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El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.



Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

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Del Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar:

Brasil tras las elecciones: Un momento crucial

7 de noviembre de 2018 | Periódico Revolución | revcom.us

Nota de la redacción de revcom.us: Alentamos a los lectores, en particular a las personas en Brasil, a entrarle a Bob Avakian y a la nueva síntesis del comunismo que él ha desarrollado, aquí en revcom.us. — y también a explorar El COMUNISMO: EL COMIENZO DE UNA NUEVA ETAPA, Un manifiesto del Partido Comunista Revolucionario, Estados Unidos, el que está disponible en varios idiomas, incluido el portugués.

2 de octubre de 2018. Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar. Con la elección de Jair Bolsonaro, quien prefiere que lo llamen Hitler antes que gay, el sistema electoral de Brasil ha llevado el fascismo al poder. Sería difícil exagerar el impacto que esto va a tener en el país, el continente y el mundo.


Muchos millones de personas no pueden aceptar lo que representa Bolsonaro. En esta imagen, las y los estudiantes de la Universidad Federal en Río de Janeiro protestan contra la orden de la corte a que las universidades quiten las mantas con “propaganda negativas” contra Bolsonaro, 26 de octubre. Foto:AP

En su discurso de triunfo, Bolsonaro intentó parecer conciliador, o por lo menos más cuidadoso y “presidencial” y no un mero incendiario cuyo único marco es pisar fuerte. Él mismo se describió como “presidente de todos los brasileros”, no solo de los que votaron por él, e hizo la “promesa, como hombre ante Dios”, de respetar la “democracia”. Estas palabras buscaban socavar el sentimiento de “Él no es mi presidente” que ya borbotea en las redes sociales y en las calles, y evitar que se convierta en un movimiento de masas que le impida posesionarse el 1º de enero. Este es un momento crucial, porque la experiencia del auge de otros regímenes fascistas muestra que será mucho más difícil parar a Bolsonaro una vez que normalice y empiece a consolidar un nuevo régimen.

Ese mismo día Bolsonaro había prometido, “barrer del mapa a los delincuentes rojos de Brasil. Será una limpieza nunca antes vista en la historia del país”. Brasil ya ha vivido “limpiezas”. Bolsonaro es un ex oficial paracaidista y actual capitán de reserva del ejército cuya carrera política se ha basado en su afinidad con la junta militar respaldada por Estados Unidos que gobernó Brasil en 1964-1985. Pero busca hacer más que simplemente repetir los terribles años en los que una generación fue forzada al exilio y silenciada. Ha criticado a los generales de esa época por “torturar en vez de matar”, por ejecutar a cientos en vez de decenas de miles. Entre los que debieron ser asesinados Bolsonaro incluyó con nombre propio a tres presidentes.

Con “rojos” Bolsonaro se refiere a los miembros del Partido de los Trabajadores (PT) por el que votaron casi 47 millones de personas (45% de los votantes), movimientos sociales de reforma como el Movimiento de los Sin Tierra (MST) odiado por los grandes terratenientes y ganaderos del país, ahora etiquetados como “terroristas”, y a los “marxistas culturales”, reconocidos por sus “ideologías perversas”, refiriéndose a los defensores de los derechos de la gente gay y transgénera, a las mujeres que quieren liberarse de los grilletes de los “valores de la familia” y todo aquel que no se conforme con el estilo de vida del fundamentalismo católico y evangélico, y también a los activistas ambientalistas y a los que, sin importar el color de la tez, se enorgullecen de la herencia africana de Brasil y exigen respetarla. Muchos de los seguidores de Bolsonaro esperan que su primerísimo paso sea lo que ellos corean al salir de los estadios de fútbol: muerte a todos los homosexuales. Algunos hombres no están esperando a que él se posesione para atacar violentamente a la gente en las calles.


A nombre de combatir el crimen, Bolsonaro promete un nivel totalmente nuevo de brutal represión armada, en una situación en la que tropas en carros blindados ya ocupan las favelas (barrios marginales) y hordas de policías matan a sangre fría a niños hambrientos, para alejarlos de los flamantes centros comerciales. Ha exigido nuevas leyes que den “respaldo judicial” a todo el que mate con su arma de servicio. Su promesa de abolir las restricciones al derecho a poseer y portar armas, no es una respuesta a una necesidad del “ciudadano honrado” del común, como él alega, sino una medida que les permitirá a los matones de los terratenientes blandir y usar las armas que quieran para aterrorizar a los campesinos, y asimismo encubrir oficialmente a milicias privadas que aterrorizan a los habitantes de las favelas.

En pocas palabras, Bolsonaro está utilizando el hecho de que fue elegido para legitimar el azuzamiento de una ola de represión sin precedentes contra amplios sectores del pueblo. Puede que sea mucho más rápido que Trump en desatar una violencia abierta contra muchos millones de personas para instaurar una larga y tinieblesca noche social e ideológica.

Bolsonaro busca cambiar drásticamente el sistema estatal con el que los grandes capitalistas y terratenientes de Brasil han gobernado el país en las últimas tres décadas, la democracia burguesa. Esta es una forma de dominio de clase en la que parece que el estado fuera neutral, la gente participara por medio de los procesos electorales e instituciones parlamentarias, y la protegieran un poder judicial supuestamente independiente y otros organismos de gobierno, y la constitución con sus supuestos derechos garantizados.

Quizá esto signifique o quizá no signifique que Bolsonaro abandone toda pretensión de democracia burguesa. En los años en que Brasil era gobernado por generales (Bolsonaro tiene retratos de ellos en las paredes de su oficina), el congreso continuó funcionado dentro de sus límites, con un partido de oposición, legal, dócil, y hubo algunas elecciones. Lo que Bolsonaro hace depende, en parte, de las necesidades creadas por el impredecible desenvolvimiento de los acontecimientos. Incluso ha planteado la idea de abolir la actual constitución, y que redacten una nueva unas personas nombradas por él.

Lo que es seguro es que Bolsonaro va a buscar decididamente implementar un programa fascista en el país e intimidar brutalmente a la oposición. En cuanto a la Corte Suprema, con la que algunos miembros del PT y otras personas están contando para hacer cumplir la constitución actual y salvarse, uno de los hijos de Bolsonaro fanfarroneó que no se necesita más que un “cabo y un soldado” en sus puertas para cerrarla.

Hagan frente a la verdadera historia de Estados Unidos en ésta y otras entregas de la serie Crimen Yanqui.

Crimen Yanqui Caso #86: 1964, el golpe de estado en Brasil y el ascenso de la brutal dictadura militar

En 1964, un sector de los militares brasileños llevó a cabo un golpe de estado que tumbó al presidente João Goulart. El golpe resultó en dos décadas de asesina y brutal dictadura militar y atrocidades con la desaparición y muerte de casi 1.000 opositores políticos y la tortura sistemática de 30.000 más.. Lea más

No cabe duda alguna de que el ejército jugará un papel central en el nuevo escenario. Además de él mismo y del general recién retirado que es su vicepresidente, Bolsonaro nombró más generales que ocuparán cargos clave en el gabinete de ministros, incluyendo no solo el ministro de Defensa sino incluso el ministro de Educación. La tarea de este último probablemente será de “limpiar” las escuelas y las universidades, sacando profesores y libros de texto que no tengan la aprobación de Bolsonaro. Tendrá especial importancia aplastar la oposición a la homofobia y el cuestionamiento de roles de género patriarcales, lo que él llama “enseñar a los niños a ser gay”. Aun antes de las elecciones, la policía allanó decenas de universidades con el pretexto de que las pancartas de “No al fascismo”, constituían política partidaria ilegal en las instituciones públicas. Se alentó a los estudiantes a llamar a la policía si los profesores discutían temas políticos aparentemente neutrales como las “noticias falsas”.

De hecho, el ejército jugó un papel flagrante en la victoria de Bolsonaro. Muchos observadores informados creen que Bolsonaro habría perdido si hubiese competido con “Lula” da Silva del PT (presidente en 2003-2011, que seguía siendo muy popular cuando dejó la presidencia). A comienzos de 2018 cuando la Corte Suprema estaba considerando si enviar o no a Lula a la cárcel, aunque su condena por aceptar utilizar un restaurado condominio frente a la playa aún estaba en apelación, lo que le impediría postularse de nuevo a la presidencia, altos mandos amenazaron con que el ejército intervendría si la Corte no lo detenía.

Lo nuevo aquí en la historia de Brasil, y un aterrador acontecimiento para el mundo, es la fusión entre los militares y un movimiento fundamentalista religioso fascista que ha alcanzado dimensiones enormes.

La caída del PT y el ascenso de Bolsonaro

Este movimiento surgió casi de la noche a la mañana por muchos factores, entre estos el generalizado rechazo al PT por su corrupción. Esta percepción fue en buena parte creada por políticos rivales de derecha más tarde condenados por obscenas maquinaciones para enriquecerse. Pero la desilusión con el PT se dio también por el hecho de que prometió, e inicialmente parecía haber logrado, un cambio real para la mayoría pobre y haber ampliado de manera importante el tamaño de la clase media mientras Lula fue presidente, pero terminó pareciéndose mucho a los partidos tradicionales. Esto se vio no solo como un fracaso sino como una traición.

La sucesora de Lula, Dilma Rousseff (presidenta entre 2011 y 2016, año en que sus rivales la destituyeron en juicio político), vio a su gobierno enfrentado por una desastrosa situación económica y una crisis fiscal causada en gran parte por el fin del boom internacional en los precios del petróleo y los productos básicos agrícolas que le habían permitido a Lula implementar algunos programas de bienestar social. Rousseff tomó medidas (como el alza en el precio del transporte público) dolorosas para la mayoría de la población, especialmente los más pobres, y recurrió más abiertamente a la represión. Esto no se debió a un cambio en la esencia del PT, sino a que el mercado y capital internacional dominados por los imperialistas destrozaron la mentira fundacional del partido, de que el Estado burgués está por encima del funcionamiento de la economía capitalista y se puede utilizar para servir a los intereses de las masas de personas. Esta visión implica que el ejército, sin el que en lo fundamental ningún Estado tiene autoridad, no es más que el protector primario de los intereses de las clases dominantes y del sistema económico y social que estas representan.

El éxito electoral del PT fue un factor central en el efectivo restablecimiento de la democracia burguesa tras años de dictadura militar, ayudando a asegurar la continuidad del dominio de los capitalistas financieros y terratenientes bajo ambas formas de Estado. Al hacerlo, el PT también protegió al ejército, que había organizado la transición a la democracia burguesa. Consciente del peligro de enfrentarse al ejército, el PT prefirió mantenerse alejado de la cuestión de la rendición de cuentas, pese a que muchos de sus fundadores, entre ellos la presidenta Rousseff, fueron encarcelados y torturados bajo la junta. Los 13 años del PT como partido gobernante hicieron que muchos explotados y oprimidos de Brasil, intelectuales y otros que fueron perseguidos por la junta o angustiados por el recuerdo de esta, llegaran a creer que el Estado no es una dictadura de clase.

La corrupción que se utilizó para hacer caer a Rousseff, y satanizar al PT no solo fue producto del cinismo interesado alimentado por la falsedad de sus promesas. Es la manera en que funcionan los partidos electorales en la democracia burguesa: hacen tratos en el congreso, forjan conexiones con hombres poderosos, amarran votos de la forma que puedan y recaudan los fondos sin los que no se pueden ganar las elecciones, siempre que atan las aspiraciones de sus partidarios al marco burgués existente. La podredumbre vino de la esencia del PT, de la convicción de que se justifica todo lo que hagan para llegar a la presidencia en este sistema, porque de otro modo gente peor gobernaría

Desde entonces, sistemáticamente el PT ha hecho todo lo necesario para demostrar su lealtad al sistema político y económico prevaleciente en Brasil. En cada coyuntura evitó enfrentamientos con las fuerzas de derecha que querían destruirlo, en vez de denunciar su carácter cada vez más fascista y movilizar a millones de personas para detenerlas. Ignoró a las decenas de miles de partidarios del PT que de hecho rodearon a Lula la víspera de su encarcelamiento, rogándole a que no se entregara a las autoridades y a cambio los dirigiera en una batalla política total en las calles. El partido propuso y luego abandonó la consigna “Las elecciones sin Lula son un fraude”, porque cumplir con esa consigna habría conducido a dejar la arena electoral. El PT reemplazó al Lula preso con el sedicente político centrista apacible, Fernando Haddad. Abandonó la bandera roja que siempre había sido falsa propaganda, y la reemplazó por la misma bandera oficial brasileña izada por Bolsonaro con la inscripción “Orden y progreso”. Esta es una bandera que representa la continuidad del Estado y de sus fuerzas armadas desde que Brasil abandonó la monarquía y la esclavitud abierta a finales del siglo 19.

En este momento hay una necesidad apremiante de movilizar a grandes y crecientes cantidades de personas que creen profundamente que lo que Bolsonaro representa esté mal independientemente de los votos que obtuvo, y que asuman tremendos riesgos para impedir que implemente un programa que ven como totalmente ilegítimo. Pero en vez de construir un movimiento así, que rompa con los canales tradicionales del disentimiento, casi todo el espectro político en Brasil que, como el PT, continúa oponiéndose a Bolsonaro ahora sostiene que negarse a aceptar estas elecciones como legítimas, significaría rechazar la “democracia”, y que esta “democracia” —el proceso electoral, las instituciones y la constitución de Brasil— es la mejor esperanza para impedir que él haga lo que promete hacer. Esto es tan realista como aceptar ser ahorcado con la esperanza de que se rompa el dogal. El juez que envió a Lula a prisión y le permitió a Bolsonaro ser presidente acaba de ser nombrado ministro de Justicia.

Lo que representa Bolsonaro

¿Qué significa que Bolsonaro haya adoptado el lema de la brigada de paracaidistas “Brasil por encima de todo, y Dios por encima de todo”? Algunas personas sostienen que él representa, sobre todo, un fenómeno impulsado por la economía, un “liberalismo autoritario” (aquí liberalismo significa “fundamentalismo de libre mercado”, en lugar de la intervención estatal en la economía), donde se utilizará la represión extrema para implementar políticas de libre mercado de modo que los ricos se enriquezcan más. Pero el reto que representa el ascenso de Bolsonaro es mucho más grande que esto.

Lo que estamos presenciando son cambios dramáticos en el sistema de gobierno de Brasil y en el lugar que tiene el país en el sistema imperialista mundial.

Aquí la política y la economía están entrelazadas. Estados Unidos ayudó a llevar a cabo y respaldó fuertemente el golpe de estado militar de 1964 en Brasil, no solo por consideraciones económicas inmediatas, sino por sus intereses estratégicos globales en esa época. Lo mismo aplica hoy. Bolsonaro pretende desmontar las barreras a una mayor penetración estadounidense en la economía brasileña, y fortalecer la mano de Estados Unidos en contra de sus rivales. Él es muy hostil a China y a su poderosa y rápidamente creciente influencia económica en Brasil. Promete trabajar estrechamente con Estados Unidos (e Israel) en todos los frentes. Pese a las negativas oficiales, el ejército brasileño (junto con el de Colombia) podría lanzar la guerra de Bolsonaro contra el “comunismo” en la vecina y mucho más pequeña Venezuela, y ponerla más firmemente bajo control yanqui. Trump, uno de los primeros en llamar y felicitar a Bolsonaro, anunció luego, “¡Brasil y Estados Unidos trabajarán estrechamente en lo comercial, lo militar y todo lo demás!”.

Brasil es el quinto país más poblado del mundo y la octava economía más grande. Bolsonaro sueña con convertirlo en una potencia regional aún más poderosa, en ascenso en el mundo y como socio menor de los esfuerzos de Trump por lograr una supremacía yanqui más abierta, señoreando a rivales como Argentina y países más pequeños, con la perspectiva de un nivel completamente nuevo de inestabilidad en el continente.

Cuando hay hombres coreando “muerte a los homosexuales”, no se trata principalmente de que los ricos busquen distraer a las clases pobres y medias de sus intereses de clase inmediatos. Es producto de una visión fundamentalista religiosa que está profundamente arraigada en la sociedad de clases y se ha convertido en una de las características que definen el mundo de hoy. Estamos presenciando un contraataque global cuyo objetivo es restaurar el reino de la ignorancia brutalmente impuesta y de las relaciones sociales, puntos de vista y valores tradicionales mata-almas que se encuentran ante desafíos debido a los cambios en la estructura económica y social de países en todo el mundo. Hay todo tipo de particularidades muy importantes, pero en lo más fundamental lo que impulsa el proceso es la marcha de los acontecimientos en el sistema imperialista en su conjunto (véase el ensayo de Bob Avakian, “¿Por qué está creciendo el fundamentalismo religioso en el mundo actual?”, de ¡Fuera con todos los dioses!, en revcom.us).

Bolsonaro ve estos cambios y desafíos como una amenaza mortal e intolerable a la configuración social existente, en particular porque los valores cristianos han sido fundamentales para la cohesión de la sociedad brasileña desde el sometimiento de los indígenas y el secuestro de africanos para venderlos como esclavos, hasta hoy. Su inesperado ascenso en tan solo un año, tras décadas de marginalidad política, y su capacidad para atraer partidarios de toda la sociedad, inclusive de los más excluidos, no podía haberse dado sin la proliferación de iglesias evangélicas. A los evangélicos, a su vez, les abrió las puertas la propagación de la concepción del mundo supersticiosa y patriarcal de la Iglesia Católica. Bolsonaro, un católico practicante, también se ha vuelto cristiano renacido en el molde evangélico. Él personalmente encarna los dos movimientos rivales, uno más tradicional y formal y el otro más reciente y espontáneo, los católicos centrados en prohibir el aborto y los evangélicos en erradicar la homosexualidad, que mantienen atadas las mentes de millones de brasileños, pese a que las formas fundamentalistas de cristiandad chocan con nuevas realidades sociales y formas de pensar, como la crisis de la familia tradicional y la extendida prevalencia de diferentes tipos de sexualidad.

¿Y ahora qué?

Muchos millones de personas no pueden aceptar lo que Bolsonaro representa. Sin embargo, en su mayoría buscan dirección en las fuerzas políticas reformistas que se han conciliado con el fascismo una y otra vez desde hace años — y esta es una buena parte del porqué él pudo convertirse en una amenaza literalmente mortífera. Hay tanto una urgente necesidad como una posibilidad de que nuevas fuerzas rompan con la idea de que la forma de parar a este régimen fascista es trabajar dentro de los canales acostumbrados, cuando son precisamente estos canales los que han llevado a Brasil a la situación en que se encuentra hoy. Se necesita un amplio movimiento de masas, cada vez más grande, y firmemente decidido a detenerlo antes de que sea demasiado tarde.

Si bien hay diferencias entre la situación de Brasil bajo Bolsonaro y la de Estados Unidos bajo Trump, la gente en Brasil necesita urgentemente aprender del análisis del arquitecto de la nueva síntesis del comunismo, Bob Avakian (BA), en su videopresentación sobre el ascenso del régimen fascista de Trump en Estados Unidos (en inglés con el texto en español) y la necesidad de sacarlo del poder (en revcom.us) y cómo esto se podría hacer, junto con el método y enfoque científico que BA utiliza para rastrear el origen del auge de la tendencia fascista en Estados Unidos en los dos artículos referenciados al final de este artículo. En un país tras otro, como en Brasil, las fuerzas fascistas están acumulando fuerzas, y BA nos proporciona un estudio de caso de Estados Unidos para lidiar con esto de una manera que en realidad ofrece esperanza para derrotar el auge de estas fuerzas, y para abrir también posibilidades para la revolución, para acabar con el sistema capitalista imperialista que ha infligido horrores a los oprimidos del mundo por generaciones, y que hoy se prepara para cosas peores. Avakian ha continuado su análisis con un video en inglés (también en revcom.us) posteado en octubre, “Por qué nos hace falta una revolución real y cómo concretamente podemos hacer la revolución”, una presentación que ofrece lecciones e inspirará a muchos otros en todo el mundo.

Algunas personas en las clases dominantes brasileñas (a juzgar por los medios de comunicación que poseen) y el ejército, junto con portavoces del imperialismo como The Economist del Reino Unido y otros, están alertando acerca del daño extremo a la estabilidad del sistema político en Brasil, y más ampliamente, si fracasa la apuesta fascista de Bolsonaro, si él no logra consolidar un régimen y, desde su perspectiva, gobernar exitosamente. Esto es más prueba de las profundas grietas en las filas del enemigo, y de que el éxito de este régimen está lejos de estar asegurado, Indica también que librar y ganar esta batalla para sacar a este régimen fascista podría abrir nuevas perspectivas para luchar por la revolución.

Se amontonarán en vano muchos cadáveres si algunas personas no rompen con las cadenas del reformismo y con otros tipos de ideas ilusas que equivalen a esperar a que acudan al rescate algo distinto a la acción consciente y valiente de un sector creciente del pueblo. La idea de que “el pueblo, unido, jamás será vencido” ignora el hecho de que el pueblo está desastrosamente dividido y la cuestión del momento es cómo luchar para unir a todos los que se pueda unir sobre una base que corresponda a los intereses más fundamentales del pueblo brasileño y de la humanidad.

Para luchar de la manera más eficaz contra Bolsonaro, o contra cualquier tendencia fascista, se requiere que se una de la manera más amplia como sea posible sobre esa base, y trabaje continuamente para ampliar esas posibilidades. También se requiere fomentar y dirigir una discusión de emergencia en toda la sociedad acerca del tipo de sociedad y del tipo de mundo en los que la gente quiere vivir, con qué tipo de relaciones entre las personas, basadas en cuál moral y valores, qué tipo de sistema puede permitir que ese tipo de mundo nazca, y cómo alcanzarlo —y construir un movimiento para hacerlo.

 

Referencias:

• “El comunismo revolucionario contra el ‘socialismo democrático’: Dos puntos básicos

• Bob Avakian, “Los fascistas y la destrucción de la ‘República de Weimar’... y qué la va a reemplazar”

• Bob Avakian, “Elecciones, resistencia y revolución: La pirámide del poder y la lucha por cambiar de base el mundo

• Bob Avakian, ¡FUERA CON TODOS LOS DIOSES! Desencadenando la mente y cambiando radicalmente el mundo

 

El 17 de marzo de 2017, el Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar (SNUMQG) anunció su transformación en una herramienta más completa para la revolución basada en la nueva síntesis del comunismo de Bob Avakian. Lea el editorial del SNUMQG aquí: “Editorial: Introducción a un SNUMQG transformado”.


 

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