David Hicks, antiguo preso de Guantánamo, describe sus dos primeras semanas en Camp X-Ray
18 de octubre de 2010
Andy Worthington

|
Como promoción de las memorias recién publicadas, Guantánamo: My
Journey, del australiano David Hicks —quien permaneció recluido en
Guantánamo desde enero de 2002 hasta abril de 2007, cuando fue repatriado tras
aceptar un acuerdo con la fiscalía en su juicio ante la Comisión Militar—, la
editorial de Hicks ha facilitado a los medios de comunicación tres extractos
del libro. Los tres extractos fueron publicados por el periódico local de Hicks
en Adelaida (y tratan sobre los acontecimientos previos a su interés por el
islam y los conflictos en Bosnia, Cachemira y Afganistán, las circunstancias de
su captura y sus dos primeras semanas en Guantánamo), y he decidido publicar
también este último, ya que capta especialmente bien la violencia primitiva de
los primeros días de Camp X-Ray: las jaulas al aire libre, parecidas a corrales
de animales, en las que se retenía a los prisioneros hasta que se terminaron
las primeras estructuras más permanentes de Camp Delta en mayo de 2002.
Las memorias de Hicks han llevado a algunos de sus detractores en Australia a argumentar que no debería
beneficiarse económicamente de la publicación del libro, debido a la
legislación que impide a cualquier persona lucrarse con los ingresos
procedentes de actividades delictivas, y la agencia Associated Press informó el
domingo de que la policía australiana está estudiando si Hicks "debería ser
demandado por los beneficios que obtenga de su autobiografía". Se trata de un
argumento interesante, y espero que sea cuestionado a fondo, ya que la
condición de Hicks como antiguo delincuente está seriamente en duda. El acuerdo
judicial que garantizó su regreso de Guantánamo (seguido de una breve pena de
prisión en Australia) no solo tuvo motivaciones
políticas —pretendía ayudar a John Howard a asegurar su reelección (lo cual
fracasó) y, lo que es más importante, impedir que Hicks revelara el trato
brutal al que fue sometido en Afganistán y en Guantánamo—, sino que también era
de dudosa legalidad.
Hicks aceptó el cargo de haber prestado apoyo material al terrorismo, pero, tal y como han explicado
numerosos
expertos
—entre ellos, juristas
de alto rango de la Administración Obama— (o han admitido, en el caso del
Gobierno), el apoyo material al terrorismo es un delito de guerra inventado,
introducido por el Congreso en la Ley de Comisiones Militares de 2006 (cuando
se restablecieron las comisiones, tras la sentencia del Corte Suprema que las
declaró ilegales), y que se mantuvo en 2009 (a pesar de las quejas del
Gobierno) cuando las comisiones se reactivaron de nuevo. Los tribunales
estadounidenses están
examinando actualmente los recursos contra las condenas por apoyo material
en los casos
de otros dos presos que fueron juzgados por una comisión militar y, como
explicó en julio de este año el antiguo abogado de Hicks, Steve Kenny, con sede
en Adelaida: "Siempre he sostenido que él nunca cometió ningún delito.
Analizamos la legislación australiana, el derecho internacional y la
legislación afgana, y no pudimos identificar ninguna infracción de dichas
leyes. El delito por el que finalmente se declaró culpable no era en realidad
un crimen de guerra internacional en absoluto. De hecho, era un delito que no existía".
“Un torbellino de penurias”: un fragmento de *Guantánamo: My Journey*, de David Hicks
Me desperté sobre una losa de hormigón con el sol dándome en la cara. Miré a mi
alrededor y vi que estaba en una jaula hecha de valla metálica, igual que la
valla que rodeaba mi antigua escuela primaria. Unas vallas internas dividían la
jaula en diez recintos, y yo me encontraba en una de las celdas de la esquina.
A mi alrededor, vi otras cinco losas de hormigón con lo que parecían jaulas de
pájaros construidas encima. Una valla cubierta de tela de sombreo verde y
coronada con rollos de alambre de púas rodeaba estas seis losas de hormigón,
capaces de albergar a sesenta seres humanos desafortunados. Colgadas en el
interior de esta valla había carteles que decían: "Si intentas escapar, te
dispararán", acompañados de una persona sin rasgos con una diana en lugar de cabeza.
Alrededor de la malla, personal civil y uniformado despejaba y arrasaba el césped y los árboles.
Vertían cemento y montaban las jaulas de alambre, a las que llamaban "bloques".
No había mucho más a nuestro alrededor, salvo torres de vigilancia adornadas
con grandes banderas estadounidenses pintadas y custodiadas por marines armados.
Mi bloque fue solo el segundo en construirse, pero eso cambiaría con el tiempo. A medida que esta
prisión iba surgiendo de la nada, llegaban más "detenidos" —como les gustaba
llamarnos, en lugar de prisioneros de guerra—. Aproximadamente un mes después,
éramos unos 360 los que vivíamos en esos recintos al aire libre. Estaban
expuestos al viento, al sol, al polvo y a la lluvia, y no ofrecían ningún
respiro. La fauna local se veía perturbada al ver cómo sus hogares eran
arrasados por las excavadoras para dejar espacio a los bloques de hormigón, y
escorpiones, serpientes y tarántulas de 23 centímetros de largo intentaban
encontrar refugio en lo que ahora eran nuestros recintos.
Mi jaula, como todas las demás, medía tres pasos de ancho por tres de largo. Compartía este espacio con
dos pequeños cubos: uno para beber y otro para usar como retrete. Había un
“isomat” (una esterilla de espuma de cinco milímetros de grosor), una toalla,
una sábana, un bote de champú que olía a limpiador industrial, una pastilla de
jabón (creo), un cepillo de dientes con tres cuartas partes del mango rotas y
un tubo de pasta de dientes. Cuando ponía este tubo boca abajo, incluso sin
apretarlo, salía un líquido blanco y maloliente.
Esta extraña operación se denominaba "Camp X-Ray". Nuestro avión fue el primero en llegar a esta zona
desolada de la isla, y fuimos los únicos detenidos durante los primeros tres o
cuatro días. Nos habían separado unos de otros debido al exceso de jaulas. Cada
hora, tanto de día como de noche, teníamos que mostrar nuestra pulsera para que
la inspeccionaran, así como el extremo de nuestro cepillo de dientes, por si
acaso lo hubiéramos "afilado para convertirlo en un arma". Estas
constantes molestias nos impedían dormir. No se nos permitía hablar, ni
siquiera mirar a nuestro alrededor, y teníamos que fijar la vista en el
hormigón entre nuestras piernas mientras permanecíamos sentados erguidos en el
suelo. Si nos tumbábamos boca arriba sobre el hormigón, teníamos que mirar
fijamente a una cubierta de madera situada a unos treinta centímetros por
encima de nuestras jaulas, que servía como una especie de techo. Aparte de
bloquear el sol durante unas dos horas al mediodía, el techo no ofrecía ningún
otro beneficio.
Sentarnos o tumbarnos en el centro de la jaula, lejos de los laterales, eran las dos únicas posturas que se
nos permitía adoptar. No podíamos ponernos de pie a menos que se nos ordenara,
y el mayor pecado era tocar la alambrada que nos rodeaba. Si infringíamos
cualquiera de estas normas, aunque fuera mirando inocentemente a nuestro
alrededor, nos castigaba el equipo de la IRF, siglas de Fuerza de Reacción
Inmediata. La Policía Militar apodaba este procedimiento “earthed” o “IRFed”,
porque nos golpeaban y nos tiraban al suelo.
Vi por primera vez al equipo de la IRF uno o dos días después de mi llegada. Un policía militar se
detuvo frente a la jaula de un afgano, mi vecino más cercano en aquel momento.
El policía militar le exigió que le dijera qué había garabateado el afgano en
el cemento. Él no había garabateado nada y ni siquiera podía hablar ni entender
inglés. Oí al policía militar leer: “Osama nos salvará”. El detenido no
tenía ni idea de qué le estaba hablando el guardia, pero el policía militar se
enfureció cuando este no respondió. "Te enseñaré a resistirte", amenazó el
policía militar y se marchó furioso. De repente, seis policías militares con
equipo antidisturbios completo formaron una fila frente a su jaula. El primero
llevaba un escudo de cuerpo entero. Entró primero en la jaula, empujando al
detenido y inmovilizándolo contra el suelo de cemento con el escudo, mientras
los demás le golpeaban en el torso y la cara. El último en entrar en la jaula
fue un adiestrador de perros con un gran pastor alemán. Se incitó al perro a
ladrar y gruñir a solo unos centímetros de la cara del afgano mientras le
golpeaban. En casos posteriores, los perros mordieron a los detenidos.
Cuando terminaron, lo encadenaron y se lo llevaron. Tenía la cara cubierta de sangre. Unas horas más
tarde, un policía militar limpió la sangre del cemento con un cepillo y una
manguera. Para colmo de injusticia, un policía militar me contó unas semanas
más tarde que él mismo había grabado esa frase en el cemento antes de que
ninguno de nosotros llegara a Guantánamo, mientras estaban entrenando y esperando
nuestra llegada.
Cada dos o tres días llegaba un avión cargado de detenidos. Siempre les obligaban a arrodillarse e
inclinarse hacia delante sobre la grava, mientras les gritaban y les golpeaban
en la nuca. Tenían que mantenerse en equilibrio en esa posición mientras se
sacaba de la fila a un detenido cada vez, se le escoltaba hasta un bloque y se
le metía en una jaula. Los que eran trasladados primero tenían la suerte de no
tener que soportar esa posición de estrés durante horas. Fue por esa época cuando
los helicópteros sobrevolaban el lugar y grupos muy numerosos de civiles
recorrían el campo para vernos en nuestras jaulas —especímenes en un zoológico
internacional improvisado—.
Las dos primeras semanas en Camp X-Ray fueron un torbellino de penurias: sin dormir, sin hablar, sin
movernos, sin mirar, sin información. A través de una neblina de incredulidad y
miedo, dolor y confusión, nos preguntábamos qué iba a pasar. Para pasar el
tiempo y aliviar la presión sobre mi espalda dolorida, opté por tumbarme en
lugar de sentarme. Durante el día miraba ligeramente a mi derecha, enfocando la
vista justo más allá del techo de madera, y me perdía en el cielo que se
extendía más allá. Era un escape, tan tranquilo, tan azul y lleno de luz solar.
Contemplaba alguna que otra nube y divisaba grandes aves negras volando en
círculos muy por encima, llamadas halcones buitre. Sin embargo, no tardaba
mucho en aparecer un rostro hostil que me bloqueaba la vista, gritando: "¿Qué
estás mirando? Mira hacia el techo". Lo único que podía hacer era suspirar y
apartar la mirada del infinito cielo azul hacia un trozo de madera.
¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.
E-mail:
espagnol@worldcantwait.net
|