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Echando sal en las heridas de Guantánamo: el grupo de trabajo anuncia la detención indefinida

23 de enero de 2010
Andy Worthington


Con una sorprendente falta de sensibilidad, el Grupo de Trabajo sobre Guantánamo de Barack Obama eligió el aniversario de la promesa incumplida del presidente de cerrar la prisión para anunciar sus conclusiones sobre el destino final de los 196 presos que aún permanecen recluidos, afirmando, sin un atisbo de ironía, que “casi 50” de ellos “deberían permanecer detenidos indefinidamente sin juicio en virtud de las leyes de la guerra”, tal y como explicó el Washington Post.

La invocación de las leyes de la guerra por parte de la Administración se refiere en realidad a la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF), aprobada por el Congreso a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que autorizó al presidente “a emplear toda la fuerza necesaria y apropiada contra aquellas naciones, organizaciones o personas que él determine que planearon, autorizaron, cometieron o ayudaron a cometer los atentados terroristas ocurridos el 11 de septiembre de 2001” (o a quienes les dieron refugio), según la interpretación del Corte Suprema en junio de 2004, en el caso Hamdi contra Rumsfeld, en el que se afirmó que “el Congreso ha autorizado de forma clara e inequívoca la detención” de las personas amparadas por la AUMF.

Puede que esto sea técnicamente legal en Estados Unidos, pero entra en conflicto con la interpretación que el resto del mundo hace del derecho de la guerra. Tal y como las entienden todos los demás países civilizados, las leyes de la guerra implican la detención de los combatientes mientras duren las hostilidades, de conformidad con los Convenios de Ginebra, que, en virtud del artículo 3 común, prohíben el “trato humillante y degradante” y los interrogatorios coercitivos a los que fueron sometidos los hombres de Guantánamo, después de que el presidente Bush declarara en febrero de 2002 que los Convenios de Ginebra no se aplicaban a Al Qaeda ni a los talibanes.

Además, nunca se investigó a estos hombres para determinar si eran realmente combatientes. Según el artículo 5 del Tercer Convenio de Ginebra (relativo al trato de los prisioneros de guerra), si existe alguna duda sobre si los detenidos se ajustan a la descripción del artículo 4 (en términos generales, fuerzas armadas regulares), deben ser tratados como prisioneros del artículo 4 hasta que un tribunal competente haya determinado su estatus. Celebrados cerca del momento y el lugar de la captura, estos tribunales se convocaron en todas las guerras de Estados Unidos desde Vietnam en adelante; en la primera Guerra del Golfo, por ejemplo, se celebraron 1.196 tribunales y 886 hombres fueron posteriormente puestos en libertad.

Sin embargo, en Afganistán no se celebraron juicios ante tribunales competentes (y tampoco se celebran a día de hoy, bajo el mandato del presidente Obama), y los combatientes irregulares (como los que luchaban por los talibanes o las fuerzas militares vinculadas a Al Qaeda que apoyaban a los talibanes) se escabulleron de las protecciones garantizadas a todas las personas detenidas en tiempo de guerra, ya fueran combatientes o civiles, y fueron calificados de «combatientes enemigos ilegales», a quienes, según la administración Bush, se les podían privar de todos sus derechos.

Esto era una tontería, tal y como confirmó el Comité Internacional de la Cruz Roja en 1958 en un comentario sobre el Cuarto Convenio (relativo al trato de los civiles) en el que se afirmaba que toda persona en manos del enemigo debe tener algún estatuto en virtud del derecho internacional: o bien es un prisionero de guerra y, como tal, está amparado por el Tercer Convenio, o bien es un civil amparado por el Cuarto Convenio, o bien… es un miembro del personal médico de las fuerzas armadas amparado por el Primer Convenio”. Además, “no existe un estatus intermedio; nadie en manos del enemigo puede quedar al margen de la ley”.

Esta interpretación fue ratificada por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia en una sentencia de 1998, pero en la “guerra contra el terrorismo”, el resultado de las cínicas maniobras de la Administración Bush fue Guantánamo, una prisión en la que se presumía culpables a hombres que nunca habían sido investigados adecuadamente, a pesar de que, en la mayoría de los casos, las autoridades no sabían nada sobre ellos. Esto se debió en gran medida a que el 86 % de ellos no había sido capturado “en el campo de batalla”, como afirmaban altos funcionarios, sino que había sido vendido al ejército estadounidense por sus aliados afganos y pakistaníes, en un momento en que se pagaban recompensas, con un promedio de 5.000 dólares por cabeza, por sospechosos de pertenecer a Al Qaeda y los talibanes.

Como resultado, la justificación de la Administración Obama para mantener detenidos indefinidamente a 50 hombres sin cargos ni juicio refuerza la falsa afirmación de la Administración Bush de que existe una categoría de prisioneros de guerra que pueden ser retenidos indefinidamente (en contraposición a ser retenidos como prisioneros de guerra hasta el fin de las hostilidades). Lo que hace que esta conclusión resulte aún más inquietante es que la justificación para mantener a estos hombres detenidos indefinidamente se basa en pruebas que, según la propia admisión del presidente Obama, están “viciadas” por el uso de la tortura.

En un importante discurso sobre seguridad nacional pronunciado en mayo, cuando dio las primeras señales de que iba a retomar la justificación de la Administración Bush para mantener detenidos a estos hombres de forma indefinida sin cargos ni juicio, el presidente Obama se refirió a los prisioneros que “no pueden ser procesados por delitos cometidos en el pasado, en algunos casos porque las pruebas pueden estar viciadas, pero que, no obstante, suponen una amenaza para la seguridad de Estados Unidos”.

Hay que reconocer que la Administración ha admitido, aunque tarde, que la decisión sobre si retener o no a estos hombres no es competencia exclusiva del poder ejecutivo. Tal y como explicó el Post, los funcionarios afirmaron que “cada detenido tiene derecho a impugnar su encarcelamiento mediante un recurso de hábeas corpus ante un tribunal federal”. Se trata de un reconocimiento bienvenido, ya que el papel de los tribunales, establecido por una sentencia de enorme importancia del Corte Suprema en junio de 2008, ha sido notablemente marginado por la Administración, a pesar de que, en los últimos 16 meses, los jueces de los tribunales de distrito hayan dictaminado, en 32 de 41 casos, que las supuestas pruebas del Gobierno —procedentes en gran parte de los propios presos o de sus compañeros de prisión— están tan “viciadas” que resultan inútiles e inverosímiles.

Los jueces también han puesto objeciones al mensaje implícito del presidente —que otras pruebas convincentes proceden de los servicios de inteligencia— y han señalado, en varias ocasiones, que los “mosaicos” de información de inteligencia presentados para justificar la detención pueden ser útiles a la hora de recabar información, pero no resisten un examen minucioso ante un tribunal.


Aún no se ha facilitado ninguna indicación sobre la identidad de los 50 hombres cuya detención indefinida aboga el Grupo de Trabajo, pero es muy probable que uno de ellos sea Fayiz al-Kandari, un kuwaití (del que se habló el pasado mes de octubre), quien siempre ha sostenido que era un cooperante humanitario que se vio envuelto en el caos posterior a la invasión de Afganistán. Cabe destacar que al-Kandari se ha mostrado persistentemente poco cooperativo con los interrogadores de Guantánamo y se ha negado a implicarse en ninguna actividad relacionada con el terrorismo.

Sin embargo, según las autoridades, en una versión de la realidad elaborada casi exclusivamente a partir de múltiples niveles de rumores proporcionados por otros prisioneros, mientras estuvo en Afganistán, entre agosto y diciembre de 2001, no-solo logró visitar el campo de entrenamiento de al-Farouq (el principal campo de entrenamiento para árabes en los años previos al 11-S), sino también impartir instrucción a miembros y reclutas de Al Qaeda, actuar como asesor de Osama bin Laden y producir cintas de audio y vídeo de reclutamiento que animaban a afiliarse a Al Qaeda y a participar en la yihad.

Al-Kandari es uno de los hombres cuya única esperanza ahora es que un juez de un tribunal de distrito vea más allá del endeble caso que las autoridades han presentado contra él, pero para quienes buscan justicia para los verdaderos terroristas (o, al menos, para aquellos contra quienes existen pruebas que se asemejan a pruebas reales), las noticias procedentes del Grupo de Trabajo son, como mínimo, más alentadoras. Tal y como explicó el Post, el Grupo de Trabajo ha recomendado que “unos 35 presos sean juzgados en tribunales federales o militares”.

Sin la distracción de los 50 hombres supuestamente peligrosos que pueden ser retenidos indefinidamente sin pruebas, esta cifra demuestra de forma bastante exhaustiva el colosal índice de fracaso del experimento de la administración Bush en Guantánamo: de los 779 hombres retenidos, poco menos del 5 % se enfrentará a un juicio. Si algo demuestra que prescindir de las garantías procésales en tiempos de guerra y establecer la culpabilidad a través de presunciones arrogantes es una idea desastrosa, debería ser esta estadística.

El resto del 95 % de los presos de Guantánamo que nunca deberían haber sido detenidos lo componen “al menos 110 detenidos” cuya puesta en libertad ha sido autorizada. Tal y como explicaba el Post, el Grupo de Trabajo “consideró que aproximadamente 80 detenidos, entre ellos unos 30 yemeníes, reunían los requisitos para su repatriación inmediata o su reasentamiento en un tercer país. Otros 30 yemeníes aproximadamente fueron incluidos en una categoría propia, y su puesta en libertad depende de que las condiciones en su país de origen se estabilicen de forma drástica”.

Esto supone, por supuesto, otro golpe al caos de las políticas de la Administración Bush, ya que la cifra de 110 puede sumarse a los 44 presos ya liberados por Obama, pero no está exento de problemas. El Post eludió con cautela la cobarde negativa de Obama a liberar a ningún yemení absuelto en un futuro previsible, ante los ataques sin escrúpulos de los republicanos y de miembros de su propio partido, que intentaron equiparar a los yemeníes absueltos con el fallido autor del atentado con bomba en el avión el día de Navidad.

Al parecer, Umar Farouk Abdulmutallab había estado en contacto con un grupo de inspiración de Al Qaeda en Yemen que incluía a exreclusos saudíes liberados por George W. Bush, a pesar de las advertencias de los servicios de inteligencia de que se encontraban entre el puñado de hombres peligrosos de Guantánamo; sin embargo, en medio de la histeria que reinó recientemente, los yemeníes absueltos fueron sacrificados en aras del interés político.

Les cifras sin adornos tampoco revelan que, de los 50 hombres procedentes de otros países, la mayoría no puede ser repatriada por temor a que sean torturados a su regreso. En el aniversario del fracaso del presidente Obama para cerrar Guantánamo —y también de su fracaso para repudiar plenamente las viles políticas de la administración Bush—, no debe pasarse por alto la difícil situación de estos hombres.

Aunque el Post señaló que la administración «prevé que unos 20 detenidos puedan ser repatriados para este verano» y “ha recibido compromisos firmes de países dispuestos a acoger a otros 25 detenidos cuya liberación ha sido autorizada”, las experiencias de este año han indicado que otros países se muestran reacios a proporcionar un nuevo hogar a estos hombres cuando Estados Unidos se ha desentendido de ellos.

La responsabilidad de negarse a permitir que ningún preso absuelto se establezca en Estados Unidos, si no puede ser repatriado, recae en el presidente, en los legisladores, en el Departamento de Justicia y en los jueces del Tribunal de Apelación —así como en numerosos medios de comunicación—, pero su repercusión no solo sigue deteriorando las relaciones con otros países a los que se les pide que hagan el trabajo sucio de Estados Unidos, sino que también amenaza con dejar a hombres inocentes abandonados a su suerte en Guantánamo durante un tiempo indefinido.

Allá por octubre de 2008, cuando el juez Ricardo Urbina dictaminó que 17 hombres de China (los uigures), que habían ganado sus recursos de hábeas corpus, debían ser reubicados en Estados Unidos porque no podían ser repatriados y porque no se había encontrado ningún otro país que los acogiera, explicó que su detención continuada era inconstitucional.

Quince meses después, las palabras del juez Urbina siguen siendo ciertas, como lo serán quizá el año que viene por estas fechas, cuando algunos de estos hombres podrían seguir recluidos en Guantánamo a menos que Estados Unidos asuma la responsabilidad de sus propios errores.

POSDATA: En informes posteriores, las autoridades indicaron que se ha recomendado la detención indefinida para un total de 47 presos, y que el Grupo de Trabajo sugirió que estos, junto con los que se enfrentan a juicio (82 hombres en total), fueran trasladados a unas nuevas instalaciones en el territorio continental de Estados Unidos. Esta era la intención cuando se mencionó por primera vez el plan de comprar el Centro Correccional Thomson en Illinois, y sigue siendo profundamente deprimente que el Grupo de Trabajo se conforme con trasladar al territorio continental de EE.UU. el núcleo del experimento ilegal de la administración Bush en Guantánamo: la detención indefinida sin cargos ni juicio.

La Associated Press también tuvo una visión diferente sobre los aproximadamente 60 yemeníes cuya liberación fue aprobada, señalando únicamente que 17 de ellos "no se enfrentan a ningún proceso judicial, pero es probable que permanezcan detenidos durante algún tiempo, hasta que los funcionarios antiterroristas estadounidenses puedan encontrar un lugar seguro en su país de origen o en otros países extranjeros para enviarlos".


 

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