LO QUE VI CUANDO DEJÉ DE FINGIR
Por Mercedez
De Common Dreams
29 de julio de 2026
Te invito a que te sientes conmigo en este sentimiento de desolación y a que te alejes de la ilusión estadounidense de la
guerra y de la «paz a través de la fuerza»: la normalización de la coacción y
el dominio.
Algunos de los momentos más tranquilos de mi vida los pasé de pie en la cubierta de un portaaviones de la
Armada de los Estados Unidos justo antes del amanecer. Es como contemplar todo
el océano, adentrándose en unas aguas azules infinitas. Un portaaviones es
enorme —como una ciudad flotante en el mar— y, sin embargo, aún puedes sentir
el suave balanceo de las olas del océano a través de las plantas de los pies.
Cuando respiras profundamente en ese momento —con el aire salado llenándote los
pulmones—, te das cuenta de lo increíblemente pequeño que eres en el gran
esquema de las cosas. Darte cuenta de ello provoca una especie de ligereza y un
cosquilleo en el pecho, una abrumadora sensación de gratitud por todo aquello
que no puedes comprender.
Entonces comienza el día. El despegue del primer caza F/A-18 abre un agujero sónico en la silenciosa
mañana. Los aviadores navales corren por la cubierta, agachándose y agarrándose
los auriculares para protegerse del estruendo. Todo el barco tiembla mientras
despega un avión tras otro, con estelas blancas y grises que marcan su
trayectoria a través del sereno cielo azul. El combustible y el aceite cubren
las manos y los rostros de los mecánicos que trabajan durante todo el día y
hasta bien entrada la noche para asegurarse de que los aviones sigan despegando
y aterrizando, despegue tras despegue. No hay suficiente brisa marina para
evitar el sudor que mancha nuestros monos de trabajo. La mezcla de olores —sal,
aceite, sudor— se te pega al pelo del interior de las fosas nasales. Al día
siguiente es lo mismo, y al siguiente también. La preparación para la guerra
—para el terror— es una tarea interminable y completamente mundana. Comemos
nuestras gachas de avena, nos ponemos los monos, cargamos los aviones, lanzamos
las bombas y volvemos a hacerlo todo de nuevo.
Actualmente trabajo para la organización pacifista CODEPINK, pero mucho antes de eso fui miembro alistado
de la Marina de los Estados Unidos. Mi último puesto en la Marina fue fácil en
comparación con otros. Era especialista en operaciones de un escuadrón de
pilotos de caza. Trabajaba con los oficiales de carrera, pilotos a los que yo llamaba
cariñosamente «los chicos de la fraternidad de la Marina». Eran hombres
jóvenes, entusiastas, en su mayoría blancos, que estaban encantados con su
trabajo. Es decir, podían pilotar aviones ultrarrápidos y practicar el
lanzamiento de bombas todo el día. ¿No es ese el sueño de cualquier chico
estadounidense? Me sentaba en su sala de descanso todos los días, asegurándome
que todo quedara documentado y contabilizado para que pudieran despegar y
aterrizar sus aviones con suficiente combustible, con los paracaídas adecuados
y en los momentos correctos.
Me alisté en el ejército por las mismas razones que muchos jóvenes. Mis padres no podían permitirse
enviarme a la universidad. Estaba desesperado por salir de casa, atrapado en un
lugar donde las únicas oportunidades inmediatas eran los casinos y el sector
hostelero, y agobiado por una mente y un corazón ansiosos por demostrar algo.
Entonces apareció Polly… o, en mi caso, un reclutador de la Armada. ¿Viajes?
¿Universidad gratis? ¿Alojamiento básico gratis? ¿Una misión más grande que yo
mismo? Lo pensé durante medio segundo antes de alistarme.
Cuando les conté a los pilotos lo de mis estudios y mi creciente amor por el mar, se rieron y me dijeron: «Bueno, no te
fijes en cuánto combustible vertemos en el océano».
La guerra estadounidense se libra en lo cotidiano. Lo repetiré una y otra vez. La mayoría de nosotros no
somos más que simples operarios en una fábrica de guerra, tan desconectados
estamos en esta era bélica del siglo XXI. A la mayoría de nosotros se nos mantiene
alejados de las sangrientas realidades de nuestro trabajo. Al fin y al cabo, mi
trabajo consistía en tramitar papeleo. Veía más la fotocopiadora que las armas.
No tengo historias heroicas de lucha contra el ISIS. Nunca me lancé sobre una
granada para salvar a mis compañeros. Y, sin embargo, mi espíritu y mi
conciencia no me permitieron seguir mucho tiempo en esta feliz ignorancia, en
este engaño de fabricación estadounidense.
Mi salvación —y el comienzo de mi despertar— fue el hecho de que era un solitario. Tenía un trabajo único;
nadie más hacía lo que yo hacía. Me mantenía alejado de mis compañeros y no me
importaba formar parte de ningún grupo. Los fines de semana, cuando muchos
aviadores de la Armada salían de fiesta, a beber y a forjar juntos todo ese
trauma colectivo y esa camaradería, yo conducía cuatro horas desde la costa de
Virginia hasta el interior boscoso del estado. Siempre buscaba una buena ruta
de senderismo, una montaña que escalar, una cascada en la que bañarme. En mi
soledad, sentía una conexión ancestral con la tierra y las estrellas. Podía
sentir el amor en el suave resplandor del sol que, de alguna manera, aún me
llegaba a través de los densos árboles del bosque. Nadar al pie de una cascada
me parecía una suave purificación: un regreso al seno de la propia Tierra. Me
invadía una sensación innata de seguridad mientras yacía bajo el cielo
nocturno, esperando a que los asteroides surcaran las estrellas y llovieran sobre mí.
Me enamoré profundamente. Empecé a ir a la universidad mientras seguía en servicio activo. Decidí
estudiar Ciencias Ambientales. Cuando les conté a los pilotos lo de mis
estudios y mi creciente amor por el mar, se rieron y me dijeron: «Bueno, no
prestes atención a la cantidad de combustible que vertemos en el océano».
Esa frase se me quedó grabada. Me acompañó hasta la cubierta de aquel portaaviones y permaneció en mi
mente durante aquellas mañanas tranquilas en las que contemplaba el mar. ¿Qué
tipo de mundo estaba construyendo en realidad? ¿A qué tipo de destrucción
podría estar contribuyendo?
Dicen que, si tienes suerte, puedes ver delfines
nadando y saltando entre las olas cerca de los barcos. Nunca tuve la suerte de
presenciar algo así. Pero empecé a pensar en ese combustible que les obstruye
los espiráculos y les envenena los pulmones. Empecé a pensar en los lugares
donde lanzábamos botas, balas y bombas. Pensé en las personas a las que
consideraba enemigos y de las que, sin embargo, no sabía nada. ¿Acaso no
merecen ellos también disfrutar de la paz refrescante de una cascada? ¿Conocen
sus pulmones el aire fresco y limpio de un paseo por la montaña, lejos de las
balas y de los gases de escape de los motores de los aviones? Entonces algo se
rompió dentro de mí, algo irreparable. Y ya no pude seguir fingiendo que
pertenecía a ese mundo.
No creo que sea la única persona que se siente así. Y a quienes se sientan así, os invito a sentaros
conmigo en este sentimiento de desgarro, y a salir de la ilusión estadounidense
de la guerra y de la «paz a través de la fuerza»: la normalización de la
coacción y el dominio. Esta es una invitación a ver lo que veis, a dejar que
inunde vuestra conciencia y os impulse a cambiar de rumbo. Sí, da miedo
enfrentarse a la verdad, pero ignorarla garantiza nuestra muerte colectiva,
tanto en el plano espiritual como en el mundo material.
No había visto nada que explicara y relacionara de forma tan concisa la destrucción activa de personas
por parte del ejército estadounidense con la destrucción del medio ambiente
hasta que vi el documental de Abby Martin de 2025, Earth’s Greatest Enemy.
Ofrece pruebas exhaustivas e innegables de que las campañas militares y las
ocupaciones en curso de nuestro país están destruyendo comunidades y ecosistemas
enteros. Para mí, esta película encierra tanto un sentimiento de dolor como de
esperanza: dolor por el horror que el militarismo estadounidense nos ha
infligido a nosotros y al planeta, y esperanza, encarnada en las personas que
siguen defendiendo sus tierras, sus cursos de agua y sus comunidades frente a
esa fuerza aparentemente insuperable que es el ejército estadounidense.
*Earth’s Greatest Enemy* ya está
disponible en las principales plataformas de streaming. Os invito haber la
película, a animar a vuestros amigos a verla y, después, a contarme lo que
habéis visto y lo que habéis sentido.
En cada persona hay un espíritu de soldado o de guerrero, que lleva mucho tiempo esperando una causa
por la que valga la pena luchar. Esta Tierra es un lugar que merece la pena
proteger, y en su gente reside una humanidad común por la que vale la pena
arriesgar la vida.
¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.
E-mail:
espagnol@worldcantwait.net
|