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En The Guardian: ¿El fin de las pruebas secretas?

02 de diciembre de 2009
Andy Worthington


Para la sección “Comment is free” de The Guardian, “¿El fin de las pruebas secretas?” es un artículo que escribí para celebrar lo que parece ser el fin de la política de ocho años del Gobierno británico de encarcelar a sospechosos de terrorismo —tanto extranjeros como ciudadanos británicos— sin cargos ni juicio, o de privarles de su libertad mediante una forma de arresto domiciliario, basándose en pruebas secretas.

El aparente fin de la respuesta poco meditada del Gobierno ante las amenazas terroristas tras los atentados del 11-S se produce tras una sentencia del Tribunal Superior dictada ayer. Refiriéndose a una sentencia pionera de junio, en la que los Lores de la Ley concluyeron que el uso de pruebas secretas por parte del Gobierno contravenía el derecho de las personas sometidas a órdenes de control a un juicio justo (tal y como garantiza el artículo 6 del Convenio Europeo de Derechos Humanos), los jueces del Tribunal Superior ampliaron estos mismos derechos a otros hombres que se enfrentaban a la deportación en circunstancias idénticas. Según los jueces, era «imposible» concluir «que en los casos de libertad bajo fianza se requiera un estándar procesal menos estricto» que en los casos de órdenes de control.

El quid de la cuestión, durante los últimos ocho años, ha sido la insistencia del Gobierno en que es legítimo restringir el acceso de los detenidos a las pruebas secretas.  En el “tribunal antiterrorista” —el Tribunal Especial de Apelaciones de Inmigración (SIAC)—, que se utiliza para casos presuntamente relacionados con el terrorismo, se designan abogados especiales para representar a los detenidos en sesiones a puerta cerrada, en las que se discuten las pruebas secretas, pero luego se les impide hablar de lo que ocurre en esas sesiones con los hombres a los que representan. Como expliqué en junio, “esta barrera impenetrable a la transparencia también funciona en sentido contrario, ya que los sospechosos no pueden informar a los abogados de manera efectiva cuando se les mantiene en la ignorancia respecto a los detalles del caso en su contra”.

La sentencia de los Lores en junio marcó el principio del fin del régimen de órdenes de control, y la sentencia de ayer del Tribunal Superior, en los casos de dos hombres a los que el Gobierno desea deportar —XC, un estudiante paquistaní y uno de los “North West 10”, y U, un argelino—, hace lo mismo con el sistema de libertad bajo fianza para la deportación.

Mientras espero a ver si el Gobierno se decide por fin a prestar atención a las propuestas presentadas por el grupo multipartidista para la reforma legislativa JUSTICE (PDF), que incluyen explicaciones exhaustivas sobre cómo se puede seguir protegiendo el material sensible dentro de un marco legalmente aceptable (en lugar de basar la política durante ocho años en la paranoia y el desprecio por la ley), dejo la última palabra por ahora a la incansable abogada Gareth Peirce, que ha representado a algunos de estos hombres desde que fueron encarcelados por primera vez sin cargos ni juicio en Belmarsh en diciembre de 2001.

Tal y como explicó The Guardian, ella “acogió con satisfacción el “rotundo no” del tribunal a la idea de que se pudiera detener a personas basándose en pruebas secretas, sin posibilidad de recurrir al Tribunal Superior para solicitar una revisión judicial”, y afirmó: “Los jueces dijeron que hay un mínimo absoluto e irreducible de información que una persona debe tener”.


 

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