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El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.




Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


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Andy Worthington habla con Peter B. Collins sobre el cierre de Guantánamo (o no)

23 de noviembre de 2009
Andy Worthington


El jueves, Peter B. Collins me entrevistó para un podcast (disponible aquí) en el marco de su proyecto de nuevos medios financiado por los oyentes, cuyo objetivo es ofrecer en línea entrevistada políticas incisivas sin la interferencia editorial de las cadenas y sin las pausas publicitarias, a menudo interminables, que tanto entorpecen el desarrollo de tantos programas. Peter ya me había entrevistado varias veces anteriormente, y me alegré cuando nos vimos por primera vez en Berkeley durante mi reciente gira por Estados Unidos, en una proyección del nuevo documental “Outside the Law: Stories from Guantánamo” (codirigido por Polly Nash y por mí).

Tras algunos comentarios introductorias sobre la película y el libro, hablé de cómo ambos intentan contar la historia de cómo los prisioneros, a quienes se tildó de «lo peor de lo peor», en una campaña propagandística de la administración Bush que sigue sorprendentemente vigente, fueron, de hecho, capturados en su mayoría por los aliados del ejército estadounidense en Afganistán y Pakistán, en una época en la que abundaban las recompensas, y, siguiendo instrucciones de la Casa Blanca y el Pentágono, nunca fueron sometidos a un proceso de selección para determinar si eran terroristas, o si eran hombres inocentes o soldados rasos talibanes que no tenían nada que ver con Al Qaeda ni con los atentados del 11-S.

A lo largo de 70 minutos, Peter y yo tuvimos la oportunidad de hablar no solo de los antecedentes de Guantánamo, sino también de cómo, este año, la administración Obama, por inercia, perdió la ventaja que tenía nada más asumir el cargo, cuando el presidente Obama anunció que Guantánamo se cerraría en el plazo de un año, pero luego no hizo nada concreto durante varios meses, lo que permitió a los republicanos revivir el malicioso alarmismo de Dick Cheney sobre los “terroristas” de Guantánamo. Esto provocó una revuelta contra el presidente, en la que participaron numerosos miembros de su propio partido, y también condujo, tras disputas a lo largo de todo el año, a la aprobación de leyes que impedían a la administración trasladar a los presos de Guantánamo al territorio continental de EE.UU. por cualquier motivo que no fuera el de someterlos a juicio.

También hablamos del anuncio de Obama, en China, de que no se cumpliría el plazo para el cierre de Guantánamo, y de la salida de Greg Craig como asesor jurídico de la Casa Blanca, quien, al parecer, fue el chivo expiatorio del fracaso de la administración. Expliqué, tal y como hice en mi reciente artículo, “El fracaso de Obama para cerrar Guantánamo antes de la fecha límite de enero es desastroso”, que el anuncio de que no se cumplirá el plazo es una noticia especialmente deprimente, porque parece dejar a todos los presos que no serán trasladados al territorio continental de EE.UU. para ser juzgados abandonados en Guantánamo, posiblemente para el resto de sus vidas.

Estos hombres son, por un lado, presos absueltos (unos 90 en total), que, en su mayoría, no pueden ser repatriados, y, por otro lado, otros (alrededor de 75, al parecer), a quienes, lamentablemente, se considera demasiado peligrosos para ponerles en libertad, pero a quienes no se les puede imputar ningún cargo debido a la falta de pruebas suficientes en su contra. En otras palabras, se les considera peligrosos debido a pruebas obtenidas mediante el uso de la tortura, o debido al tipo de acusaciones dudosas formuladas por otros presos, que han sido desestimadas por los jueces de los tribunales de distrito en las peticiones de hábeas corpus presentadas en los últimos 13 meses.

También hablamos del anuncio de la administración sobre los juicios contra Khalid Sheikh Mohammed y sus presuntos cómplices en los atentados del 11-S, en el que Peter mencionó su preocupación por las declaraciones de Obama y del fiscal general Eric Holder, que garantizaban públicamente las condenas, y yo hablé de los tres niveles de justicia concebidos por la administración, tal y como se demuestra en su anuncio: tribunales federales en casos claros en los que el Gobierno está convencido de que puede ganar, comisiones militares para los casos más dudosos, y detención indefinida para aquellos contra quienes, en esencia, el Gobierno no tiene ningún caso.

A continuación, pasamos a hablar de la tortura en las prisiones estadounidenses de Afganistán y en Guantánamo, a raíz de los comentarios del abogado Tom Wilner en la película, y Peter me preguntó entonces por los tres hombres cuyas historias son el tema central de la película: Shaker Aamer (que sigue detenido), Omar Deghayes (liberado en diciembre de 2007) y Binyam Mohamed (liberado en febrero de 2009)— y las historias de los muchos hombres (incluido Shaker Aamer) que habían estado en Afganistán en misiones de ayuda humanitaria, pero a quienes luego no se les dio la oportunidad de limpiar su nombre y, en algunos casos, siguen esperando esa oportunidad que se les resiste.

La entrevista contiene más información de la que he podido abarcar aquí (incluidas algunas conversaciones finales sobre la prisión estadounidense en la base aérea de Bagram) y, para terminar, me gustaría dar las gracias a Peter por dedicarnos su tiempo para tratar temas tan importantes con tanta profundidad.


 

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