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21 de agosto de 2015

El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.



Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

¡NO MAS!
¡Ningún ser humano es ilegal!

EL Mundo no Puede Esperar exhorta a cada persona a protestar contra las leyes racistas como Arizona SB1070, a desacatarlas y a DESOBEDECERLAS



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El turno de vigilancia

Mohamedou Ould Slahi
Editado por Larry Siems
evergreen

Traducido del inglés para El Mundo no Puede Esperar 22 de abril de 2021

Nota del editor: los eventos relatados en “El Turno de vigilancia” (Guard Duty) tomaron lugar entre el 2006 y el 2008, cuando la prisión en la bahía de Guantánamo se estaba convirtiendo menos en un “laboratorio de batalla”, como dos de sus primeros comandantes describieron sus operaciones de detención e interrogación y más una caja cerrada para los secretos de aquellas operaciones. Durante los años descritos aquí, el manuscrito de Mohamedou Ould Slahi de lo que se convertiría en el mejor vendido internacionalmente Diario de Guantánamo, estaba siendo clasificado como secreto y el mismo Mohamedou permanecía en aislamiento en la misma choza de Camp Echo que fue el lugar de su peor trato y tortura, aislado de la población general del campo y del mundo exterior; esto es, pero en una inusual proximidad con los equipos asignados de guardias. Todos los personajes de “El Turno de vigilancia” son reales, personas individual. En mantener la larga (y como deja claro la historia, muchas veces inútil) tradición de utilizar solo nombres falsos en frente de prisioneros, la historia se refiere a todos los personajes ya sea por su pseudónimo elegido o asignado.

¿Cómo nos está yendo? No mal, es probable que haya dicho la nueva colega femenina de Earl. Earl, quien encabezó mi interrogación, y por lo tanto mi vida, en 2006 y 2007, era un contratista de civil y suboficial Fuerzas Especiales retirado en sus cuarentas altos. Su nuevo analista era de su edad, blanco, alto y esbelto, muy callado. Cuando nos conocimos por primera vez, ella caminó en un círculo lentamente en mi celda, la pequeña jaula de metal adentro de una cabaña que compartía con mis guardias, absorbiendo las citas y fotos que tenía colgadas de las paredes.

“Eres muy optimista” me dijo cuando llegó al final.

“¿Qué es optimista '?’ Me pregunté.

Me miró y miró al muro y señaló una tarjeta que un ex empleado de la Fuerza Conjunta (JTF por sus siglas en inglés) me había dado y dijo algo más o menos en relación a eso. Había otras notas de ex guardias, fotos de mi familia y algunos dichos que había escuchado y que me habían hecho reír, como “lo que no mata postpone lo inevitable”. Mezclada entre otras notas, más que nada de la biblia o películas, o películas citando la biblia, que yo amaba y que ponía para hacer un punto con la gente que tenía absoluto poder sobre mí. Qué ganancia tiene un hombre si se gana el mundo entero, pero pierde su alma. Aprendí esto de la comedia The Bonfire of the Vanities, no de la biblia y decidí escribirlo en grande y ponerlo en la pared. Y por lo que concierne a la biblia, Juan 18:23, citando a Jesús, la paz sea con él: Si dije algo malo, lo debes probar. Pero si estoy diciendo la verdad, ¿por qué me estás golpeando? El Sr. Nestor, el jefe interrogador en GTMO, más de una vez vio eso y me dijo que le gustaba.

La verdad es que, tres años después de mi peor interrogación, mi salud se estaba deteriorando verdaderamente. Mi colesterol estaba muy alto y tenía depresión. No importa qué tan fuerte intentaba enmascarar mi dolor, el PTSD (Trastorno de estrés postraumático por sus siglas en inglés) me golpeaba más fuerte.

Una noche me caí de la cama y me pegué contra el piso metálico tan fuerte que me lastimé y el golpe alertó a uno de los guardias que llegó corriendo a checarme.

“¿Qué pasó?” me preguntó.

“¡Estaba volando!” le contesté, medio dormido. En aquellos días el sueño y el despertar no estaban tan separados como antes y mis sueños se sentían muy físicos. Me veía volando casi cada noche. En estos sueños el reto más grande era aterrizar porque me sentía muy ligero, planeando alto sobre montañas, volando lejos de la esclavitud hacia la libertad. Una frase que memoricé de una revista alemana estaba metida en mi cabeza: “Flucht in die Freiheit”, que es “escape hacia la libertad”. Era de un artículo de la primera revista que intenté leer cuando llegué a Europa para la Universidad, acerca de los alemanes que escaparon de la comunista Alemania del este hacia la República Federal del oeste. Mis guardias y los interrogadores se burlaron de mi por este incidente muchos años. Cuando algo me pasaba, decían, “¡No te preocupes, estaba volando!”

“Venía cada día a checar si las semillas habían germinado, pero no lo hacían. Podía ver la esperanza desaparecer de su cara poco a poco con cada día que pasaba, pero en todo el tiempo que estuvo conmigo nunca murió por completo”.

He estado tomando clonazepam desde finales del 2003, cuando estaba fracturado al punto en el que empecé a escuchar voces. A la mitad de las sesiones nocturnas, escuchaba a mi familia platicar y música mauritana como la que se escuchaba en la radio cuando nos reuníamos a desayunar y a cenar: poemas de Dimi Nizar Qabbani, canciones andaluzas de Feyrouz, pequeños versos de al-Akhtal y Seddoum cantando los devastadores poemas de amor de al-Buraii. El doctor me recetó medio miligramo de clonazepam, que era más que suficiente para mí: me mandaba a dormir profundamente después de pocos minutos, poniendo fin a mis preocupaciones y ansiedades y me dio un hermoso sueño por semanas. Pero mientras pasó el tiempo, tomaba más tiempo dormirme y necesitaba más y más. El doctor se vio forzado a doblarme la dosis y manejé esa vida por casi dos años. Luego un día se acabó el suministro y el doctor de la marina me cortó en seco, anunciando que tendría que esperar a que llegara el nuevo cargamento.

Era como tener un compañero que compulsivamente te cuida y te ama y de repente, cuando cortas, ese mismo compañero de repente quiere matarte. Estaba acurrucado en mi celda, mi cabeza explotando, no podía ver nada ni nadie alrededor de mí. Todo estaba borroso. Estaba débil, volátil, enojado y sentía que mi corazón se iba a salir de mi pecho. La salvación llegó con un reabastecimiento, pero después de ese horrible episodio, decidí que iba a dejar el mal necesario, desenganchándome de los medicamentos diarios para solo tomarlos en un día realmente horrible y jamás en una dosis mayor a la que necesitara. Esto no sería fácil, ya que el clonazepam debe ser tomado bajo supervisión médica y cuando los doctores y las enfermeras no estaban, los guardias eran sus testigos y encargados. Pero recibí ayuda inesperada del soldado Brent. A diferencia de mí, Brent amaba las sustancias controladas y no tenía planes de dejarlas pronto. No podía conseguir una receta por sí mismo, pero somo me dijeron mis interrogadores jordanos, “cuando Allah cierra una ventana, abre una puerta”. En ese caso, la puerta era yo.

Brent un chico blanco alto y delgado en sus veintes. Cuando nos conocimos, lo catalogué por error como un sureño, hasta que abrió su boca. Era amable y distraído y si no estaba afuera fumando como chimenea, mayormente se sentaba ahí sonriendo esperando a que pasara su turno jugando PlayStation o viendo un capítulo de Family Guy, viéndose igual de despreocupado de lo que seguramente se veía en su sala cuando era adolescente. O tal vez más aún. Su padre también estuvo en el ejército y Brent siguió sus pasos, aunque con una pequeña e importante diferencia. Según lo que me dijo el sargento “N”, su padre fue un soldado serio y dedicado que llegó a primer sargento, en contraste con Brent, a quien el sargento “N” se refería como “el bobo”. La dedicación de Brent, como era, tomaba distintas formas. El día en el que el ejército sacó un nuevo uniforme de camuflaje, por ejemplo, ordenó uno en línea y comenzó a usarlo por cuenta suya, una declaración poco clara para una organización que no promueve la diversidad. A Brent se le ocurrió un plan ingenioso para engañar el staff médico. Él yo conspiramos para pretender que yo, incluso el buen detenido, aceptaba con agradecimiento y tomaba mi medicamente cuando, de hecho, le daba la mitad de la dosis a mi amigo. Brent recolectaba las pastillas hasta que tuviera las suficientes para drogarse o ponerse o lo que sea, que fuera la palabra indicada y después se las tomaba todas al mismo tiempo.

“Amigo” era la palabra de Brent. En recompense por mi cooperación, Brent dijo que me traería películas y comida, pero más que nada obtenía su amistad. Esto estaba bien conmigo, ya que estaba menos interesado en lo que obtendría que en perder el maldito clonazepam y nuestro arreglo me dio un camino para dejarlo gradualmente y evitar otro episodio de la terrible abstinencia.

Este arreglo duró un tiempo, pero Brent empezó a querer más porque dijo que las dosis eran muy pequeñas y le tomaba mucho tiempo recopilar las dosis que necesitaba. Yo estaba frustrado porque no estaba listo para renunciar del todo a mi medicamento y tenía miedo de que nos cacharan los doctores y se enojaran conmigo. No quería hacerlos enojar. Pensé que mi amigo Brent se estaba volviendo codicioso y me negué a darle la dosis completa.

Brent no estaba contento con esto; accedió por necesidad más que por convicción. Me daba cuenta que estaba enojado, pero no podía hacer mucho para tomar represalias sin revelar nuestro pequeño secreto. En lugar de eso, dijo que me traería unas semillas y que lo dejara plantarlas en el jardín que me dieron los interrogadores. En ese momento estaba creciendo jitomates, menta, sandía, algunos vegetales y un árbol de aguacates. Trajo una pequeña botella llenado de granos negros que dijo que eran semillas de amapola y las plantamos juntos. Me dio gusto hacerlo, porque le dio a él algo de esperanza y me daba a mí tiempo de dejar el clonazepam por mi cuenta. Vino un día a ver si las semillas de amapola habían germinado, pero nunca pasó. Podía ver la esperanza desaparecer de su cara poco a poco con cada día que pasaba, pero en todo el tiempo que estuvo conmigo nunca murió por complete.

Nuestros planes nunca fueron descubiertos, pero la maldición de la droga le costó, al final, su puesto y su trabajo al pobre de Brent. Me enteré por el sargento “N” que había sido despedido de manera deshonrosa por drogarse, un final triste, como lo describió el sargento, también para el padre de Brent. Yo no compartía su punto de vista. Me sentí mal porque Brent haya perdido su trabajo, pero me sentía feliz porque ahora estaba libre para hacer lo que quería hacer. En mi país, también, algunos padres presionan a sus hijos para que sigan sus pasos, esperando reciclarse en una mejor versión de sí mismos. Pero Brent claramente no estaba hecho para el ejército. Estaba siempre pensativo, distraído, sonriendo ausentemente y jamás incluso intentó pretender que tenía una autoridad sobre mí.

El sargento “N” no era ajeno a los problemas. Creció en la California rural, de descendencia alemana, juzgando por su apellido. Estaba en sus veintes tardíos, bajo, de mi estatura, pero robusto con cabello rubio ondulado y complexión ligera. Había servido en Irak y regresó sin muchas cosas que decir acerca de la guerra y no estaba para nada bien. Bebía y dormía mucho. A veces comenzaba su turno borracho y muy enojado, buscando una almohada para acurrucarse. En esos días, si me portaba bien y hacía lo mío, no pasaba mucho antes de que se desmayara, lo cual duraba casi todo su turno, dejándome en la mejor compañía, con nadie. Incluso mejor, su manera de caer me daba la oportunidad de tomar prestadas sus malas películas y verlas a mis anchas.

Mi celda metálica ocupaba una esquina de 15 x 20 pies de una cabaña de madera sin ventanas. Entre la celda y el área de los guardias había una pared de reja con una puerta en medio; con la excepción de huracanes y algunos pocos encierros, la puerta y la puerta de mi celda casi nunca estaban cerradas. Podía salir y ver películas o jugar juegos de mesa con los guardias y ellos podían venir a mi lado, poner un colchón y dormir afuera de mi celda en la esquina tranquila en donde también estaba mi regadera. Había cuatro a seis guardias en mi equipo, divididos en dos turnos de doce horas, pero uno o dos pasaban su turno en una choza cercana viendo la acción, como, por ejemplo, con las cámaras de vigilancia que fueron instaladas cuando las interrogaciones se relajaron. Esto significaba que el sargento “N” y yo seguido estábamos solos y en las noches en las que se desmayaba yo agarraba las películas que había llevado esa noche para él. Cuando se despertaba y se deba cuenta, le decía que él me había dado permiso de verlas, ¿no se acordaba? Hacía ojos de sorpresa, pensaba un poco y equivocadamente acordaba conmigo.

El sargento “N” ya estaba teniendo problemas por la bebida, problemas que se convertirían en algo tan serio que lo degradaron de rango y lo sacaron del campamento durante su segunda rotación, dejándolo en el “peor trabajo” de todos los guardias, que es vigilar la entrada, también conocido como “vagabundo”. Ya en 2006 o 2007 se veía venir una caída de gracia al punto en el que tenía tanto miedo por él que tuve que reportar mi temor al líder del grupo de fuerzas especiales. Se haría una rutuna que él llegara solo y sin películas a la choza, había aprendido una lección, y se durmiera toda la noche en frente de mi celda. Esto estaba bien conmigo hasta que uno de los guardias de día me dijo que se había intentado suicidarse y esa noche, en lugar de quedarse dormido luego, se había puesto a hacer un recuento de una historia larga e incoherente acerca de quién sabe dios, de todo y de nada. Yo creo que ni él sabía qué estaba diciendo. Todo lo que yo podía hacer era escuchar y rezar porque la historia terminara. Finalmente, todavía a la mitad del monólogo, se acostó en su delgado colchón verde y se fue a dormir como un niño inocente.

Me senté ahí, por mucho tiempo, intentando darle sentido a la historia, pero no pude. Y después comencé a asustarme. Me salí lentamente de mi celda mientras roncaba y logré salir de la cabaña. Una barda con francotirador separaba el recinto que compartía con mi vecino del área en donde estaba la cabaña de los guardias; en esa barda había una pequeña puerta con una manija hecha en China que se había roto hace mucho tiempo. De igual manera toqué el timbre y bailé para llamar la atención de los guardias en turno, pero nadie respondió. Recogí algunas piedras y las lance hacia la choza y finalmente salió un guardia a la puerta. Le pedí ver al oficial a cargo, petición que los guardias generalmente negaban, pero uno de ellos debió de haber visto que estaba alterado y pronto llegó el oficial.

Le dije al oficial a cargo que no podía ni quería dormir solo en el mismo cuarto con el sargento “N” porque tenía miedo de que se suicidara cuando viera que no había nadie vigilándolo. Su suicidio sería una doble tragedia. Estaría perdiendo su vida tan joven, devastando a su familia y a todos aquellos que amaba y a quienes les importaba. Y le daría al gobierno estadounidense, que había estado luchando por tanto tiempo para tener algo sobre mí, una salida fácil. Brincaría como un grupo de abejas sobre tréboles. ¡Asesinato! No podía imaginar mejor trama para una película. El buen sargento “N” sería un verdadero héroe americano y yo sería el proverbial villano árabe. Solo dios sabe que ya había pasado por más de lo que puedo manejar. Ahora podía prácticamente ver los ojos brillantes del fiscal militar de McCarthyite, en círculos alrededor de mí salivando como el grupo de perros que me atacaba en mis pesadillas, esperando a que firmara el acuerdo de culpabilidad. Llámenme cobarde, pero no había manera alguna en la que iba a pasar por ese escenario.

El oficial a cargo despertó al sargento “N” y lo llevó afuera. El sargento regresó muy enojado y desorientado, agarró sus cosas y se fue. No volví a verlo, excepto de lejos. Por primera vez estaba agradecido por mi limitado rango de movimiento, porque hubiera sido incómodo encontrármelo en persona y explicar por qué lo traicioné. Solía asomarme a través de la malla que separaba mi campamento de la puerta principal, disfrutaba verlo hacer su nuevo trabajo, abrir y cerrar la puerta sin que él me viera. No se veía particularmente feliz pero tampoco se veía miserable. Ahora ninguno de los dos estábamos en un lugar ideal: yo no era libre y él no tenía permitido vigilarme y actuar como un rey. Estaba satisfecho conmigo mismo, agradecido por haber esquivado la bala y rezando y esperando por un mejor futuro para los dos.

En verdad, el sargento “N” estaba muy enfermo y el ejército solo le daba pastillas y una pelota roja que parecía un jitomate pocho, para jugar, como si fueran la cura por pasar tiempo en Irak viendo el asesinato de gente inocente, marcando el inicio de una nueva dictadura y limpiando el camino para el levantamiento de grupos extremistas que ahora devastaban la región. Y, sin embargo, para muchos de los reclutas blancos, él era un veterano de guerra y un héroe.

“¡Estoy orgulloso de ser blanco!”, me dijo una vez mientras salía de mi celda.

“Debería estarlo”, dije, con confusión seguramente visible en mi cara. Lo había detenido obviamente a la mitad de uno de sus discursos, pero no podía comenzar a entender el contexto de su declaración. Estaba rodeado por sus usuales animadores, enlistados de bajo rango que escuchaban intensamente cada una de sus palabras.

“¿Por qué los negros y los mexicanos pueden decir que están orgullosos y nosotros no?”, presionó sobre mí.

“Estoy de acuerdo. Debería estar orgulloso”. Más y más, este era mi papel: yo era la persona a la que todos le podían dar su opinión, sin miedo a las consecuencias. Socialmente, resulté calificado para ser el confidente de todos. Era el irónico lado de la lección que Earl me había en señado acerca del lugar del detenido en la jerarquía de nuestra comunidad.

Comenzó un día con un soldado que se hacía llamar William. Era extremadamente amable y nunca me dio problemas, pero tenía el hábito de llegar a su turno, poner una película en el tocador de DVD, subirle el volumen a todo y dormirse en frente de la televisión. Sin la dosis complete de clonazepam, mi sueño era muy ligero y cualquier cosa me despertaba. Al contrario de William, que tenía otro lugar para dormir, como todos los guardias, los “TK´s”, de Tierra Key, yo no tenía a dónde ir a dormir. Me enojé más y más hasta que finalmente le pedí que le bajara el volumen. No dijo nada a sus compinches esa noche, pero le dijo a Earl que le grité a un guardia y Earl, por supuesto, tuvo que venir y decirme que estaba prohibido. Para aferrarme a lo que quedaba de mi dignidad, intenté usar nuestra nueva “amistad” de interrogador-detenido para explicarle cuánto necesitaba dormir, cómo yo no podía encontrar un lugar silencioso para dormir en otro lado y que tenía derecho a dormir, que necesitaba respetar ese derecho y que ninguna orden de arriba me podría seguir despojando de ese derecho. Me escuchó y pareció empático. Pero contestó, en esencia, que debería de haberlo pedido de manera amable, que un guardia siempre está en lo correcto y que no podía permitir una situación en la que sus guardias no tuvieran una ventaja sobre un detenido.

Me mordí la lengua, pero estaba hirviendo de frustración y humillación por dentro. Él se dio cuenta y se podía ver que se sentía mal. Me pidió que saliera de la choza con él y me repitió el mismo mensaje, pero más respetuosamente esta vez. Su amabilidad derrotó mi enojo incandescente y pretendí entender. Le señalé que aceptaba mi lugar, pero seguía un poco herido y comencé a negociar lo que me darían a cambio. Estuvo de acuerdo con algo de comida y un nuevo juego de cartas y me dijo que le preguntaría al Sr. Nestor si me podría dar una portátil para ver mis propias películas y jugar ajedrez. Earl mantuvo todas sus promesas, jamás decía que iba a hacer algo y no cumplía.

A través del tiempo, aprendí que estar hasta abajo de la jerarquía de alguna manera significaba que estaba disponible para ser el amigo de todos. Así fue con Mark, uno de los discípulos del sargento “N”. Mark se unió al ejército cuando tenía solo 17 años y lo hizo por necesidad. Había manejado cuando tuvo un accidente que mató a su primo. Algo de prisión seguramente se contempló, pero pudo evitarlo alistándose al ejército. Sin embargo, no podía darle la vuelta a la culpa, que continuaba a rascar su consciencia y un día me juró, de la nada, que no quiso matar a su primo, pero que su familia no le creía. Era como si hubiera asumido que yo podía leer sus pensamientos y que yo estaba igual de atormentado que él por este horrible escenario que continuaba a pasar por su mente.

La mala suerte sigue a la mala suerte, normalmente. Así fue para Mark. Algunas semanas después vino a mí llorando cuando vio que no había nadie más alrededor. Yo estaba impactado cuando dijo entre llanto que “no puedo soportarlo más. Me dijeron que no podía hacerte saber que estoy en pena”. Yo lo mire, sin saber qué decir, sin entender lo más mínimo qué estaba sucediendo.

“Mi primo fue asesinado en Irak”, pudo decir finalmente para explicarlo. Era el segundo primo que perdía en poco tiempo, tan joven y yo podía sentir su agonía mezclada con mi propio enojo. ¡Cómo odio la guerra! ¿Pero él esperaba que yo llorara por la gente que viajó miles de millas para invadir un país pacífico y destruirlo? ¿La misma gente que me tenía cautivo por ningún motive excepto que podía hacerlo? Y, aun así, este joven vino a mí, de entre todas las personas, buscando consuelo cuando sus superiores le advirtieron que no lo hiciera.

Hice lo mejor que pude. “Mira, Mark, yo perdí a mi padre cuando era muy joven. Al principio estaba destruido. Mi mundo entero colapsó, pero después de algún tiempo, me recuperé. ¡Esto pasará y te sentirás mejor InshAllah!” Le di una plática sobre ese discurso cuando me siguió durante mi caminata en la mañana. Antes de que terminara, el soldado Mark estaba riéndose y chismoseando acerca de lo que había pasado recientemente en el “TK’s”, mientras yo todavía estaba ahogándome en pensamientos acerca de mi absurda situación.

Este era uno de los trabajos de Mark, vigilarme cuando saliera a mi caminata. Supuestamente tendría que cerciorarse que no espiaría a través de las mamparas adheridas a las rejas y ver a la gente que llegaba y dejaba el campamento. No lo hizo bien. Yo tomaba mis caminatas temprano en la mañana, justo después de mis oraciones y muchas seguido me dejaba caminar solo. A través del tiempo, logré hacer pequeños orificios en las mamparas, suficientemente grandes para poder ver a través y suficientemente pequeños para que los oficiales que pasaban por ahí no los notaran. Mientras él dormitaba, yo luchaba por salir de por debajo de las colchas, preguntándome diario por qué me tomaba la molestia de dejar la comodidad de mi cama y cada día encontrando la respuesta cuando salía y respiraba el aire fresco del mar, aromatizado con las plantas que crecían en mi jardín. ¡La diferencia que hacía levantarme antes del ruido de las máquinas y los motores! Este era mi momento favorito: tomar mi caminata, regar mi jardín, cantar mi Surat y escuchar mientras la vida lentamente abrumaba el inquietante silencio que había reinado sobre el campamento desde las 6pm del día anterior. Es de verdad cierto, la prisión es el cementerio de los vivos, pero amé este tiempo cada día cuando el campamento parecía regresar de los muertos.

Aprendí a saber exactamente qué esperar. Escuchaba los motores de los primeros autobuses y camiones que llegaban y se iban, sin voces. Tomaría una hora o dos para que el staff y los detenidos de igual manera derrotaran el control del sueño y comenzaran a gritar y a platicar. Y después me llegaban tres olas de noticias mañaneras. No podía encontrar un ángulo para ver otros campamentos, pero escuchaba a los detenidos comenzar a gritar Salam de un lado a otro del bloque y compartir información, sin duda salpicada de rumores que habían plantado los miembros del JTF. Escuchaba un poco del mundo exterior en los intercambios de los choferes de camiones y autobuses, la mayoría jamaiquinos, mientras pasaban a través de la puerta principal del campamento. Me enteraba, mientras las unidades de guardias hacían formaciones, cómo mis compañeros detenidos habían pasado la noche: el ISN (número de prisionero) tal y tal aventó heces al sargento “x”. ISN (Número de serie de Internamiento) “y” no durmió bien. ISN “z” lloró y quería ver a su interrogador. Claro que había unas palabras diarias de aliento, también, acerca de ser un héroe y defender la libertad y todo eso.

Cualquier serenidad que quedaba se rompía por completo con los Colores Marina a las 8am. Cuando sonaba, mis captores dejaban todo y se paraban atentos con un saludo militar solemne, eso sí, a menos que estuvieran muy cansados y nadie los estuviera viendo; caso en el cual los guardias ignoraban Colores y no tenían que caminar aleatoriamente de manera incómoda sin saber qué hacer. Para mí, oficialmente Colores anunciaba otro día de encarcelamiento ilegal, cautiverio y privación. ¿Se supone que tenía que saludar? Congelado hasta que terminaba el juramento a la bandera con su “Libertad y justicia para todos” ¿y “todos” claramente no me abarcaba? ¿Pretender que nada estaba pasando?

En donde crecí, no teníamos que hacer juramento a la bandera. El nacionalismo, la lealtad al país, estas cosas no eran enseñadas en las escuelas a las que fui. No aprendíamos acerca de relaciones supuestas entre gobierno y pueblo; lo primero que escuché del contrato social fue cuando fui a la universidad en Alemania. La gente en Mauritania no esperaba nada de la patria y la patria no ofrecía nada. El contrato social estaba roto pero las buenas noticias para el liderazgo era que no necesitaba de nuestros votos. Nuestro único juramento en el país era a nuestra familia extendida, nuestra tribu. Era nuestra tribu la que ayudaría si te enfermabas y no podías pagar las cuentas médicas. Que pagaría con dinero de sangre si accidentalmente matabas a alguien. Que te defendería si hacías algo mal. Dentro de la tribu, el contrato social era fuerte: cada miembro tenía una verdadera voz y el jefe estaba normalmente en esa posición porque era el que había sacrificado más. ¡Si tan solo ese sistema pudiera extenderse para abarcar a todos los ciudadanos de un país, con los jefes sujetos a responsabilidad y cambio! La Alemania en la que viví durante los 90 estaba cerca de eso y lo logró sin la patriótica obsesión y la trivialidad moderna que vi alrededor de mí en el campamento, en donde la bandera de mis captores volaba por todos lados y los hombres y mujeres se detenían a sus pies para prometer su juramento.

A Mark no le importaban mucho ninguno de estas nociones de dogmas. Su nacionalismo vino naturalmente, puedes decir. Veía Fox News y creía todo lo que la cadena le decía. Barack Obama, el nominado del Partido Demócrata para presidente, era musulmán, según Mark, queriendo decir un no americano, por no decir menos, si no un total y absolute enemigo. Me dijo que el senador Barack Obama había jurado sobre el Corán cuando fue elegido para el Senado. A través del verano y otoño, Mark seguía trayéndome noticias frescas que sobresaltaban los peligros de este candidato afroamericano. No sé por qué me confió esas cosas y por qué creía que me iba a caer mal Obama por sus raíces africanas o afiliación religiosa. No sé cómo pudo reconciliar que yo era un “buen tipo” y un musulmán al mismo tiempo, cuando, para él, eran cosas completamente opuestas.

A veces Mark parecía olvidar completamente que yo era un detenido y que él era un guardia, el que siempre estaba en lo correcto, el que tenía el poder de humillarme y usar la violencia, incluso fuerza letal, si consideraba necesario. Podía hacer lo que fuera si quería lastimarme y después escribir un reporte o pedirle a alguien que lo hiciera, diciendo que sintió que su vida estaba siendo amenazada: de todos los guardias que atacaron físicamente o hirieron gravemente a un detenido, a ninguno se les encontró culpables. Y, sin embargo, fui yo el que le enseñó a jugar cartas, fui yo el que lo aceptó como mi compañero cuando sus amigos lo rechazaron. Esta era una receta segura para perder, pero había estado perdiendo tanto, en tantas maneras, desde mi secuestro, que me hice cercano a ese sentimiento. Era una atracción a lo familiar: ¿Qué siquiera se sentiría ganar? Cuando Mark era mi compañero, me aguantaba los golpes, que funcionaba de todas formas. Le daba al MP de rango más alto, a quien le gustaba ganar, lo que necesitaba y me daba la oportunidad de darle un discurso a Mark acerca de sus errores, pequeños regaños que ofrecían una manera de ventilar años de enojo sobre el nunca ganar.

Nuestra relación solo hacía más profundo el sentido de confusión de Mark. Un día vino a mí quejándose que los otros detenidos habían estado hablando mal de él con otros guardias en el equipo.

“¿Sabes qué les dije?” me preguntó.

“No”, le contesté, temiendo la conversación.

Me sonrió triunfantemente. “Al final del día, me voy a mi hogar y ustedes están en la misma celda”. Sabía lo suficiente acerca de la vida de Mark para pensar acerca de si la diferencia era tan grande como había imaginado, y lo que “hogar” significaba para el en realidad. ¿Qué tan cómoda sería la vida para Mark de regreso en los Estados Unidos cuando su tour termine? ¿Y aparte de mejor comida y poder llamar a su madre cuando él quisiera, era su vida fuera de servicio aquí en los TKs mucho más libre que la mía? Me enojé más y más mientras más pensaba acerca de esto. ¿Pensaba que calmarse a sí mismo humillando a los prisioneros sería bueno conmigo? Le recordé que yo era un detenido y que cualquier detenido le diría que a los ojos de Dios y de los seres humanos decentes, el oprimido es mejor que el opresor, porque ha sido dañado y ha sufrido. Mark me volteó a ver y no dijo nada, por lo que puedo decir, ni siquiera intentando entender lo que yo estaba diciendo.

Un día llegó a su turno borracho. Abrió su mochil ay sacó lo que sobraba de una botella de Jack Daniels. Me saludó, ofreciéndola, o presumiendo, o ambos. Le dije que yo no bebo. La guardó y fue al cuarto de junto a probar su suerte con mi vecino. Para ese punto ya estaba rompiendo varias reglas y obviamente no en el estado mental correcto. Me enteré del resto de la historia después, por sus amigos. Bebió tanto y estaba tan borracho, obviamente, que un primer sargento lo detuvo de vuelta a los TKs. Cuando el sargento exigió saber por qué estaba bebiendo, Mark insistió que el sargento “N” lo había aprobado, lo que, de alguna manera, por lo que puedo decir, fue el fin del asunto.

Este tipo de historias se repitieron a través de los años con nuevos equipos de guardias que rotaron, con interesantes variantes. En el siguiente grupo estuvo el soldado Jay, un hombre afroamericano alto y delgado en sus veintes, que era adicto a los juegos de PlayStation; contrabandeaba la consola a través de la puerta en una caja de cereal, la conectaba a la televisión en la cabaña de guardias y jugaba hasta que se desmayaba. Amaba la vida y siempre estaba abrazando gente y parecía que le gustaba platicar conmigo en los pocos minutos en los que no estaba jugando o viendo películas. Me caía bien, también. Una noche me desperté alrededor de las 2am y lo encontré dormido en su silla, su cabeza en sus brazos sobre la mesa. Hice lo que cualquier detenido decente haría: tomé una de sus películas y la vi solo. Pero para compensar, llené su entrada en el libro por él, para cubrirlo si alguno de los oficiales llegaba. “EL DETENIDO SE DESPERTÓ”, escribe, con la hora incluida. Hice esto de acuerdo con las reglas que había leído, que requerían que todo fuera en tiempo pasado y en letras mayúsculas, como decían las instrucciones.

El superior del soldado Jay se hacía llamar Stan por un personaje de South Park. Era inteligente, un especialista extrovertido en sus veintes tardíos que había atacado la vida con ambición. Se había casado con la mujer que amaba, había comprador una casa hermosa y estaba estudiando medicina. Sin embargo, como me explicó, su sueño se había colapsado de repente cuando llegó a casa un día, más temprano que de costumbre para encontrar a su vecino, en su ausencia, entreteniendo a su esposa en maneras que Stan no aprobaba. De hecho, odio tanto lo que vio que pidió el divorcio, vendió la casa y se alistó en el ejército. Era una en una larga lista de historias que escuché acerca de hombres y mujeres jóvenes que se alistaron en el ejército para alejarse de sus complicadas vidas.

El especialista Stan era mitad italiano, mitad irlandés y su principal meta en la vida ahora parecía enseñarme la cultura de la mafia. Me introdujo a The Sopranos, que él y su jefe el sargento Kyle verían juntos en el campamento. Kyle fue también nombrado por un personaje de South Park, hacienda de éste mi segundo grupo de guardias que se asignaron nombres de personajes de dramas populares y fue una mejoría del primero, que tomó nombres de héroes de Star Wars, una decisión que supuso un mundo de personajes malos que fueron atacados. No me tomó mucho tiempo saber el nombre real del sargento Kyle. Era de Chicago, orgullosamente polaco-alemán y reveló su apellido él mismo en un juego de adivinanza que estábamos jugando, cuando me dijo que su nombre significa cabello rizado en alemán. Su primer nombre lo dijo así, directamente, a la mitad de una historia, cuando dijo “y el tipo me miró y me dijo ‘Nick...’”. Se dio cuenta y nos miramos por un segundo, sabiendo la verdad acerca de cosas prohibidas, que es que una vez que los conoces, no pueden ser olvidados.

Las bases del sargento Kyle parecían sólidas. Su padre fue un especialista en redes de computación, me dijo, y su madre era una católica devota, con un amor especial por el fallecido papa Juan Pablo II, sin dudarlo, ya que era polaco. Hablaba polaco y compartió ese amor, llevándome una vez una película acerca de la vida del pontífice. Era genuinamente culto y chistoso, y los otros guardias se reían de sus bromas, incluso cuando eran ellos o su gente los sujetos de las bromas, ya que en su mayoría eran ofensivas, y sus favoritos, eran de sus enigmas polacos sin fin. Siempre dormía junto a mi celda, pidiéndome que apagara la luz cuando me fuera a dormir porque tenía miedo de que el foco quemara la casa y mientras se adormecía, compartía algunas bromas post 11/9 acerca de árabes y musulmanes.

“Un joven árabe está caminando en una calle de Nueva York cuando ve a una niña pequeña que ha siendo atacada por un pit bull”, continúa bromeando. “Sin pensarlo, va y le salva la vida a la niña. Un policía llega y lo llena de halagos”.

“No puedo esperar para ver el titular mañana: ¡Verdadero héroe en Nueva York le salva la vida a niña pequeña!”, proclama el policía.

“No soy de Nueva York”, dice el joven.

“¿A quién le importa? ¡Un héroe estadounidense salva la vida de una niña pequeña!”, dice el poli.

“No soy estadounidense”.

“¿Qué eres?”

“Un árabe”.

“UN TERRORISTA ATACA A PERRO INOCENTE EN NUEVA YORK”, decía el titular del siguiente día.

Inevitablemente, este tipo de familiaridad metió en problemas al sargento Kyle. Mi psiquiatra en ese momento era una teniente de la marina cuyo trabajo era visitar a los detenidos que sufrían depresión, o peor, que estaban mentalmente enfermos. Era una mujer delgada, blanca, en sus treintas, llena de sonrisas falsas y amistad artificial. Venía a mí con las preguntas usuales:

“¿Vas a lastimarte o a alguien más?”

“No, pero si lo estuviera planeando, ¡obviamente no te lo diría!” contestaba yo.

Repasaba la lista de preguntas acerca de mi salud. Una vez, cuando preguntó cómo estaba durmiendo, le confesé que muchas veces me acostaba en la cama por horas sin poderme dormir. No debía hacer eso, me dijo, ofreciendo el valioso y útil consejo que, aparte de dormir, una cama solo debía ser utilizada para tener sexo. ¿Qué podía decirle? Quería prescribirme algo y quería hacer otra cita para hablar acerca del sueño, pero no estaba segura del horario. Le dije que le podía decir a Nick cuándo podía verme de nuevo y él me diría.

Estaba en shock porque me sabía el nombre de Nick, pero no me dijo nada. En lugar de eso, cuando se fue, se llevó consigo afuera al sargento Kyle y lo regaño fuertemente por dejar a un detenido maligno saber su verdadero nombre. El sargento Kyle regresó directamente conmigo y me pidió que no lo llamara por su nombre en frente de extraños. Eso era todo, con respecto a eso, para él, pero no para mí y la psiquiatra. Unas semanas después, regresó, sonriendo como lo había normalmente, pretendiendo ser un ángel que venía desde lo alto para ayudarme. La ayuda consistía en un largo discurso que incluía una lista de cosas que yo debería estar hacienda para ayudarme a mí mismo. Yo escuché atentamente hasta que terminó.

“Sé lo que le dijiste a Nick”, dije de manera tranquila. “Jamás le pregunté a alguien por su nombre o intenté averiguarlo”. Claramente se sorprendió y solo se quedó viéndome. “¿Puedes entender que no puedo confiar en ti cuando sé que crees que no puedes confiar en mí?”, añadí.

“Sí, entiendo”, dijo. Rápidamente se puso su gorra y dejó el cuarto.

Claro que no podía confiar en mi psiquiatra, cuyo trabajo iba más allá de las responsabilidades usuales de terapeuta-paciente. Y, por supuesto, la confianza era el corazón de muchos dramas entre mis guardias y yo. Lo que me sorprendió era lo mucho que varios de ellos luchaban, como yo, para confiar en alguien. Me daba tristeza ver la poca fe que el sargento Kyle y el soldado Stan tenían en las relaciones románticas, por ejemplo. Como ellos me dijeron que habían sido lastimados en el pasado, y ambos dijeron muchas veces que no estaban listos para repetir el mismo error de confiar en alguien. Un sentido de inseguridad estaba en casi cada una de las conversaciones que escuchaba o en la que participaba acerca de parejas y esposas, que venía acompañada con una promesa salvaje de violencia si la esposa o pareja era infiel.

Era el tipo de conversación con la cual crecí, el tipo de plática que podía entrampar a una persona en actuar roles predispuestos en un drama trivial. “Un gran honor siempre será tocado y ensuciado”, como lo dijo Al-Mutanabbi, “hasta que corra sangre”. Eso fue exactamente lo que sucedió con un par de colegas del equipo de South Park de Kyle y Stan. El especialista Timmy era otro chico blanco, alto y delgado en sus veintes que amaba beber y muchas veces comenzaba su turno con los ojos rojos, oliendo a alcohol. Era de Michigan, lo cual me enseñó que no se pronunciaba “Mitchigan”, sino con una “sh” como Chicago; y creció en una ciudad con una gran población árabe, como le gustaba contar. Comenzaba su turno con una siesta y después se despertaba queriendo jugar cartas, que había muy bien. Para los estándares de Echo Special, parecía estarlo haciendo bien, pero historias acerca de su vida en los Tks serían lo contrario. Era claro que a algunos de sus colegas no les caía bien.

A nadie, me enteré un día, más que al sargento Chris y a otro chico blanco delgado en sus veintes.

El problema comenzó en una fiesta en los Tks, que incluía a Timmy, Chris y su novia. Su novia estaba embarazada, lo que le daba alas extras al rumor que comenzó a correr la siguiente mañana de que Timmy había estado coqueteando con ella durante o después de la puerta. Ya que en GTMO una acusación era igual que una condena, Chris se encontró en la posición incómoda de tener que re establecer su masculinidad y reivindicar su reputación. La siguiente noche, Timmy y el sargento Gómez, su jefe, fueron asignados a cuidar a mi vecino Malik, quien ocupaba la choza frente a la mía. Malik era cerca de diez años más grande que yo. Cuando me aventaron en Camp Echo, él era grande, pero atlético, pero ahora era enorme, arriba de 300 libras (150kg aproximadamente), víctima de depresión, con una dieta terrible y años de confinamiento. Las instalaciones de Malik eran iguales que a las mías y de noche Timmy estaba dormido durante su turno, como siempre. Chris, aprovechando la ventaja técnica y hacienda lo mejor con su entrenamiento, se metió en la chotó la puerta y su fue hacia la garganta de Timmy. Comenzó a ahorcarlo, llevado por mitad enojo y mitad el prospecto de una sentencia de muerte social que enfrentaría si no actuaba. “Quería matarlo”, me confesó Chris más Adelante, con una sonrisa orgullosa y de satisfacción en su cara. Dijo que Timmy tuvo suerte de que Malik y Gómez estuvieran ahí. Juntos brincaron para ayudar a Timmy, Malik olvidándose por completo que jamás puede tocar a un guardia Gómez revelando la diversión de ver en vivo una pelea de UFC. Juntos, le salvaron la vida al pobre Timmy. Emergieron esa noche como héroes, aunque estaba claro de las diferentes versiones de la historia que escuché que Malik había jugado un rol decisivo por su enorme tamaño y porque estaba despierto cuando la pelea comenzó, mientras que Gómez, como mis guardias de noche, estaba dormitando de la fiesta de la noche anterior.

El sargento Gómez intentó mantener los detalles del ataque y su heroísmo escondidos de mí y al mismo tiempo estaba emocionado por chismearles a sus camaradas acerca de la pelea. Era uno de los que parecía creer lo que les dijeron en las reuniones de lavado de cerebro que recibió antes de conocernos, que cualquiera en mi posición es el peor de los peores, un criminal curtido de al-Qaeda o un combatiente talibán que era responsable por el 11/9 empeñado en lastimar estadounidenses. Pero también era sociable y curioso, rasgos que siempre funcionan a mi favor. Quería platicar, pero quería poner reglas y dejarme saber que era consciente de mis maneras furtivas. “Sé que intentabas escucharnos”, me dijo una vez, cuando él y otro guardia se callaron cuando pasaba en mi caminata mañanera. Honestamente no estaba escuchando y no había escuchado una sola palabra, pero no era muy difícil adivinar el tema. Tomando prestada una técnica que había aprendido de mis interrogadores, le contesté “Estaban hablando de Timmy y Chris. Sé todo acerca de eso”. Pretendiendo saber todo alienta al sujeto a dar información de manera voluntaria, sin sentirse engañado o culpable”.

Eventualmente sí me enteré de todo de chismear con los otros guardias. CID (Comando Investigaciones Criminales) investigó la pelea, me enteré, tomando testimonios de todos menos de Malik, la única persona que había presenciado todo y podía dar la evidencia más incriminatoria. Ningún guardia jamás testificaría en contra de otro y era impensable que un detenido testificara en contra de un miembro de la JTF. E irónicamente Malik terminó salvando a Timmy y a Chris, evitando que Timmy fuera ahorcado y que Chris estuviera encarcelado por el crimen. Lo peor que pasó fue que Chris también fue degradado y transferido a la entrada y al temido puesto de móvil. Lo veía a través de la malla a veces en mis caminatas, pareciendo desafiante y feliz por haber sido castigado por defender su honor.

Mientras tanto, Gómez gradualmente bajó su guardia. Le encantaba molestarme, burlarse de mi manera de hablar. Decía que yo tenía acento chistoso y la tendencia de repetir las mismas palabras una y otra vez. Decía esto para picarme, pero me quedó claro que amaba el humor que llega a límites de tu zona de confort y él podría tomar, así como podría dar. Muchas veces él era la víctima por su nombre y herencia, las bromas de otros guardias acerca de la cultura de pandillas y su estatus de inmigración, aunque no era inmigrante, por lo que yo podía decir, esa experiencia era parte del pasado de su familia. Me daba una entrada, también.

“No entiendo por qué no te uniste a las Fuerzas Especiales” lo piqué un día.

“¿Por qué? ¿Qué quieres decir con eso?” se preguntó, viéndome con cautela.

“Digo que con toda la carrera, natación y brinco que tuviste que hacer para entrar al país, seguramente hubieras calificado”. Era bueno, riéndose junto con los demás. Pero ahora estaba en puerta el juego: en lugar de echarse para atrás, intensificó su campaña. Compró Post-it blancas y escribió frases que insistía que eran ridículas, eran utilizadas mal o eran simplemente chistosas y las puso en las paredes. “En realidad no hablo así”, yo protestaba, pero me sonreía y repetía las frases, empujándome a reaccionar. Me empujó fuerte, al punto en el que algunos de los guardias lo hicieron a un lado y le dijeron que le bajar al tono y dejara de poner notas burlonas, pero yo no estaba para nada ofendido.

Un día cuando fui a caminar, los guardias decidieron acompañarme. Perdidos en nuestra conversación mientras dejábamos la choza, ninguno pensó en agarrar la llave. La puerta se azotó antes de que pudieran tomarla y nos quedamos afuera. Una ola de energía recorrió mi cuerpo: por primera vez en tantos años estaba encerrado afuera, no adentro. Y yo me reía, pensaba cómo ahora yo tenía algo para atormentar al sargento Gómez de vuelta. Pero los guardias estaban en pánico, desesperados por arreglar el problema antes de que llegara un oficial. No había ventas, la puerta cerrada era la única entrada, pero todos ofrecían ideas locas de cómo entrar. Finalmente, resucitando el estereotipo que sabía que obtendría una risa, me metí. “Oigan, odio decirlo, pero nuestra mejor opción es el sargento G”, dije.

Gómez me volteó a ver, sonriendo, y sacó una tarjeta de crédito de su cartera. La pasó entre la puerta y el marco, moviéndola de manera ingeniosa y la puerta se abrió. La emoción del momento desapareció en un instante y me encontré tan aliviado como el resto. Todo lo que yo quería en ese momento era regresar a mi celda, porque para ser honesto, de verdad me sentía muy seguro en ese pequeño espacio.


 

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