Fayiz Al-Kandari, un cooperante kuwaití en Guantánamo, pierde su recurso de hábeas corpus
22 de septiembre de 2010
Andy Worthington
Para Fayiz al-Kandari, uno de los dos últimos kuwaitíes que quedan en Guantánamo, la
justicia estadounidense siempre ha sido una contradicción. Aunque lleva casi
nueve años afirmando que es inocente, y a pesar de que el Gobierno de EE.UU. no
tiene pruebas en su contra, fue sometido a un juicio ante una Comisión Militar
bajo la presidencia de Bush y, el pasado viernes, perdió su recurso de hábeas
corpus en el Tribunal de Distrito de Washington D. C., lo que le condena, sobre
una base aparentemente legal, a la detención indefinida en Guantánamo.
No obstante, a lo largo de su prolongada detención, al-Kandari se ha negado a dejar que su decepción con
el sistema judicial estadounidense lo abatiera, y ha encontrado la fuerza para
bromear al respecto cada vez que recibe la visita de sus abogados. Como explicó
su abogado defensor militar, el
teniente coronel Barry Wingard, en un artículo de opinión publicado en el Washington
Post en junio de 2009:
Cada vez que viajo a la Bahía de Guantánamo para visitar a Fayiz, lo primero que me pregunta es: "¿Has
conseguido justicia para mí hoy?". Esto da lugar a una vacilación incómoda.
"Por desgracia, Fayiz", le digo, "hoy no he conseguido justicia".
El dictamen no clasificado de la jueza Colleen Kollar-Kotelly aún no se ha publicado, por lo que se
desconocen los detalles de su razonamiento, pero se ha informado lo suficiente
sobre la historia de al-Kandari como para comprender la debilidad del caso del
Gobierno, y resulta increíble que se haya podido inventar en el último momento
una razón válida para denegar su petición.
Al-Kandari, que procede de una familia acomodada de Kuwait y tiene un historial de ayuda humanitaria en países donde
los musulmanes sufrían (en Bosnia en 1994 y en Afganistán en 1997), ha afirmado
insistentemente que llegó a Afganistán a finales de agosto de 2001, en una
misión de ayuda humanitaria que consistía en construir dos pozos y reparar una
mezquita para una pequeña comunidad rural. También ha declarado en repetidas
ocasiones que, algún tiempo después de la invasión liderada por Estados Unidos
en octubre de 2001, partió hacia Pakistán, tras haberle mostrado un folleto con
la imagen de un afgano sosteniendo una bolsa con el símbolo del dólar,
acompañado de un texto que, en esencia, decía: "Entrega a los árabes y esto
será lo que te pase", pero que fue capturado por soldados de la Alianza del
Norte, quienes posteriormente lo vendieron a las fuerzas estadounidenses.
Las autoridades estadounidenses no cuestionan la fecha de su llegada, pero afirman que, en los
tres o cuatro meses previos a su captura en diciembre de 2001, visitó el campo
de entrenamiento de al-Farouq (el principal campo de entrenamiento para árabes
en los años previos al 11-S) e "impartió instrucción a miembros y reclutas de
Al Qaeda", ejerció como asesor de Osama bin Laden y "produjo cintas de audio y
vídeo de reclutamiento que animaban a afiliarse a Al Qaeda y a participar en la yihad".
Sin embargo, como expliqué en un
extenso perfil sobre al-Kandari en octubre de 2009:
El Gobierno nunca ha intentado explicar cómo "impartió formación a miembros y reclutas de Al Qaeda" en
Al-Farouq, cuando el campamento cerró menos de un mes después de su llegada a
Afganistán y, lo que es más importante, cómo se supone que llevó a cabo todo
ese entrenamiento, impartió toda esa formación y asesoramiento, y produjo
vídeos y grabaciones de audio durante el escaso tiempo que realmente pasó en Afganistán.
En una
junta de revisión militar celebrada en Guantánamo en 2005, al-Kandari
intentó poner de manifiesto lo inverosímil de estas acusaciones, cuando preguntó:
Al final de esta emocionante historia y tras todas estas acusaciones, cuando pasé la mayor parte de mi tiempo junto a
Bin Laden como su asesor y su líder religioso… ¿Todo esto ocurrió en un periodo
de tres meses, que es el tiempo que permanecí en Afganistán? Me pregunto:
¿estas acusaciones son contra Fayiz o contra Superman?
A pesar de ello, las autoridades se han negado a aceptar la versión de al-Kandari sobre sus
actividades, aunque
un simple vistazo a los cargos que se le imputan demuestra que, de los 20
cargos que se le atribuyen, 16 se atribuyen a un "individuo" no identificado, y
solo uno —la acusación de que "sugirió que él y otra persona viajaran a Afganistán
para participar en la yihad y… les proporcionó alias" — procedía del propio
al-Kandari (y ha sido refutada por él).
La escasez de pruebas es tan extrema que, tras su Tribunal de Revisión del Estatus de Combatiente en
2004 (un proceso deliberadamente parcial diseñado para ratificar la designación
previa de los hombres como "combatientes enemigos"), el asesor jurídico del
tribunal se encargó de mostrar su desacuerdo con la conclusión del tribunal de
que era un "combatiente enemigo", afirmando:
De hecho, las pruebas que el Tribunal considera persuasivas consisten casi en su totalidad en testimonios
de oídas registrados por personas no identificadas que carecen de conocimiento
de primera mano de los hechos que describen.
Como señalaron los investigadores de la Facultad de Derecho de Seton Hall en un importante
análisis de la documentación del CSRT, titulado “No-Hearing Hearings” (PDF, p.
34), “Fuera del proceso del CSRT, este tipo de pruebas se conoce más comúnmente como “rumores””.
Aunque estos "rumores" fueron suficientes para que el Pentágono lo considerara un prisionero de tal
importancia que fue
sometido a un juicio ante una Comisión Militar en octubre de 2008 (que no
se ha reactivado bajo la presidencia de Obama), es difícil eludir la conclusión
de que, dentro de la prisión, se le considera una amenaza no por lo que se
supone que hizo antes de su captura, sino por su actitud durante la detención.
El hecho de que la mayoría de las acusaciones en su contra provinieran de otros presos es, en gran medida,
una prueba de su propia resistencia. Como uno de los presos menos dóciles de
Guantánamo, no se ha defendido físicamente, pero se ha negado a realizar
confesiones falsas que lo implicaran a él mismo o a otros, como han hecho
tantos otros bajo coacción (y tal y como han venido revelando
los jueces del Tribunal de Distrito en otras
demandas
de hábeas corpus).
Esto a pesar de que, en 2003 y 2004, cuando Donald Rumsfeld importó
una versión del programa de tortura de la CIA a Guantánamo, fue sometido a
una amplia gama de "técnicas de interrogatorio mejoradas", que, tal y como las
describió el teniente coronel Wingard, "incluyeron, entre otras cosas, la
privación del sueño, agresiones físicas y verbales, intentos de humillación sexual
mediante el uso de interrogadoras, el “programa de viajero frecuente”, el uso
prolongado de posturas de estrés, el uso de perros, el uso de música a todo
volumen y luces estroboscópicas, y el uso de calor y frío extremos".
Incluso ahora, se le considera uno de los pocos presos cuya influencia percibida sobre sus
compañeros es tal que él, y otros que no pudieron ser "doblegados", están
separados del resto de la población carcelaria.
Como señalé al principio de este artículo, el dictamen no clasificado de la jueza Kollar-Kotelly aún no se
ha publicado, por lo que no queda claro en qué parte de esa avalancha de
"pruebas basadas en rumores, registradas por personas no identificadas que
carecen de conocimiento de primera mano de los hechos que describen" llegó a la
conclusión de que existían pruebas suficientes para denegar su solicitud.
Sin duda, la legislación sobre el hábeas corpus no
está exenta de defectos, aunque hasta la fecha ha dado lugar a victorias
para los presos en 38
de los 55 casos. Un ejemplo especialmente sorprendente de estas
deficiencias salió a la luz el pasado agosto cuando, en el caso de un yemení,
Adham Ali Awad, que fue entregado a las fuerzas afganas por combatientes de Al
Qaeda en un hospital donde estaba ingresado, el juez James Robertson denegó
su petición, a pesar de que admitió que "el caso contra Awad es
extremadamente débil", y añadió: "Las pruebas son de un tipo que solo se ajusta
a estos procedimientos únicos y tienen muy poco peso".
Tom Wilner, un abogado de Washington D. C. que representó a al-Kandari y a los demás presos kuwaitíes en
los primeros tiempos de Guantánamo, y que fue el abogado designado en los casos
del Corte Suprema en los que se concedieron a los presos los derechos de hábeas
corpus (en Rasul
contra Bush en junio de 2004, y Boumediene
contra Bush en junio de 2008), me explicó el viernes cómo era posible
que los presos perdieran sus recursos de hábeas corpus basándose en pruebas "de
una fragilidad extrema".
"Es importante tener en cuenta que el umbral para el hábeas corpus es bastante bajo; solo determina si
existe causa probable para detener a alguien, no que la persona haya hecho algo
malo", me dijo Wilner. También añadió más críticas a la política de detención
de la administración Bush, mantenida por el presidente Obama.
A pesar del resultado del viernes, explicó, al-Kandari "no ha sido condenado por ningún delito, y sin
embargo lleva más de ocho años encarcelado. El bajo umbral para el hábeas
corpus puede ser adecuado para detener a alguien inicialmente, pero difícilmente
es adecuado para mantener a personas recluidas durante años y años".
Nada de esto ayuda a Fayiz al-Kandari, cuyos abogados deben ahora o bien presentar un recurso de apelación
o bien intentar negociar un programa de repatriación entre los Gobiernos de
Estados Unidos y Kuwait. La primera opción parece una empresa condenada al
fracaso, dada la tendencia conservadora del Tribunal de Apelación del Distrito
de Columbia, que recientemente ha intentado
ampliar los poderes de detención del Gobierno, en lugar de limitarlos, y la
segunda no es precisamente una opción mejor.
En abril, cuando se propuso entablar conversaciones sobre la repatriación de al-Kandari y del otro preso
kuwaití, Fawzi al-Odah, que perdió
su recurso de hábeas corpus el pasado agosto, la Administración Obama
intentó imponer exigencias
de seguridad absurdas al Gobierno kuwaití antes de que pudieran comenzar
las conversaciones. Entre ellas se incluía la exigencia de que a dos hombres liberados
el año
pasado tras ganar sus recursos de hábeas corpus —Khalid
al-Mutairi y Fouad
al-Rabiah (quien, como es bien sabido, fue torturado para que hiciera confesiones
falsas que le enseñaron a repetir)— "se les retiraran los pasaportes, se les
obligara a presentarse ante las autoridades locales periódicamente y estuvieran
bajo vigilancia del Gobierno kuwaití durante un tiempo".
¿Es Fayiz al-Kandari algún tipo de amenaza para Estados Unidos? Nada de lo que he visto o oído sobre él
sugiere que lo sea. Cuando entrevisté a Tom Wilner para el documental “Outside
the Law: Stories from Guantánamo” (que codirigí con Polly Nash), Tom habló
de un preso kuwaití que, desde niño, había destinado la mitad de su mesada a
quienes eran más necesitados que él, y lo describió como "un tipo maravilloso".
Siempre había sospechado que el preso al que se refería era Fayiz al-Kandari, y
el viernes le pregunté si era así.
Tom confirmó que, efectivamente, se refería a Fayiz, y también me dijo: "Es extremadamente
inteligente, con una sonrisa y un sentido del humor maravillosos, y una
capacidad casi poética para expresarse. Estaba absolutamente dedicado a ayudar
a los demás y a luchar contra cualquier injusticia que se les infligiera. Al
mismo tiempo, era mucho más fuerte de lo que yo jamás podría ser a la hora de
soportar los abusos personales y la injusticia que se le infligían a él mismo".
Tom también me contó que Fayiz "manifestó en repetidas ocasiones que Osama bin Laden y Al Qaeda estaban
muy equivocados, que sus ideas constituían una perversión del islam y que hacer
daño a civiles inocentes es un pecado".
Dada la fortaleza de Fayiz al-Kandari, es casi seguro que acogió la sentencia de la jueza Kollar-Kotelly
con la firmeza de carácter que Tom Wilner le atribuye, y con el desprecio
burlón hacia la justicia estadounidense con el que suele recibir a sus abogados
en las visitas a Guantánamo. Su fortaleza, sin embargo, no debe impedirnos ver
que, casi nueve años después de su captura, no hay nada que celebrar en la
sentencia de la jueza —ni en su continua detención.
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