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La nación africana occidental se convierte en el octavo país, en los últimos cuatro años, en el que Occidente mata musulmanes

El bombardeo de Mali destaca todas las lecciones del intervencionismo occidental

Glenn Greenwald
ICH/The Guardian
16 de enero de 2013

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Mientras los aviones de guerra franceses bombardean Mali, hay una simple estadística que suministra el contexto clave: esa nación africana occidental de 15 millones de habitantes es el octavo país en el que las potencias occidentales –solo en los últimos cuatro años– han bombardeado y matado musulmanes después de Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen, Libia, Somalia y las Filipinas (sin contar las numerosas tiranías letales sostenidas por Occidente en esa región). Por razones obvias, la retórica de que Occidente no está en guerra con el mundo islámico suena cada vez más falsa con cada nueva expansión de este militarismo. Pero dentro de esta masiva campaña de bombardeo, se ve que la mayor parte de las lecciones vitales sobre la intervención occidental se ignoran tenazmente.

Primero: como deja en claro el informe del New York Times de esta mañana, gran parte de la inestabilidad de Mali es el resultado directo de la intervención de la OTAN en Libia. Específicamente, “combatientes islamistas fuertemente armados, aguerridos, volvieron del combate de Libia” y “el considerable armamento proveniente de Libia y los diferentes combatientes islámicos que volvieron” causaron el colapso del gobierno central apoyado por EE.UU. Como escribió esta mañana Owen Jones en una excelente columna en el Independent:

    Esta intervención es en sí la consecuencia de otra. La guerra de Libia se ensalza frecuentemente como un éxito del intervencionismo liberal. Pero el derrocamiento de la dictadura de Muamar Gadafi tuvo consecuencias que probablemente los servicios de inteligencia occidentales nunca se preocuparon de imaginar. Los tuaregs –que tradicionalmente procedían del norte de Mali– componían una gran parte de su ejército. Cuando echaron a Gadafi del poder volvieron a su patria; a veces por la fuerza ya que en la Libia post Gadafi atacaban a los africanos negros, un hecho embarazoso que fue ignorado en gran parte por los medios occidentales… La guerra de Libia se consideró un éxito… y aquí estamos enfrentando esta catastrófica consecuencia”.

Una y otra vez, una intervención occidental termina –por ineptitud o intencionalmente– sembrando las semillas de otra intervención. En vista de la masiva inestabilidad que sigue afectando a Libia así como la duradera indignación por el ataque en Bengasi, ¿cuánto tardaremos en oír que los bombardeos e invasiones en ese país son –otra vez– necesarios para combatir a las fuerzas “islamistas” que han tomado el poder del país: fuerzas empoderadas como resultado del derrocamiento por la OTAN del gobierno de ese país?

Segundo: el derrocamiento del gobierno malí fue posibilitado por desertores entrenados y armados por EE.UU. Según New York Times: “comandantes de las unidades de elite del ejército de esa nación, fruto de años de cuidadoso entrenamiento estadounidense, desertaron cuando eran más necesarios trasladando sus armas, camiones y nuevas capacidades al bando enemigo en el entusiasmo de la guerra, según altos oficiales malíes.” Y luego: “un oficial entrenado por EE.UU. derrocó al gobierno elegido de Mali, preparando la escena para que más de la mitad del país cayera en manos de los extremistas islámicos”.

En otras palabras, Occidente vuelve a la guerra contra fuerzas que entrenó, financió y armó. Nadie supera a EE.UU. y sus aliados en la creación de sus propios enemigos, asegurando así una situación de guerra interminable. Donde EE.UU. no encuentra enemigos que combatir, simplemente los crea.

Tercero: el bombardeo occidental de musulmanes en otro país más provocará evidentemente aún más sentimiento antioccidental, el alimento del terrorismo. Como informa el Guardian, los aviones de caza jet franceses ya han matado “por lo menos  a 11 civiles, incluidos tres niños”. La larga historia de la colonización francesa en Mali solo exacerba la inevitable indignación. En diciembre, después de que el Consejo de Seguridad de la ONU autorizara la intervención en Mali, el investigador de Amnistía Internacional sobre Mali, Salvatore Saguès, advirtió: “Es probable que una intervención armada internacional aumente la escala de violaciones de los derechos humanos que ya vemos en este conflicto”.

Como siempre, los gobiernos occidentales conocen perfectamente las consecuencias y proceden a pesar de todo. El NYT señala que la campaña de bombardeo francesa se lanzó “a pesar de las advertencias estadounidenses de que un ataque occidental al bastión islamista podría movilizar a yihadistas de todo el mundo y provocar ataques terroristas hasta en sitios tan alejados como Europa”. Por cierto, al mismo tiempo que los franceses están matando civiles en Mali, una incursión conjunta franco-estadounidense en Somalia causó las muertes de “por lo menos ocho civiles, incluidas dos mujeres y dos niños”.

Creer que EE.UU. y sus aliados pueden simplemente seguir yendo por el mundo, de país en país, bombardeando y matando gente inocente –musulmanes– y no ser objeto de ataques “terroristas” es, por razones obvias, demencial. Como dijo a Jones el profesor de la Universidad Bradford Paul Rogers, el bombardeo de Mali “se presentará como ‘un ejemplo más de un ataque contra el Islam’”. Cualquier esperanza que pueda existir de acabar con la “guerra contra el terror” es destruida sistemáticamente por las continuas agresiones.

Cuarto: A pesar de toda la retórica autolaudatoria que las democracias occidentales tienen el placer de aplicarse, es extraordinario cómo se libran estas guerras sin ninguna pretensión de un proceso democrático. Sobre la participación del gobierno británico en el ataque militar a Mali Jones señala que “es inquietante –por decir lo menos– la forma en que Cameron ha llevado a Gran Bretaña al conflicto de Mali sin molestarse siquiera en fingir una consulta”. Del mismo modo el Washington Post de esta mañana informa de que el presidente Obama ha reconocido después de los hechos que los jets de combate estadounidenses entraron en el espacio aéreo somalí como parte de la operación francesa en ese país; el Post lo llamó “un raro reconocimiento público de operaciones de combate estadounidenses en el Cuerno de África” y describió el secreto antidemocrático que generalmente rodea las acciones bélicas de EE.UU. en la región:

    “Los militares de EE.UU. han instalado un número creciente de aviones no tripulados armados Predator así como jets de combate F-15 en Camp Lemonnier, que ha llegado a ser una instalación clave de las operaciones secretas de contraterrorismo en Somalia y Yemen. El funcionario de la defensa se negó a identificar los aviones utilizados en el intento de rescate pero dijo que fueron jets de combate, no aviones no tripulados…

    “No quedó claro, sin embargo, por qué Obama se sintió obligado a revelar esta operación en particular cuando ha mantenido silencio sobre otras misiones específicas de combate de EE.UU. en Somalia. El domingo por la noche los portavoces de la Casa Blanca y del Pentágono se negaron a entrar en detalles o a responder preguntas”.

El gobierno de Obama ha envuelto, por cierto, toda la campaña de aviones no tripulados y asesinatos globales en un manto impenetrable de secreto, asegurándose de que se mantenga más allá del alcance escudriñador de los medios noticiosos, tribunales y sus propios ciudadanos. EE.UU. y sus aliados occidentales no solo libran una guerra interminable que apunta invariablemente a los musulmanes, sino que además lo hacen en un secreto prácticamente total, sin ninguna transparencia ni rendimiento de cuentas. Un ejemplo de “democracia” occidental.

Finalmente, la propaganda utilizada para justificar todo esto es deprimentemente común pero terriblemente efectiva. Cualquier gobierno occidental que quiera bombardear musulmanes simplemente les coloca la etiqueta de “terroristas” y todo debate real o evaluación crítica acaba antes de empezar. “El presidente está totalmente convencido de que debemos erradicar a esos terroristas que amenazan la seguridad de Mali, de nuestro propio país y de Europa”, proclamó el ministro de Defensa francés Jean-Yves Le Drian.

Como de costumbre, el simplista guión caricaturesco deforma la realidad más de lo que la describe. No cabe duda de que los rebeldes de Mali han realizado todo tipo de abominables atrocidades (“amputaciones, azotamiento y lapidación de los que se oponen a su interpretación del Islam”) pero lo mismo han hecho las fuerzas gubernamentales de Mali – incluyendo, como señaló Amnistía, el arresto, la tortura y la matanza de tuaregs al parecer solo por su carácter étnico”. Como advierte acertadamente Jones: “no os dejéis engañar por una narrativa impuesta tan a menudo por los medios occidentales: una perversa sobre-simplificación del bien combatiendo al mal, como lo hemos visto en el caso de la brutal guerra civil en Siria”.

Es posible que el bombardeo francés de Mali incluya algún tipo de participación de EE.UU. y así ilustra cada lección de intervención occidental. La “guerra contra el terror” es una guerra que se autoperpetúa precisamente porque engendra interminablemente sus propios enemigos y provee el combustible para asegurar que el fuego continúe sin fin. Pero la propaganda basada en eslóganes utilizada para justificarla es tan barata y fácil – ¡Debemos matar a los terroristas! – que cuesta ver qué terminará por causar su fin. El miedo cegador –no solo de la violencia, sino del Otro– que ha sido exitosamente implantado en las mentes de muchos ciudadanos occidentales es tan fuerte que esa única, vacua palabra (Terroristas), por sí sola, basta para generar un apoyo incondicional para cualquier cosa que sus gobiernos hagan en su nombre, no importa cuán secreto o carente de cualquier evidencia que sea.

Glenn Greenwald es un exabogado constitucionalista estadounidense, columnista, bloguero y escritor. Greenwald trabajó como abogado especializado en derechos civiles y constitucionales antes de convertirse en un colaborador de Salon.com, donde se centró en el análisis de temas políticos y jurídicos. Ha colaborado también con otros periódicos y revistas de información política como The New York Times, Los Angeles Times, The Guardian, The American Conservative, The National Interest e In These Times. En agosto de 2012, dejó Salon para colaborar con The Guardian.

© 2013 Guardian News and Media Limited

Fuente: http://www.informationclearinghouse.info/article33611.htm


 

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