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El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.




Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


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En Navidad, un ex-preso de Guantánamo se reúne con su familia

25 de diciembre de 2009
Andy Worthington


El 21 de diciembre, el Boston Globe publicó el siguiente artículo, escrito por Kevin Cullen. En él se pone al día la historia de Oybek Jabbarov, un hombre inocente de Uzbekistán que permaneció recluido en Guantánamo durante casi ocho años y que finalmente fue liberado en septiembre y acogido en Irlanda. Como informé en su momento, Jabbarov había sido declarado apto para su liberación por una junta de revisión militar en 2007, pero no pudo regresar a su país por temor a ser torturado si era repatriado. El Departamento de Estado de EE.UU. tardó casi tres años en encontrarle un nuevo hogar, pero incluso tras su liberación parecía que la vida de Jabbarov se había arruinado irremediablemente por los años perdidos en Guantánamo, ya que no tenía ni idea de dónde estaban su esposa y sus dos hijos pequeños, ni forma de saber si alguna vez volvería a reunirse con ellos. En su artículo, Kevin Cullen explicó lo que le sucedió a la esposa y a los hijos de Oybek Jabbarov, y no se me ocurre mejor manera de celebrar la Navidad que compartir su artículo.

Un reencuentro en estas fiestas

Por Kevin Cullen

Hace un tiempo, Michael Mone Jr., un abogado de Boston, viajó a Cuba para preparar a un cliente para la vida tras ocho años recluido en Guantánamo.

“Creo que me gustaría ir a Texas”, dijo Oybek Jabbarov.

Mone miró a su cliente y le dijo: “No creo que te dejen ir a Texas”.

Uno de los guardias de Guantánamo era un soldado simpático de Texas que, de alguna manera, había convencido a Jabbarov de que sería un chico más de los de siempre de Uzbekistán si se reasentaba en Texas.

Mone y su padre, un gran abogado llamado Michael Mone Sr., tenían otras ideas.

Sus antepasados procedían de Irlanda y los irlandeses fueron de los pocos que respaldaron los llamamientos para que se cerrara Guantánamo con el compromiso de acoger a los detenidos liberados.

Oybek Jabbarov era un refugiado que buscaba trabajo y una forma de llevar a su esposa embarazada y a su hijo de dos años a Kabul, cuando dos mercenarios afganos lo encontraron sentado en una tetería.

Las fuerzas estadounidenses en Afganistán ofrecían recompensas por “combatientes extranjeros” y Oybek valía una buena suma.

Nunca se le imputó ningún cargo.

Tardaron ocho años en darse cuenta de que lo único para lo que Jabbarov representaba una amenaza era la integridad de la Constitución.

Mike Mone Jr. convenció a Jabbarov de que podría empezar de cero en Irlanda.

Mone también convenció al Gobierno irlandés, y hace tres meses el avión aterrizó en Dublín.

Jabbarov tenía su libertad y un bonito lugar donde vivir. Pero no tenía a su familia.

"Mi mujer", le dijo a Mike Mone Jr. "Mis hijos. Mis hijos".

Nunca había visto a su hijo menor.

El joven Mike Mone explicó la situación a los miembros del Gobierno irlandés, y no tuvo que repetirlo.

Empezaron a buscar a la familia.

La mujer y los hijos de Jabbarov llevaban años desplazándose por Asia Central, intentando sobrevivir, intentando que él volviera.

Había un amigo de la familia que estaba en contacto con la esposa y los hijos, y tenía un móvil, así que Mone habló con él.

Luego, el Gobierno irlandés habló con él.

El hombre del móvil se lo pasó a uno de los hijos de Jabbarov, el de 10 años, y este le preguntó a su padre en Irlanda: “¿Cuándo te veré?”.

“Pronto”, respondió Jabbarov.

“Cuándo te vea”, dijo el niño, “¿me tendrás una bicicleta?”.

Durante los últimos dos meses, Jabbarov había hablado con su mujer y sus hijos cada dos días, y cada vez su hijo le preguntaba si podía tener una bicicleta.

La semana pasada, el Gobierno irlandés envió un avión para recoger a su familia.

Jabbarov estaba fuera de la puerta de llegadas internacionales del aeropuerto de Dublín, dando vueltas de un lado a otro.

Las puertas de cristal se abrieron con un susurro.

Abrazó a su esposa. Besó a sus hijos.

Condujeron de vuelta a su casa, al oeste de Irlanda, y cuando los niños entraron por la puerta principal vieron dos bicicletas relucientes en el vestíbulo.

Los niños montaron en bicicleta bajo un cielo irlandés gris y apagado. Jabbarov envió un mensaje de texto a su abogado en Boston: Llámame.

A la llamada de Mone respondió la voz de un niño pequeño que preguntó: “¿Es el señor Michael?”.

La conversación pasó rápidamente a los ordenadores portátiles, con vídeo y audio, y Mone se sentó en su oficina del piso 16 de Federal Street, viendo a dos niños pequeños retorcerse en el regazo de su padre.

“¿Cómo está tu mujer?”, preguntó Mone.

“Está feliz”, dijo Jabbarov, “pero no sabe cómo va a mantener limpia esta casa tan grande”.

“Mi mujer dice lo mismo”, dijo Mone.

Michael Mone Jr. estaba allí sentado en su oficina, viendo cómo un padre y dos niños pequeños a 3000 millas de distancia recuperaban ocho años perdidos, y de repente se dio cuenta de algo extraordinario, de un pensamiento increíble: la Navidad también es para los musulmanes.


 

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