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21 de agosto de 2015

El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.




Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

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Andy Worthington analiza el desalentador acuerdo judicial de Omar Khadr en Antiwar Radio

27 de octubre de 2010
Andy Worthington


El lunes, después de que el exprisionero menor de edad Omar Khadr aceptara un acuerdo con la fiscalía en Guantánamo, asintiendo con la cabeza a una extensa lista de delitos (PDF), entre los que se incluyen la pertenencia a Al Qaeda y el asesinato "ilegal" de un soldado de las Fuerzas Especiales estadounidenses, respondí a una solicitud urgente de entrevista y hablé con mi viejo amigo Scott Horton, de Antiwar Radio. La entrevista de diez minutos está aquí (y aquí en formato MP3), y en ella expuse las numerosas razones por las que el resultado es especialmente preocupante desde el punto de vista de cualquiera que se preocupe por la justicia, el debido proceso y la necesidad de derribar la brutal visión del mundo establecida por la administración Bush, cuyos altos cargos creían que era aceptable torturar a niños y someterlos a juicios por crímenes de guerra con cargos inventados por el Congreso.

La primera es que estas políticas odiosas han sido mantenidas, como ahora se ha demostrado, por el presidente Obama, bajo cuyo mandato se llevó a cabo este lamentable acuerdo de conformidad. Como resultado, un presidente demócrata —que criticó los crímenes de la administración Bush cuando estaba en la oposición— ha presidido la primera condena de un antiguo niño soldado en un país supuestamente civilizado desde la Segunda Guerra Mundial, cuando, en realidad, según el Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la participación de niños en los conflictos armados, ratificado por EE.UU. en diciembre de 2002, debería haber sido rehabilitado en lugar de castigado.

La segunda razón es que, tal y como expliqué en dos artículos tras el acuerdo de conformidad, y tal y como han explicado abogados con conocimientos reales de la ley, los "crímenes de guerra" que Khadr confesó no son en absoluto crímenes de guerra, sino que fueron inventados por el Congreso en 2006 y se mantuvieron cuando Obama reactivó las comisiones el año pasado. Me preocupa especialmente el consentimiento de Khadr a las afirmaciones de que era un "enemigo beligerante extranjero sin privilegios" —que no tenía "ningún fundamento legal para cometer actos bélicos" y que, en esencia, no podía defenderse de las fuerzas estadounidenses, porque si lo hiciera sería un terrorista— y la afirmación de la defensa de que era "culpable de violar el derecho de la guerra", si realmente lanzó la granada que mató al sargento Christopher Speer, ya que matar a un soldado estadounidense en tiempo de guerra solo es un crimen de guerra en el sombrío y terriblemente parcial mundo de fantasía de las comisiones militares.

Es, para decirlo sin rodeos, repugnante que, más de nueve años después del inicio de la "guerra contra el terrorismo", la administración Obama defienda el derecho de Estados Unidos a considerar que ciertas personas carecen por completo de derechos —ya sea como "detenidos" entonces como combatientes en una zona de guerra—, ya que este es exactamente el tipo de argumento retorcido que utilizó la administración Bush para retener a hombres y niños sin derechos y fingir que los Convenios de Ginebra no se les aplicaban en absoluto, cuando, de hecho, a cualquier persona capturada en tiempo de guerra se le deben conceder las protecciones mínimas básicas del artículo 3 común. Fingir que ciertos tipos de combatientes carecen de derechos —y son "combatientes enemigos" o, en palabras de Obama, "beligerantes enemigos extranjeros sin privilegios"— es precisamente la mentalidad que condujo a la vil conclusión de que los prisioneros capturados en la "guerra contra el terrorismo" podían ser torturados y maltratados, y eran, en esencia, algo menos que humanos.

El tercer problema se refiere a la veracidad —o a la falta de ella— de la lista de delitos que Khadr aceptó como parte fundamental de su acuerdo con la fiscalía, y que pueden ser ciertos o no. La derecha está eufórica, gritando a los cuatro vientos "¡Al Qaeda!" y "terrorista", mientras que la verdad es, por supuesto, casi imposible de discernir. Ante la perspectiva de perder un juicio, Khadr llegó obviamente a la conclusión de que el acuerdo de culpabilidad era la única forma de evitar una posible cadena perpetua, en un sistema bárbaro al que no le importaba si era responsable de las acciones que pudiera o no haber cometido a los 15 años, bajo la influencia maligna de su padre. Como resultado, aceptó todos los cargos que se le imputaban, pero nadie, en mi opinión, puede afirmar con absoluta certeza que sabe qué es verdad y qué no.

En cambio, de lo único que podemos estar seguros es de que el acuerdo de culpabilidad de Khadr le proporciona una especie de vía de escape y ofrece al Gobierno de EE.UU. la posibilidad de alegar algún tipo de justificación retorcida para sus acciones de los últimos ocho años, ocultando el hecho de que implicaron la detención arbitraria de un menor en una prisión experimental creada para llevar a cabo interrogatorios coercitivos a hombres y niños sin ningún tipo de derechos.


 

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