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Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


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Los secretos que guarda el intérprete de la CIA que presenciaba los interrogatorios en Guantánamo

El hombre fue contratado como traductor en el juicio por los ataques del 11-S. Y un acusado lo reconoció. La polémica por las cárceles secretas donde se torturaba.


La cárcel de Estados Unidos en Guantánamo, Cuba, albergó a los sospechosos de terrorismo tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Por Carol Rosenberg
THE NEW YORK TIMES
16 de agosto de 2019

Fuente: Clarín.com

La mañana de un lunes, hace cuatro años y medio, Ramzi Binalshibh, uno de los hombres acusados de formar parte de la conspiración de los ataques del 11 de septiembre de 2001, hizo un anuncio desconcertante para todos los que estaban presentes en la corte militar: conocía al nuevo traductor del árabe que se sentaba a su lado, de la red de cárceles secretas de la CIA en la que Estados Unidos torturaba a sus detenidos.

Lo que ocurrió luego fue muy elocuente respecto del permanente secreto alrededor de los programas de tortura y de los centros clandestinos de detención, los debates acerca de qué tipo de evidencia es aceptable en una corte de guerra establecida para juzgar a sospechosos de terrorismo y la lentitud inquietante de los esfuerzos para que se haga justicia por los ataques del 2001. Al enunciar el nombre de esta persona delante de todos en la audiencia pública, Binalshibh había minado los esfuerzos del gobierno por mantener ocultas las identidades de la mayoría de las personas que trabajan en los centros clandestinos de detención. El nombre del traductor, inicialmente incluido en la transcripción del juicio de ese día, fue luego borrado. A los abogados de la defensa se les informó -en secreto- que lo ocurrido había sido una violación de seguridad, y que tenían prohibido, por una directiva de seguridad nacional, reconocer públicamente lo que había ocurrido en el juicio.

Tengamos en cuenta que el nombre del traductor tiene que haber sido enunciado públicamente en la terminal del aeropuerto de Guantánamo al cabo de la semana, mientras abogados y periodistas hacían el check in para sus vuelos de regreso a los Estados Unidos.

Presos en Guantánamo rezan en un área común de la cárcel. REUTERS

Presos en Guantánamo rezan en un área común de la cárcel. REUTERS

La revelación corrió de eje una semana de audiencias previas al juicio y fue el principio del más extraño y complejo capítulo en las audiencias en el caso del 11 de septiembre.

El intérprete no ha sido visto públicamente en Guantánamo desde entonces. Y más de cuatro años después, los abogados de la defensa y los fiscales dicen que no sabían nada acerca del pasado del hombre cuando se le asignó ser un intérprete para la defensa en el juicio.

Pero el momento despertó preguntas aún sin respuesta, acerca de cómo alguien que había trabajado en la CIA pudo abrirse paso hasta el equipo de defensa, que ya había hecho protestas a causa de los esfuerzos del gobierno de recoger información sobre sus actividades, desde el FBI convirtiendo a un miembro del equipo de defensa en informante confidencial, hasta el descubrimiento de dispositivos de escucha ocultos en salas supuestamente confidenciales para abogado y cliente.

Hubo algo de escepticismo al principio en torno al planteo de Binalshibh, un detenido yemení que está acusado de organizar la célula de los secuestradores del 11/9 en Hamburgo, Alemania. La CIA lo había privado del sueño y sometido a un número de abusos que dañaron su memoria durante los cuatro años en que Estados Unidos lo mantuvo incomunicado, empezando en el 2002. Una vez en Guantánamo, el ejército lo empezó a drogar.

Era probable que estuviera imaginando que conocía al hombre, a través de una nube de memorias tortuosas, incluso cuando algunos de sus compañeros de defensa le dijeran al juez que también reconocían al intérprete, después de que Binalshibh dijo a la corte: “El problema es que no puedo confiar en él, porque estaba trabajando en el centro clandestino de detención con la CIA y lo conocemos de allí”.

Pero Binalshibh tenía razón. Durante esa semana en febrero de 2015, gente con conocimiento de la causa confirmó que el lingüista había trabajado para la CIA. Y que había mentido en las entrevistas con los abogados defensores cuando se le asignó el juicio de Guantánamo.

Una imagen aérea del Centro de Inteligencia George Bush, la sede de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Langley, en el estado de Virginia, Estados Unidos.

Una imagen aérea del Centro de Inteligencia George Bush, la sede de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Langley, en el estado de Virginia, Estados Unidos.

El episodio por momentos alcanza lo absurdo. Pero ofrece una ilustración gráfica sobre por qué el esfuerzo para juzgar, condenar y ejecutar a los cinco hombres acusados de conspirar en los secuestros que mataron a 2976 personas ha estado empantanado en audiencias previas al juicio desde el 2012.

Después de que Binalshibh reconociera al intérprete, los abogados defensores han intentado durante años que éste los ayude a desarrollar sus argumentos para evitar la pena de muerte que espera a sus clientes si avanzan los juicios.

Dicen que la información del traductor podría apuntalar una teoría de la defensa, de que la administración Bush limitó la justicia al torturar a los sospechosos en los centros clandestinos, en lugar de llevarlos directamente a los Estados Unidos para ser sometidos a juicio. Y quieren saber si el traductor puede llenar los huecos que dejó la destrucción de evidencia que llevó a cabo la CIA, para argumentar que los defendidos han sido privados del debido proceso.

El testimonio del traductor ha cobrado mayor importancia, dicen los abogados, porque es posible que se trate de un raro testigo ocular del modo en que los defendidos fueron mantenidos e interrogados en los centros clandestinos.

Los fiscales han estado tan determinados a frenar el testimonio -o al menos a restringirlo a una sesión secreta- que notificaron al juez el mes pasado: si optaba por un testimonio abierto, incluso si se hacía de modo tal que se enmascarara la identidad del traductor y se distorsionara su voz, el gobierno invocaría el privilegio de la seguridad nacional y le impediría testificar.

La ley que creó las comisiones militares les da esa autoridad al equipo de fiscales, que está liderado por el Brigadier General Mark S. Martins del ejército. Pero el juez puede congelar los procedimientos hasta que el gobierno le permita testificar.

En la corte, hace varias semanas, uno de los fiscales, Clayton Trivett, reconoció que la identidad del intérprete había sido hecha pública. Pero dijo que el hombre y su familia estarían en peligro incluso si testificaba de manera anónima, detrás de una pantalla, con distorsión de voz, en la sala de audiencia, donde no se permiten grabaciones. El nombre del intérprete se ha vuelto secreto clasificado.

El New York Times ha decidido no identificar el nombre del traductor en este artículo. Los esfuerzos por contactarlo fracasaron.

Como para casi todos los lingüistas en Guantánamo, el inglés es su segundo idioma y habla con algo de acento. Pero, argumentó el fiscal, un agente de inteligencia extranjera que de algún modo haya oído el testimonio podría encontrarlo.

Anne FitzGerald, investigadora en Amnesty International en Londres, que vio el incidente del traductor en la corte de Guantánamo en 2015, dijo que el “tira y afloje” respecto de este testimonio “era una suerte de metáfora de todo el proceso”, que se ha estirado durante años, con pocas señales de que llegue a una conclusión en poco tiempo.

“En primer lugar fue tan raro que apareciera allí,” dijo FitzGerald. “O se trató de una falta de atención enorme por parte de alguien, o no. Por lo tanto, es igualmente extraño que se hayan tomado cuatro años para decidir qué hacer al respecto”.

Como muestra de la lentitud del caso, desde el 2015 el portfolio de FitzGerald de Amnesty International ha dejado de investigar contraterrorismo para investigar la violencia de armas de fuego.


 

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