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El Mundo no Puede Esperar organiza a las personas que viven en Estados Unidos para repudiar y parar el rumbo fascista iniciado durante el régimen de Bush y evidenciado en las ocupaciones asesinas, injustas e ilegítimas de Irak y Afganistán; la “guerra de terror” global de tortura, rendición extraordinaria y espionaje; y la cultura de discriminación, intolerancia y avaricia. A ese rumbo no le darán marcha atrás los líderes que nos instan a buscar puntos en común con fascistas, fanáticos religiosos e imperio. Solo es posible si la población forja una comunidad de resistencia –un movimiento independiente de grandes cantidades de personas—que, actuando en pro de los intereses de la humanidad, pone fin a dichos crímenes y demanda que se procese a los responsables por ellos.



Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

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Irak en fragmentos

Dahr Jamail
Foreign Policy In Focus
18 de abril de 2009

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

“De qué serán capaces los hombres con tal de cumplir, hasta su límite más extremo, los ritos de una autoadoración colectiva que los llene de un sentido de rectitud y de complaciente satisfacción en medio de los crímenes y las injusticias más horribles.”

Thomas Merton, Love and Living

El miércoles 25 de marzo el general de división de ejército estadounidense David Perkins dijo [1] a los periodistas en Bagdad refiriéndose a la frecuencia con la que el ejército estadounidense era atacado en Irak: “Los ataques están en su momento más bajo desde agosto de 2003”. Perkins añadió: “En el peor momento de la violencia hubo 1.250 ataques a la semana; ahora a veces hay menos de 100 a la semana”.

Mientras que su retórica alimentaba los titulares de algunos de los principales medios estadounidenses, servía de poco consuelo a las familias de los 28 iraquíes muertos al día siguiente en ataques por todo Irak. Tampoco trajo consuelo a los familiares de los 27 iraquíes asesinados en el ataque suicida del 23 de marzo o a aquellos que sobrevivieron ese mismo día a otro ataque suicida en una estación de autobús de Baghdad que mató a nueve iraquíes.

Antes de irme de Irak experimenté lo que es vivir en Bagdad donde la gente muere a diario de muerte violenta. Casi cada día del mes que pasé allí vi un atentado con coche bomba en alguna parte de la ciudad. Casi cada día la llamada Zona Verde fue bombardeada con mortero. Cada día hubo secuestros. Los días buenos hubo cuatro horas de electricidad en la red nacional en un país que entra ahora en su séptimo año de ocupación por parte del ejército estadounidense y en el que en este momento hay 200.000 contratistas privados.

Al volver a casa experimenté el desfase entre la realidad vivida por unos 25 millones de iraquíes y la surrealista experiencia de vivir en Estados Unidos donde la mayoría de los medios de comunicación o bien aparentan que la ocupación de Irak no está ocurriendo o bien utilizan el criterio del descenso de muertes entre el personal militar estadounidense como baremo del éxito. En palabras del general de división Perkins, “si se miran las muertes de militares, que es un indicador de violencia y mortalidad ahí, las muertes estadounidenses en combate están en su nivel más bajo desde que empezó la guerra hace seis años”. Pero es una medida menos útil si se mira el más amplio cuadro dentro de Irak: la actual masacre diaria de iraquíes, la casi total falta de infraestructura funcional, el hecho de que uno de cada seis iraquíes siga estando desplazado de su hogar o que al menos 1.200.000 iraquíes hayan muerto a consecuencia de la invasión y ocupación de su país dirigidas por Estados Unidos.

Setenta y dos meses de ocupación con más de 607.000 millones de dólares gastados en la guerra (según cálculos conservadores) han tenido como resultado 2.200.000 iraquíes desplazados internos, 2.700.000 refugiados, 2.615 profesores, científicos y médicos asesinados a sangre fría y 338 periodistas muertos. Al actual gobierno iraquí se le ha perdido más de 13.000 millones de dólares y se necesitan otros 400.000 millones de dólares para reconstruir la infraestructura iraquí. El paro oscila entre el 25% y el 70%, dependiendo del mes. Hay 24 coches bomba al mes, 10.000 casos de cólera al año, 4.261 soldados estadounidenses muertos y más de 70.000 soldados [estadounidenses] heridos física o psicológicamente.

En Bagdad no hay una vida normal. Aunque es apropiado y técnicamente correcto afirmar que hay menos violencia en comparación con 2006 cuando entre 100 y 300 iraquíes eran asesinados al día, Irak se parece más que nunca a un Estado policial. Patrullas estadounidenses formadas por descomunales y torpes vehículos blindados circulan con estruendo por las calles congestionadas de tráfico. Es imposible circular más de cinco minutos sin tropezar con una patrulla militar o de policía iraquí formada generalmente por camiones pickup abarrotadas de hombres armados y que hacen resonar las bocinas o las alarmas. Mujeres y niños mendigos deambulan entre los coches en cada cruce. Los helicópteros militares estadounidenses vuelan con estruendo sobre las cabezas y es frecuente el ruido de los aviones de combate o de transporte. No se habla de indemnizaciones a los iraquíes por la muerte, la destrucción y el caos causados por la ocupación.

Los barrios, segregados de forma generalizada entre sunníes y chiíes a consecuencia de la llamada estrategia de la “oleada”, ofrecen una flagrante visión de la balcanización de Irak. Barrios en los que viven 300.000 personas están completamente rodeados de muros de 10 pies de altura de hormigón que hacen imposible una vida normal. En los iraquíes pesa mucho el miedo a que resurja la violencia ya que la actual llamada calma en la violencia parece endeble, inestable y posiblemente fugaz. Nadie puede predecir el futuro y la esperanza de que algún aspecto de la vida mejore de manera continua parece ingenua, e incluso peligrosa.

El título de la película “Irak en fragmentos”, de James Longley, nominada al Oscar 2007 al mejor documental, es lo que mejor describe al Irak de hoy. El país ha sido destruido por décadas de política estadounidense que ha acosado a los iraquíes. Si miramos a los años ochenta, vemos al gobierno estadounidense apoyando tanto a Irak como a Irán durante su horrible guerra de ocho años. En 1991 vemos la guerra de George H. W. Bush contra Irak y su supervisión, la de Clinton y la de George W. Bush de los 12 años y medio de genocidas sanciones económicas que mataron a medio millón de niños iraquíes. Hoy, bajo el presidente Barack Obama, lo que queda de Irak arde entre ruinas sin que se vea un final real de la ocupación.

Todo lo que se ha hablado últimamente sobre la retirada de Irak está lleno de retórica vacía para la mayoría de los iraquíes, que ven las gigantes bases militares estadounidenses “duraderas” esparcidas por todo su país o la “embajada” estadounidenses en Bagdad, que tiene las mismas dimensiones que el Vaticano. El abismo entre la retórica de la retirada y la realidad sobre el terreno abarca la distancia que hay entre Irak y Estados Unidos, mientras que la realidad sobre el terreno está impresa en los rostros del pueblo iraquí cada día que continúa la ocupación.

Dahr Jamail ha informado desde Irak y es autor de Beyond the Green Zone. Escribe para Inter Press Service, The Asia Times y colabora Foreign Policy In Focus.

Enlace con el original: http://www.fpif.org/fpiftxt/6028


 

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