worldcantwait.org
ESPAÑOL

Español
English-LA
National World Can't Wait

Pancartas, volantes

Temas

Se alzan las voces

Noticias e infamias

De los organizadores

Sobre nosotros

Declaración
de
misión

21 de agosto de 2015

El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.




Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

"¿Por qué hacer una donación a El Mundo No Puede Esperar?"

"Lo que la gente esta diciendo sobre El Mundo No Puede Esperar


Gira:
¡NO SOMOS TUS SOLDADOS!


Leer más....


Guantánamo y el hábeas corpus: condenar a los soldados al olvido

10 de mayo de 2010
Andy Worthington


Nota: Este artículo es el último de una serie de ocho publicados como parte de la “Semana del Habeas Corpus de Guantánamo” (presentada aquí; véanse también los artículos aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), que amplié para convertirla en la “Quincena del Habeas Corpus de Guantánamo”. Este proyecto también incluye una lista interactiva de las 47 resoluciones dictadas hasta la fecha (con enlaces a mis artículos, a las opiniones no clasificadas de los jueces y a más información).

En las peticiones de hábeas corpus presentadas por los presos de Guantánamo, los jueces de los tribunales de distrito han dictaminado, hasta la fecha, en 34 de los 47 casos que el Gobierno no ha demostrado que los hombres en cuestión tuvieran ninguna conexión significativa con Al Qaeda o con los talibanes.

En contraste con las afirmaciones de la administración Bush de que la prisión albergaba a “lo peor de lo peor”, la verdad es que solo unas pocas docenas de los 779 hombres detenidos tenían alguna implicación con el terrorismo, y estas cifras se reflejan en la evaluación del Grupo de Trabajo interinstitucional de la administración Obama, que revisó los casos de todos los hombres que seguían detenidos el año pasado y recomendó que solo 35 debían ser sometidos a algún tipo de juicio.

Sin embargo, a pesar de estos impresionantes resultados, un aspecto de las sentencias que ha pasado bastante desapercibido es que, en la mayoría de las solicitudes de hábeas corpus denegadas por los tribunales, los hombres en cuestión tampoco parecen ser terroristas. Más de ocho años después de la apertura de Guantánamo, hay algo profundamente erróneo en que los presos puedan seguir recluidos indefinidamente en Guantánamo, no porque sean terroristas, sino porque los jueces que dictan estas sentencias se ven obligados a respaldar su encarcelamiento si el Gobierno logra demostrar que estaban de alguna manera vinculados a los talibanes —o a las fuerzas de Al Qaeda que apoyaban a los talibanes— en el momento de la invasión de Afganistán liderada por Estados Unidos en octubre de 2001.

Salvo algunas excepciones (véanse, por ejemplo, los casos de Belkacem Bensayah y Hisham Sliti, y el caso de Sufyian Barhoumi), los presos que han perdido sus recursos de hábeas corpus lo hicieron porque los jueces concluyeron que, antes de que se produjeran los atentados del 11-S, asistieron a un campo de entrenamiento militar en Afganistán (principalmente al-Farouq, que se describe habitualmente como un "campo de entrenamiento de Al Qaeda"), y que posteriormente lucharon con los talibanes o con las fuerzas árabes que apoyaban a los talibanes (en lo que podría describirse como el ala militar de Al Qaeda) en el prolongado conflicto de los talibanes con la Alianza del Norte.

Según las normas establecidas por los tribunales para justificar la detención, los presos pierden su derecho al hábeas corpus incluso si solo desempeñaron un papel secundario como cocineros o médicos, e incluso si su apoyo tuvo lugar antes de los atentados del 11 de septiembre, y solo se convirtieron en opositores a EE.UU. porque no lograron desaparecer de Afganistán cuando comenzó la invasión liderada por EE.UU.

Incluso en los casos en que los presos completaron su entrenamiento básico viajando con los líderes o instructores del campamento a las montañas de Tora Bora, en Afganistán (escenario de un enfrentamiento entre las fuerzas de Al Qaeda y los talibanes y el ejército estadounidense y sus aliados afganos que tuvo lugar en noviembre y diciembre de 2001), no tiene sentido que se les siga reteniendo indefinidamente en una prisión caracterizada por su supuesta asociación con el terrorismo, cuando claramente no eran más que soldados rasos en un conflicto armado específico, que deberían haber sido tratados como prisioneros de guerra y protegidos de los abusos que sufrieron por los Convenios de Ginebra.

El error fundamental en el que se basa la “guerra contra el terrorismo”

En su arrogancia y prisa por declarar un nuevo tipo de guerra, los asesores del presidente Bush equipararon a Al Qaeda con los talibanes, sin distinguir entre un gobierno (por muy denostado que fuera) y un grupo terrorista pequeño, aunque influyente, y optando deliberadamente por considerar una acción delictiva (los atentados del 11 de septiembre) como un acto de guerra. La confusión y la anarquía generadas por este “nuevo paradigma” han contaminado los últimos ocho años y medio de la historia de Estados Unidos, y gran parte de ello puede atribuirse al rechazo de la administración a los Convenios de Ginebra.

Cualquier persona capturada en tiempo de guerra está automáticamente protegida por el artículo 3 común de los Convenios de Ginebra, que prohíbe “los tratos crueles y la tortura” y "los atentados contra la dignidad personal, en particular los tratos humillantes y degradantes". Sin embargo, cuando altos funcionarios y abogados de la administración Bush decidieron que los Convenios de Ginebra no se aplicaban ni a Al Qaeda ni a los talibanes, no solo allanaron el camino para el régimen de tortura que siguió, sino que también reforzaron la confusión que prevalece hasta el día de hoy y que sigue afectando a los casos de hábeas corpus.

Lógicamente, quienes participaban en el conflicto militar en Afganistán (los talibanes y las fuerzas de Al Qaeda que apoyaban a los talibanes) eran soldados, mientras que los miembros de Al Qaeda responsables de los atentados terroristas eran delincuentes. Sin embargo, al equiparar a Al Qaeda con los talibanes, se llegó a considerar que los terroristas y los soldados eran lo mismos. Esta confusión se originó con la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar, aprobada por el Congreso tras los atentados del 11 de septiembre, que autorizaba al presidente "a emplear toda la fuerza necesaria y apropiada contra aquellas naciones, organizaciones o personas que, a su juicio, planearon, autorizaron, cometieron o ayudaron a cometer los atentados terroristas ocurridos el 11 de septiembre de 2001, o que dieron refugio a tales organizaciones o personas", y las políticas de detención que siguieron fueron aprobadas por el Corte Suprema en el caso Hamdi contra Rumsfeld en junio de 2004, cuando el Tribunal dictaminó que “el Congreso ha autorizado de forma clara e inequívoca la detención” de las personas amparadas por la AUMF.

La Administración Obama sigue utilizando la AUMF como fundamento para la detención de los presos de Guantánamo y, en consecuencia, el Gobierno talibán, que "dio cobijo" a Al Qaeda, sigue siendo equiparado a Al Qaeda, lo que mantiene la ilusión de que los complots terroristas internacionales y la guerra en Afganistán eran, o son, fundamentalmente idénticos.

Redefinir a los soldados como soldados

La solución al problema que plantean aquellos que han perdido sus recursos de hábeas corpus, pero que nunca participaron en ningún tipo de actividad terrorista, debería ser sencilla: redefinir a los soldados que han perdido sus recursos como prisioneros de guerra, en lugar de basarse en la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar para justificar su detención como “combatientes enemigos” (o, como se les llama ahora, “beligerantes enemigos extranjeros sin privilegios”). Si esto ocurriera, los abogados podrían entonces empezar a argumentar si es apropiado seguir reteniendo, como prisioneros de guerra, a hombres cuyo conflicto con EE.UU. no se relacionaba con una ideología terrorista sin fecha de finalización fija, ni con una insurgencia en curso, sino con un conflicto armado específico que, a más tardar, llegó a su fin en noviembre de 2004, cuando Hamid Karzai fue elegido oficialmente presidente de Afganistán tras la caída del régimen talibán.

Por desgracia, tal medida parece poco probable, dado que la Administración Obama ha optado por la confusión en lugar de la claridad y ha decidido que, en lugar de juzgar a los terroristas en tribunales federales y retener a los soldados como prisioneros de guerra, prefiere un sistema judicial de dos niveles (tanto juicios en tribunales federales como el resurgimiento de las tan denostadas comisiones militares), y además reivindica su derecho a seguir reteniendo a estos hombres de forma indefinida, independientemente de si pierden o no sus recursos de hábeas corpus.

Los casos de Suleiman al-Nahdi y Fahmi al-Assani

Un ejemplo de estos problemas lo encontramos en los casos de dos yemeníes, Suleiman al-Nahdi y Fahmi al-Assani. La jueza Gladys Kessler denegó las peticiones de hábeas corpus de ambos hombres en febrero, pero, aunque sus conclusiones de hecho son aceptables —concluyó que ambos asistieron al campo de entrenamiento de al-Farouq en Afganistán y luego viajaron con otros a Tora Bora, donde estuvieron, en cierta medida, involucrados en el conflicto con EE.UU. y sus aliados afganos—, mis preocupaciones sobre la justificación de su detención continuada en Guantánamo son similares a las ya expresadas en los casos de los otros soldados (o de quienes prestaban apoyo a los soldados) que ya han perdido sus peticiones de hábeas corpus: Muaz al-Alawi, Ghaleb al-Bihani (un cocinero), Hedi Hammamy, Adham Ali Awad y Fawzi al-Odah, Musa’ab al-Madhwani, Mukhtar al-Warafi (un médico) y Yasin Ismail.

En los dictámenes no clasificados (PDF aquí y aquí), la jueza Kessler determinó que ambos hombres habían sido influenciados por una fatwa para viajar a Afganistán con fines de entrenamiento, y que su viaje había sido facilitado por un hombre descrito por el Gobierno como “un reclutador de Al Qaeda, facilitador de viajes y comandante de la 55ª Brigada Árabe de Osama bin Laden”. La jueza Kessler aceptó que al-Assani, a quien se le había denegado el entrenamiento militar en Yemen, bien podría haber realizado su visita "para recibir entrenamiento militar, y no para luchar", como algo que era "importante para alcanzar la mayoría de edad", pero rechazó una alegación similar de al-Nahdi, señalando que este se había entrenado durante un mes en Yemen y que había realizado "declaraciones algo contradictorias" al explicar sus motivos.

Sin embargo, se consideró que ambos hombres habían entrado en la "estructura de mando" de Al Qaeda durante su posterior viaje a Afganistán, que implicó alojarse en una pensión de Karachi (supuestamente regida por Sharqwi Abdu Ali al-Hajj, también conocido como Riyadh el Facilitador, cuya tortura bajo custodia estadounidense se mencionó en un reciente dictamen no clasificado), ser escoltados en autobús a otra casa en Quetta y cruzar la frontera afgana en motocicletas, así como en Afganistán —en otra pensión y, finalmente, en al-Farouq.

La jueza Kessler se mostró comprensiblemente recelosa ante las afirmaciones de ambos hombres de que no sabían que el campamento estaba vinculado a Al Qaeda, pero considero que su afirmación de que los líderes de Al Qaeda permitieron a Al-Nahdi "estar en la estrecha presencia de Osama bin Laden" y a Al-Assani "estar muy cerca de Osama bin Laden" mientras visitaba el campamento para pronunciar un discurso es bastante exagerada, ya que no parece haber ningún indicio de que los nuevos reclutas tuvieran nada parecido a un contacto con bin Laden durante estas visitas.

No obstante, hay una lógica clara en el fallo de la jueza Kessler de que lo que ocurrió después de que al-Farouq demostrara la "pertenencia y el apoyo sustancial" a Al Qaeda —o, más exactamente, a las actividades militares de Al Qaeda en apoyo de los talibanes— por parte de al-Nahdi, quien aparentemente "ejecutó órdenes de vigilar una posición de retaguardia en Tora Bora". En una junta de revisión en Guantánamo, explicó que los líderes de al-Farouq "nos ordenaron desplazarnos de un lugar a otro. Nos dijeron que fuéramos a Tora Bora, así que allí fue donde fuimos". La jueza Kessler también señaló que al-Nahdi había declarado que "en aquel momento, no se les podía preguntar por qué ni adónde se iba. No se les podía llevar la contraria. Tenías que hacer lo que te mandaban".

En el caso de al-Assani, estos elementos de pertenencia y apoyo quedaron demostrados a través de sus declaraciones, según las cuales "él y un grupo de cincuenta hombres, liderados por [omitido], el comandante de al-Farouq", abandonaron juntos el campamento (tras el 11-S) y recibieron entrenamiento adicional, incluida la "marcha de larga distancia", en un lugar a las afueras de Kabul durante un periodo de entre diez y quince días. Añadió que luego se dirigieron a "una zona boscosa cerca de Jalalabad", donde permanecieron dos días antes de trasladarse a las montañas de Tora Bora, donde "se dividieron en grupos de entre ocho y diez personas".

Al abandonar Tora Bora, al-Nahdi viajó con un grupo que, "tras caminar durante cinco horas, fue bombardeado por las fuerzas de la Coalición", lo que provocó que resultara "herido por metralla y, poco después, capturado por las fuerzas de la Coalición". Al-Assani también viajó como parte de un grupo y, tal y como explicó el juez Kessler, "resultó herido después de que su grupo fuera bombardeado… fue escoltado y entregado a las fuerzas afganas y, finalmente —tras más de un mes de recuperación en un hospital— fue entregado a la custodia de EE.UU.". La jueza Kessler concluyó que ambos hombres habían seguido las órdenes hasta su captura, y señaló que ninguno de ellos había hecho ningún intento serio de huir, aunque reconoció que esto "podría haber sido peligroso y difícil".

Todo lo anterior podría demostrar, tal y como concluyó el juez Kessler, que ambos hombres estaban lo suficientemente vinculados a Al Qaeda como para justificar su detención continuada de acuerdo con las normas establecidas en casos anteriores; sin embargo, resulta bastante lamentable la afirmación de al-Nahdi de que muchos de los hombres que se encontraban en Tora Bora, "incluido él mismo, estaban asustados y solo querían volver a casa una vez que comenzó el combate", y el relato de su intento de marcharse (que, como señaló el juez Kessler, solo demostraba que "actuó en el adecuado “modo de mando”"), cuando "preguntó a su comandante… si podía marcharse y, tras ser reprendido, no intentó hacerlo".

En la mayoría de los aspectos, sin embargo, se trataba de opiniones directas, carentes de las confesiones falsas que han lastrado los argumentos del Gobierno en otros casos. El único ejemplo de confesión falsa surgió en el caso de al-Assani, a través de una acusación formulada por uno de sus compañeros de prisión, quien, como señaló la jueza Kessler, "lo identificó como una de las cincuenta personas que servían de guardaespaldas a Osama bin Laden". La jueza fue tajante al desestimar esta acusación, señalando que "hay dudas sobre [su] credibilidad", rechazando su afirmación de que al-Assani y estos otros 49 hombres recibieron "entrenamiento especializado" (ya que esto "no parece encajar con lo que se sabe sobre al-Assani") y, en particular, despreciando la idea de que un "recluta recién llegado" como al-Assani hubiera sido elegido para el trabajo:

    Parece sumamente improbable que Osama bin Laden, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando era probablemente el hombre más buscado del mundo, recurriera a un recluta desconocido y sin experiencia, con solo dos semanas de entrenamiento con el rifle, para que le sirviera de guardaespaldas.

A pesar de ello, existe una gran y injustificable brecha entre la descripción que hace la jueza Kessler de al-Assani como "un recluta desconocido y recién llegado con dos semanas de entrenamiento con rifle" en lo que respecta a las acusaciones de que era guardaespaldas de bin Laden, y la total irrelevancia de esta descripción a la hora de decidir si podía ser devuelto legítimamente al agujero negro de Guantánamo, reservado para aquellos que han perdido sus recursos de hábeas corpus.

No obstante, tal y como explicó el juez Kessler en pasajes idénticos de ambos dictámenes no clasificados:

    Cabe destacar que el Gobierno no está obligado a demostrar que el demandante tuviera motivos para saber específicamente que las fuerzas de la Coalición entrarían en el conflicto de Afganistán, ni que el demandante tuviera la intención específica de luchar contra los Estados Unidos y sus aliados. En cambio, el conocimiento o la intención que debe demostrarse se refiere a la decisión del demandante de formar parte de Al Qaeda y/o los talibanes o de apoyarlos sustancialmente. Por lo tanto, incluso un miembro de los talibanes o de Al Qaeda de bajo rango y recién reclutado que no tuviera motivos para sospechar de la entrada de Estados Unidos en el conflicto puede ser detenido, siempre que la decisión de "actuar o participar dentro de la estructura de mando de la organización o bajo ella" se tomara con cierto conocimiento o intención, y siempre que la persona estuviera actuando o participando dentro de la estructura de mando en el momento de su captura.

Estos pasajes me llamaron la atención al leer los dictámenes, hasta tal punto que casi me pregunté si la jueza Kessler intentaba señalar sutilmente la insignificancia real —en contraposición a la jurídica— de los "miembros de Al Qaeda y/o del Talibán de bajo rango y recién reclutados". Al final, sin embargo, solo puedo aceptar sus opiniones no clasificadas tal cual y repetir lo que propuse al principio de este artículo: que "reclutas desconocidos y recién llegados con dos semanas de entrenamiento con rifle" y "miembros de bajo rango de los talibanes y/o de Al Qaeda reclutados recientemente" no deberían utilizarse como parte de la justificación para la continuidad de Guantánamo como prisión para terroristas. Al equiparar a Al Qaeda con los talibanes, la administración Bush respaldó una política errónea (aceptada por la administración Obama), que afirma, de forma incorrecta, que los talibanes trabajaban para Al Qaeda, cuando la realidad es que, fuera de un pequeño círculo de hombres involucrados en el terrorismo internacional, la mayoría de los hombres asociados con Al Qaeda en Afganistán colaboraban con los talibanes en el contexto específico de un conflicto armado que pasó de ser una guerra civil a una guerra contra EE.UU. cuando comenzó la invasión liderada por EE.UU. el 7 de octubre de 2001.

En lugar de permanecer detenidos indefinidamente en Guantánamo como "enemigos beligerantes sin privilegios", al-Nahdi y al-Assani deberían ser prisioneros de guerra, con derecho a las protecciones de los Convenios de Ginebra, y no estar recluidos, en su mayor parte, como delincuentes condenados en celdas de aislamiento de máxima seguridad, sin que se les permitan visitas familiares y con pocas o ninguna de las comodidades y distracciones que incluso los delincuentes condenados más vilipendiados en el territorio continental de EE.UU. reciben como algo habitual. No son terroristas y no deberían seguir siendo tratados como si lo fueran.


 

¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.

 

¡El mundo no puede esperar!

E-mail: espagnol@worldcantwait.net