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¿Están a punto de eliminarse las órdenes de control?

10 de noviembre de 2010
Andy Worthington


Vaya, vaya. No voy a hacerme ilusiones, pero el anuncio publicado el domingo por el Observer de que "la derogación de las órdenes de control para sospechosos de terrorismo dio un paso más anoche cuando… fuentes de alto nivel de seguridad de Whitehall rompieron filas para revelar que el MI5 “no estaba empeñado” en mantener ese polémico régimen" resulta prometedor.

Las órdenes de control, una forma de arresto domiciliario virtual, se introdujeron en 2005 después de que los Law Lords declararan ilegal la respuesta inmediata del Gobierno tras el 11-S para hacer frente a los "sospechosos de terrorismo" extranjeros —encarcelarlos en Belmarsh sin cargos ni juicio, basándose en pruebas secretas—. En los últimos años, su uso se amplió para incluir a ciudadanos británicos, además de a extranjeros, que a menudo han sido sometidos a una forma de "exilio interno" extrajudicial, obligados a trasladarse a cientos de millas de sus hogares, además de verse sometidos a estrictos toques de queda, seguimiento por pulsera electrónica, la obligación de presentarse ante los servicios de seguridad a cualquier hora del día y de la noche, el control de todos sus visitantes, la prohibición del uso de ordenadores y teléfonos móviles, y la posibilidad de que el personal del Ministerio del Interior pudiera registrar sus viviendas en cualquier momento.

Sin embargo, la continuidad de las órdenes de control se ha visto amenazada desde junio de 2009, cuando los Lores de la Cámara de los Lores dictaminaron que su imposición vulnera el artículo 6 del Convenio Europeo de Derechos Humanos —que garantiza el derecho a un juicio justo—, ya que a un sospechoso detenido en virtud de una orden de control no se le proporciona "información suficiente sobre las acusaciones que se le imputan como para que pueda dar instrucciones efectivas al abogado especial que se le ha asignado".

Aunque el régimen de órdenes de control requiere el respaldo parlamentario para seguir vigente, ya que se renueva anualmente en la Cámara de los Comunes, este año los liberales demócratas estaban decididos a ponerle fin, votando en bloque a favor de derogar la legislación; en consecuencia, la abolición de las órdenes de control fue un elemento central de su postura firme en materia de libertades civiles, y era algo que estaba decididos a llevar a cabo, junto con la derogación del período de 28 días de prisión preventiva para los sospechosos detenidos dentro de los límites normales de la ley.

La semana pasada, tal y como expliqué detalladamente en un artículo anterior, se produjo una fisura en el seno del Gobierno cuando se reveló que la ministra del Interior, Theresa May, se había visto intimidada por los servicios secretos y estaba cambiando de opinión respecto a la supresión de las órdenes de control, y que Jonathan Evans, el nuevo director del MI5, también había mantenido una conversación discreta con David Cameron sobre la importancia que los servicios de seguridad atribuían a dichas órdenes.

Esto llevó a Ken Macdonald, el miembro de la Cámara de los Lores del Partido Liberal Demócrata designado por Theresa May para supervisar la revisión de la legislación antiterrorista del Partido Laborista, a escribir a la ministra del Interior, "advirtiéndole de que denunciaría públicamente cualquier decisión de mantener las órdenes de control", lo que provocó a su vez un menosprecio público hacia Macdonald, cuando May aprovechó una intervención en la BBC para afirmar que, aunque "consideraba apropiado que alguien externo lo examinara y dijera que se habían analizado las cuestiones adecuadas y se había hablado con las personas adecuadas… en última instancia, la decisión sobre lo que está en vigor en materia de nuestra legislación antiterrorista es una decisión que corresponde al Gobierno".

A pesar de ello, otros opositores se alinearon junto a Ken Macdonald —entre ellos, el secretario de Energía, Chris Huhne, un crítico acérrimo cuando era liberal demócrata en la oposición; el secretario de Justicia, Ken Clarke; y el diputado inconformista y contrario a la tortura David Davies, quien comunicó al Gobierno que esperaba que 50 diputados conservadores y liberales demócratas votaran en contra si se tomaba la decisión de mantener las órdenes de control.

Dado que los liberales demócratas son vistos cada vez más —tanto por sus propios miembros como por la opinión pública en general— como los perdedores de esta coalición, me sorprendería que Nick Clegg pudiera permitirse dejar escapar las órdenes de control, tal y como hizo con su promesa estrella de no subir las tasas universitarias. Esto, por supuesto, quedó recientemente echo trizas con el anuncio del Gobierno de que se permitirá a las universidades duplicar o triplicar sus tasas, lo que llevó a Aaron Porter, presidente de la Unión Nacional de Estudiantes (NUS), a declarar a la BBC que la NUS "perseguirá" a cualquier liberal demócrata que vote a favor del aumento de las tasas.

En conclusión, pues, esta filtración del sábado por la noche desde Whitehall al Observer bien podría ser significativa, aunque cabe señalar, para terminar, que no contribuye en absoluto a resolver la difícil situación de otros "sospechosos de terrorismo", que también se encuentran detenidos sin cargos ni juicio sobre la base de pruebas secretas —ya sea en libertad bajo fianza a la espera de deportación, donde las restricciones a su libertad son notablemente similares a las de las órdenes de control, o, en otros casos, en prisión.

A diferencia de quienes están sujetos a órdenes de control, estos hombres se enfrentan a la deportación a sus países de origen —entre ellos Argelia y Jordania— sobre la base de endebles “memorandos de entendimiento” (o, en el caso de Argelia, nada más que un acuerdo verbal), que se supone que garantizan que recibirán un trato humano, a pesar de que estos acuerdos han sido ampliamente criticados por su falta de fiabilidad y por no ser más que un cínico intento de los países occidentales de eludir sus obligaciones, en virtud de la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura, de no "expulsar, devolver (“refouler”) o extraditar a una persona a otro Estado cuando existan motivos fundados para creer que correría el riesgo de ser sometida a tortura".

Para estos hombres, la intervención de los Law Lords sobre el uso de pruebas secretas en las órdenes de control no se ha ampliado, y siguen atrapados —en sus hogares o en prisión— sin cargos ni juicio, y sobre la base de pruebas secretas, con pocos diputados dispuestos a dar seguimiento a la moción "Early Day Motion" presentada por la diputada Diane Abbott en marzo de 2009, que pedía el fin del uso de pruebas secretas en todos los casos relacionados con acusaciones de terrorismo, y a volver al principio rector de todos los países que se jactan de ser civilizados: el derecho a ser acusado y juzgado en un juicio público.

Mientras esperamos las conclusiones de la revisión de la lucha antiterrorista dirigida por Ken Macdonald, no olvidemos a aquellos para quienes la justicia sigue pareciendo un sueño inalcanzable.


 

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