentaron Guantánamo, con detenciones aleatorias, amenazas,
abuso psicológico, inteligencia deficiente, traductores
incompetentes, "segregación" —en celdas de aislamiento— aplicada con la
misma persistencia que en Guantánamo a quienes se consideraban alborotadores y,
peor aún que en Guantánamo (pero
tal y como era Bagram en sus inicios), la muerte de un preso que, al
parecer, se encubrió sin esfuerzo y no se denunció. El relato también es revelador
sobre la relación disfuncional entre los centros de detención afganos y
estadounidenses, donde se supone que debe haber cooperación en materia de
juicios, pero donde, de hecho, reina el caos, y los presos se pierden entre los
dos sistemas, abandonados a menos que puedan pagar un soborno sustancial.
En general, creo que este artículo debería difundirse ampliamente como antídoto contra todas esas
afirmaciones de que el traslado de Bagram al nuevo centro de detención de
Parwan ha acabado de repente con los patrones de comportamiento abusivo que, al
parecer, están arraigados en las operaciones, así como en el racismo cotidiano
y la deshumanización de la guerra, y que no tienen nada que ver con los
edificios en sí. De todos los relatos que he leído, este es el que me parece
más veraz, no solo porque concuerda con otros informes de fuentes internas que
he escuchado en los últimos años sobre los continuos abusos físicos y
psicológicos a los prisioneros, sino también porque se hace eco con tanta
claridad de lo que sabemos sobre las operaciones de detención a lo largo de la
“guerra contra el terrorismo”, que no cambiará de forma fundamental hasta que
alguien ponga punto y final a todo ello y empiece de nuevo, respetando los
Convenios de Ginebra que fueron destrozados por la administración Bush y que no
han sido reintroducidos plenamente bajo el mandato del presidente Obama.
Historias que cuenta la gente: la prisión de Bagram; ni un solo día bueno
Por Martine van Bijlert, Afghanistan Analysts Network, 9 de marzo de 2011
Hay muchísimas historias de personas que se ven envueltas en las operaciones nocturnas de las fuerzas
estadounidenses y afganas. En la búsqueda de objetivos para "matar o capturar",
la red se extiende ampliamente: una vez que se derriba una puerta, por lo
general se lleva a todos los hombres de la casa para interrogarlos. Y entonces
nadie sabe cuándo serán liberados. Una historia —de entre muchas— de cómo una
desafortunada noche de alojamiento se tradujo en años de detención, y cómo
fueron esos años.
Fui detenido por las Fuerzas Especiales estadounidenses y afganas hace unos dos años y medio. Era de
noche y me alojaba como invitado en una casa cuando llegaron las fuerzas. Había
ahorrado dinero para abrir una pequeña farmacia y esa noche había ido a ver a
este hombre para comprarle medicinas. Quizá alguien lo delató a los
estadounidenses; en Afganistán hay muchas enemistades. Quizá pensaron que se
estaba celebrando algún tipo de reunión o evento, porque también había otros
invitados. No sé por qué nos detuvieron, pero se llevaron a todos los hombres
de la casa: nueve en total, incluido un niño de 12 años.
Cuando llegaron, estábamos durmiendo. Ninguno de nosotros llevaba zapatos ni ropa adecuada. Uno de
nosotros solo llevaba ropa interior. Nos llevaron con ellos tal cual. Tuvimos
que caminar por el barro. Tras nuestra detención, uno de los hombres fue
entregado a la NDS (Dirección Nacional de Seguridad); era amigo del dueño de la
casa. Los cuatro hijos y un sobrino fueron puestos en libertad al cabo de unas
dos semanas. Luego fueron puestos en libertad otros dos huéspedes. Habían
venido esa noche a buscar un tahwiz (amuleto religioso). Los liberaron unos
meses antes que a mí. El dueño de la casa y yo fuye los últimos en salir, hace
unas semanas.
Tras nuestro arresto, primero nos llevaron a la cárcel de Tor, o la "cárcel negra". Fue terrible. No
nos trataron como seres humanos en absoluto. No nos dejaban dormir. No había
nada con qué taparnos. Insultaban el Corán. Cada vez que nos llevaban al baño,
dejaban la puerta abierta. Nunca sabíamos cuándo era la hora de rezar ni en qué
dirección debíamos orientarnos. Nunca vimos la luz del sol. Nos trataron con
rudeza durante los interrogatorios. A algunas personas también las golpearon,
pero a mí no me pasó.
Tras 33 días en la “cárcel negra”, me trasladaron a la cárcel grande. Allí recibimos la visita del CICR
[Comité Internacional de la Cruz Roja], lo cual fue positivo, aunque no tenían
ninguna autoridad. Nos trajeron cartas, pero no informaron a la prensa sobre
nosotros ni sobre las circunstancias en las que nos encontrábamos. La Comisión
de Derechos Humanos (AIHRC) no vino a la prisión; quizá no les permitieron
entrar. Vinieron como un mes antes de mi liberación, pero eran muy jóvenes.
¿Qué podían hacer?

|
Muchas cosas eran realmente malas. Por ejemplo, me encerraron en "aislamiento"
dieciséis veces, a veces durante 10 o 20 días seguidos. No hice nada especial
para provocar esto. No hice nada grave como golpearlos o atacarlos. Ocurrió
cuando reclamé mis derechos. Eso fue motivo suficiente para llamarme shureshi
(alborotador, rebelde). Solo pedía comida, por ejemplo, o me quejaba de que nos
interrumpían las oraciones. La comida en aislamiento era especialmente mala; la
llamaban “comida de baja calidad”. Olía y sabía horrible y te ponía enfermo.
Incluso metieron en aislamiento a un anciano de 75 años, descalzo y con la
cabeza descubierta. Los guardias también usaban gas contra los presos, era como
gas lacrimógeno y hacía muy difícil respirar.
Había un grupo de guardias [estadounidenses] a los que llamaban “badmashi” (matones). Se comportaban de
forma muy mala y grosera con los presos. Uno de ellos me dijo una vez que me
mataría. Cuando ese grupo se marchó, las cosas mejoraron un poco. Pero no
pasamos ni un solo día tranquilo en ese lugar. La "Cárcel Negra", por supuesto,
era peor. Al menos en la gran prisión estaba registrado en el CICR. Sabía que
no podían simplemente ejecutarme. Otros prisioneros decían que de la cárcel de
Tor habían desaparecido muchas personas.
Había un hombre de Uruzgan; tenía unos 30 años. Se puso muy agitado, pero el médico dijo que estaba bien.
Cuando el médico finalmente llegó, ya había muerto. Ese tipo de cosas pasan.
Pero no salen en la prensa, nadie les presta atención.
También había un chico joven, era mudo y tenía problemas psicológicos. Cuando lo metieron en nuestra
celda, se subía a las paredes e intentaba hacerse daño. Intentamos calmarlo y
detenerlo. Les dije a los responsables que no era nuestro trabajo cuidar de él
y que debía recibir el tratamiento adecuado. Dijeron que era un terrorista
suicida. Al final lo pusieron en aislamiento. Cuando me liberaron, él seguía
allí. Para entonces llevaba allí tres meses. No recibía ningún medicamento.
Gritaba mucho y mantenía despiertos a todos los presos de esa sección.
Tampoco había instalaciones para personas discapacitadas o heridas. Muchos presos no tenían piernas o
padecían otras discapacidades. Les resultaba difícil ir al baño. En mi celda
había una persona que se había caído del tejado cuando la detuvieron. A su hijo
de 10 años le dispararon durante la redada. Llegó a la cárcel con las dos
piernas rotas. Durante dos meses lo llevábamos al baño.
Hace aproximadamente un año, las cosas en la prisión mejoraron un poco. Se nombró a un mulá. Pertenecía
a los estadounidenses y ayudó a mejorar la situación. Luego, el Ejército
Nacional Afgano (ANA) tomó el control y nos trasladaron a una nueva cárcel. La
nueva cárcel era mejor, las celdas eran más grandes. Pero los estadounidenses
seguían al mando. Los soldados afganos no tenían derecho a hablar con los
presos. En cada bloque había un puesto, uno al norte y otro al sur, donde
estaban los estadounidenses. Había que informarles de cualquier petición que
tuvieran los presos. Los soldados afganos se quejaban de que eran como
camareros o barrenderos en un hotel y de que no se les permitía hacer nada.
Incluso los oficiales se sentían así.
Me interrogaron muchísimas veces. Me preguntaban: “¿Conoces a esta persona? ¿Has hecho eso?”. Una vez me
enseñaron unas fotos de lo que parecían explosivos. No sé qué era, pero no
paraban de decir que era mío. Me tuvieron atado a una silla hasta las nueve de
la noche. Los estadounidenses dicen que no cometen zulm (opresión, crueldad),
pero sí lo hacen. Molestaban a los prisioneros psicológicamente. Los amenazaban.
Una vez me dijeron que traerían a mi padre a la prisión. Les dije que me haría muy feliz, porque mi
padre había fallecido hacía varios años y me gustaría volver a verlo. Pero les
hicieron lo mismo a otros prisioneros, que se preocuparon de verdad.
Especialmente aquellos que no tenían estudios, que no sabían si los
estadounidenses realmente harían eso o no. A veces los estadounidenses incluso
les decían a los prisioneros que traerían a sus esposas o hermanas a la
prisión. Había un hombre de Zabul. Cuando lo arrestaron, tomaron fotos de todas
las mujeres de su familia. Durante el interrogatorio le mostraron las fotos y
le dijeron que iban a hacer copias y distribuirlas por todo Zabul. También
tomaban fotos de los prisioneros mientras se duchaban y amenazaban con
distribuirlas en sus lugares de origen. Este tipo de cosas puede causarte
problemas psicológicos.
También hubo problemas con los traductores. Algunos de ellos no entendían en absoluto el vocabulario
afgano. Una vez, mientras me interrogaban, les dije que había hecho dos namaz
(oraciones) y que me quedaban dos. Él tradujo que había lanzado dos cohetes y
que me quedaban dos. Yo no lo sabía en ese momento, pero me lo echaron en cara
durante un interrogatorio mucho más tarde. Todo aquello fue como una broma estúpida.
Había un comandante que también estaba detenido. Después de seis años y medio le dijeron: “Todavía
tenemos dudas de que seas un comandante de Hezb-e Islami”. Él respondió:
“¿Tenéis dudas? ¡No hay ninguna duda! Soy un comandante de Hezb-e Islami, sin
lugar a dudas. Pero, ¿cuál es mi delito?”. Era un comandante y un malek, una
persona que intentó construir el gobierno, pero lo mantuvieron detenido durante
tanto tiempo sin motivo alguno. Había otro hombre llamado Abu Baqer. Los
estadounidenses pensaban que era el comandante Abu Baqer, porque se llamaba
igual, así que lo mantuvieron detenido durante siete años. Mientras tanto, el
verdadero comandante Abu Baqer seguía moviéndose libremente y todo el mundo lo sabía.
Algunos prisioneros no vieron a sus familiares durante un año o más. Había un hombre de Khost. Cuando
sus familiares preguntaron por él, los estadounidenses les dijeron que no
estaba allí, pero sí estaba. Al cabo de un año y medio, por fin le permitieron
reunirse con ellos. Después de eso, fue puesto en libertad.
Me liberaron hace unas semanas. Al liberarme, un coronel estadounidense se disculpó conmigo. Dijo que
habían llegado a la conclusión de que era inocente y que había trabajado por el
bien de Afganistán. ¡Y eso lo dijo después de dos años y medio! Me dieron un
frasco de perfume, pero no me devolvieron mis pertenencias. Cuando me
detuvieron llevaba 6000 dólares encima, como anticipo para los medicamentos,
además de mi teléfono móvil y algunos afganis. No me los devolvieron. En aquel
momento no dije nada; solo quería marcharme. Pero deberían devolvérmelos.
Ahora me encuentro en una mala situación. Siento que me he perdido la mitad de la vida. Mi situación
económica es mala, he perdido todos mis ahorros. No gozo de buena salud. Me
duelen las piernas, no sé por qué, quizá por la falta de ejercicio. El día de
la detención también me golpeé la pierna, cuando me empujaron al coche mientras
tenía los ojos vendados. Durante los primeros meses no podía caminar bien. También
me duele la espalda. Hicimos huelga durante un tiempo en la cárcel, debido a
las malas condiciones y porque estábamos molestos porque nuestro destino no
estaba claro. Después de cuatro meses y medio, entraron por la fuerza para
disolver la huelga. A un hombre le rompieron una pierna y a un anciano le
rompieron una costilla. Dos guardias cayeron encima de mí con sus pesadas
chaquetas. Todavía me duele la espalda por eso.
Un preso escribió un libro. De hecho, escribió dos libros. Mientras estaba en prisión, recogía papel
higiénico y escribía en él con un bolígrafo. No se nos permitían los
bolígrafos, pero él había recibido uno de un guardia de la ANA. Los libros se
titulan “Regalo de Bagram” y ”De Karez Mir a Bagram”. No sé si ya se han publicado.
Según la legislación afgana e internacional, se puede detener a una persona durante tres meses, pero las
retienen durante años y años sin que se dicte ninguna resolución. Desde las
manifestaciones, ahora se realizan revisiones cada seis meses, pero hay muchísimas
personas que llevan ya años recluidas y que siguen en prisión. Su detención
simplemente se prorroga una y otra vez. Una vez, cuando me estaba preparando
para la DRB (Junta de Revisión de Detenciones), el representante me dio un
papel y me dijo que si lo leía en la reunión me pondrían en libertad. El papel
decía que había matado a gente. Le dije que no podía leerlo, pero él me dijo
que si lo hacía me entregarían al Gobierno afgano. Fui al tribunal, pero no leí
el papel. Mi detención se prorrogó seis meses.
Al final me llevaron ante dos tribunales afganos. Decidieron ponerme en libertad. Dos meses después, los
estadounidenses me liberaron. A ellos no les importan los tribunales afganos, y
estos no están tramitando los casos. Hay más de 300 presos que se encuentran a
medio camino entre ambos sistemas. Sus expedientes se han enviado a las
autoridades afganas, pero siguen en la prisión estadounidense. Están perdidos.
Si no dan dinero, su expediente nunca se volverá a encontrar.
He desperdiciado dos años y medio de mi vida. No me siento nada bien. Tengo miedo de que, como esto pasó
una vez sin motivo, pueda volver a pasar. ¿Quién me puede garantizar que no
volveré a tener mala suerte? Cuando me detuvieron estaba comprometido. Todavía
lo estoy, pero no tengo dinero ni ingresos. Pasaron tantas cosas en esos años
que no puedo recordarlo todo. Solo te he contado lo que recordaba. Creo que
sería bueno que se publicara mi historia. El mundo debería saber cómo fue. No
hubo ni un solo día bueno en todos esos años. No nos trataban como seres
humanos. Aunque no habíamos hecho nada malo y no tenían ninguna prueba contra nosotros.
¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.
E-mail:
espagnol@worldcantwait.net
|