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21 de agosto de 2015

El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.




Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

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LO QUE VI CUANDO DEJÉ DE FINGIR

Por Mercedez
De Common Dreams
29 de julio de 2026


Te invito a que te sientes conmigo en este sentimiento de desolación y a que te alejes de la ilusión estadounidense de la guerra y de la «paz a través de la fuerza»: la normalización de la coacción y el dominio.

Algunos de los momentos más tranquilos de mi vida los pasé de pie en la cubierta de un portaaviones de la Armada de los Estados Unidos justo antes del amanecer. Es como contemplar todo el océano, adentrándose en unas aguas azules infinitas. Un portaaviones es enorme —como una ciudad flotante en el mar— y, sin embargo, aún puedes sentir el suave balanceo de las olas del océano a través de las plantas de los pies. Cuando respiras profundamente en ese momento —con el aire salado llenándote los pulmones—, te das cuenta de lo increíblemente pequeño que eres en el gran esquema de las cosas. Darte cuenta de ello provoca una especie de ligereza y un cosquilleo en el pecho, una abrumadora sensación de gratitud por todo aquello que no puedes comprender.

Entonces comienza el día. El despegue del primer caza F/A-18 abre un agujero sónico en la silenciosa mañana. Los aviadores navales corren por la cubierta, agachándose y agarrándose los auriculares para protegerse del estruendo. Todo el barco tiembla mientras despega un avión tras otro, con estelas blancas y grises que marcan su trayectoria a través del sereno cielo azul. El combustible y el aceite cubren las manos y los rostros de los mecánicos que trabajan durante todo el día y hasta bien entrada la noche para asegurarse de que los aviones sigan despegando y aterrizando, despegue tras despegue. No hay suficiente brisa marina para evitar el sudor que mancha nuestros monos de trabajo. La mezcla de olores —sal, aceite, sudor— se te pega al pelo del interior de las fosas nasales. Al día siguiente es lo mismo, y al siguiente también. La preparación para la guerra —para el terror— es una tarea interminable y completamente mundana. Comemos nuestras gachas de avena, nos ponemos los monos, cargamos los aviones, lanzamos las bombas y volvemos a hacerlo todo de nuevo.

Actualmente trabajo para la organización pacifista CODEPINK, pero mucho antes de eso fui miembro alistado de la Marina de los Estados Unidos. Mi último puesto en la Marina fue fácil en comparación con otros. Era especialista en operaciones de un escuadrón de pilotos de caza. Trabajaba con los oficiales de carrera, pilotos a los que yo llamaba cariñosamente «los chicos de la fraternidad de la Marina». Eran hombres jóvenes, entusiastas, en su mayoría blancos, que estaban encantados con su trabajo. Es decir, podían pilotar aviones ultrarrápidos y practicar el lanzamiento de bombas todo el día. ¿No es ese el sueño de cualquier chico estadounidense? Me sentaba en su sala de descanso todos los días, asegurándome que todo quedara documentado y contabilizado para que pudieran despegar y aterrizar sus aviones con suficiente combustible, con los paracaídas adecuados y en los momentos correctos.

Me alisté en el ejército por las mismas razones que muchos jóvenes. Mis padres no podían permitirse enviarme a la universidad. Estaba desesperado por salir de casa, atrapado en un lugar donde las únicas oportunidades inmediatas eran los casinos y el sector hostelero, y agobiado por una mente y un corazón ansiosos por demostrar algo. Entonces apareció Polly… o, en mi caso, un reclutador de la Armada. ¿Viajes? ¿Universidad gratis? ¿Alojamiento básico gratis? ¿Una misión más grande que yo mismo? Lo pensé durante medio segundo antes de alistarme.

Cuando les conté a los pilotos lo de mis estudios y mi creciente amor por el mar, se rieron y me dijeron: «Bueno, no te fijes en cuánto combustible vertemos en el océano».

La guerra estadounidense se libra en lo cotidiano. Lo repetiré una y otra vez. La mayoría de nosotros no somos más que simples operarios en una fábrica de guerra, tan desconectados estamos en esta era bélica del siglo XXI. A la mayoría de nosotros se nos mantiene alejados de las sangrientas realidades de nuestro trabajo. Al fin y al cabo, mi trabajo consistía en tramitar papeleo. Veía más la fotocopiadora que las armas. No tengo historias heroicas de lucha contra el ISIS. Nunca me lancé sobre una granada para salvar a mis compañeros. Y, sin embargo, mi espíritu y mi conciencia no me permitieron seguir mucho tiempo en esta feliz ignorancia, en este engaño de fabricación estadounidense.

Mi salvación —y el comienzo de mi despertar— fue el hecho de que era un solitario. Tenía un trabajo único; nadie más hacía lo que yo hacía. Me mantenía alejado de mis compañeros y no me importaba formar parte de ningún grupo. Los fines de semana, cuando muchos aviadores de la Armada salían de fiesta, a beber y a forjar juntos todo ese trauma colectivo y esa camaradería, yo conducía cuatro horas desde la costa de Virginia hasta el interior boscoso del estado. Siempre buscaba una buena ruta de senderismo, una montaña que escalar, una cascada en la que bañarme. En mi soledad, sentía una conexión ancestral con la tierra y las estrellas. Podía sentir el amor en el suave resplandor del sol que, de alguna manera, aún me llegaba a través de los densos árboles del bosque. Nadar al pie de una cascada me parecía una suave purificación: un regreso al seno de la propia Tierra. Me invadía una sensación innata de seguridad mientras yacía bajo el cielo nocturno, esperando a que los asteroides surcaran las estrellas y llovieran sobre mí.

Me enamoré profundamente. Empecé a ir a la universidad mientras seguía en servicio activo. Decidí estudiar Ciencias Ambientales. Cuando les conté a los pilotos lo de mis estudios y mi creciente amor por el mar, se rieron y me dijeron: «Bueno, no prestes atención a la cantidad de combustible que vertemos en el océano».

Esa frase se me quedó grabada. Me acompañó hasta la cubierta de aquel portaaviones y permaneció en mi mente durante aquellas mañanas tranquilas en las que contemplaba el mar. ¿Qué tipo de mundo estaba construyendo en realidad? ¿A qué tipo de destrucción podría estar contribuyendo?

Dicen que, si tienes suerte, puedes ver delfines nadando y saltando entre las olas cerca de los barcos. Nunca tuve la suerte de presenciar algo así. Pero empecé a pensar en ese combustible que les obstruye los espiráculos y les envenena los pulmones. Empecé a pensar en los lugares donde lanzábamos botas, balas y bombas. Pensé en las personas a las que consideraba enemigos y de las que, sin embargo, no sabía nada. ¿Acaso no merecen ellos también disfrutar de la paz refrescante de una cascada? ¿Conocen sus pulmones el aire fresco y limpio de un paseo por la montaña, lejos de las balas y de los gases de escape de los motores de los aviones? Entonces algo se rompió dentro de mí, algo irreparable. Y ya no pude seguir fingiendo que pertenecía a ese mundo.

No creo que sea la única persona que se siente así. Y a quienes se sientan así, os invito a sentaros conmigo en este sentimiento de desgarro, y a salir de la ilusión estadounidense de la guerra y de la «paz a través de la fuerza»: la normalización de la coacción y el dominio. Esta es una invitación a ver lo que veis, a dejar que inunde vuestra conciencia y os impulse a cambiar de rumbo. Sí, da miedo enfrentarse a la verdad, pero ignorarla garantiza nuestra muerte colectiva, tanto en el plano espiritual como en el mundo material.

No había visto nada que explicara y relacionara de forma tan concisa la destrucción activa de personas por parte del ejército estadounidense con la destrucción del medio ambiente hasta que vi el documental de Abby Martin de 2025, Earth’s Greatest Enemy. Ofrece pruebas exhaustivas e innegables de que las campañas militares y las ocupaciones en curso de nuestro país están destruyendo comunidades y ecosistemas enteros. Para mí, esta película encierra tanto un sentimiento de dolor como de esperanza: dolor por el horror que el militarismo estadounidense nos ha infligido a nosotros y al planeta, y esperanza, encarnada en las personas que siguen defendiendo sus tierras, sus cursos de agua y sus comunidades frente a esa fuerza aparentemente insuperable que es el ejército estadounidense. *Earth’s Greatest Enemy* ya está disponible en las principales plataformas de streaming. Os invito haber la película, a animar a vuestros amigos a verla y, después, a contarme lo que habéis visto y lo que habéis sentido.

En cada persona hay un espíritu de soldado o de guerrero, que lleva mucho tiempo esperando una causa por la que valga la pena luchar. Esta Tierra es un lugar que merece la pena proteger, y en su gente reside una humanidad común por la que vale la pena arriesgar la vida.


 

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