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21 de agosto de 2015

El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.



Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

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Spencer Ackerman: La crisis en Afganistán es resultado directo de décadas de guerra y desestabilización por parte de EE.UU.

Democracy NOW!
20 DE AGOSTO DE 2021


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Mientras miles de personas siguen intentando huir de Afganistán tras la llegada de los talibanes al poder, analizamos las raíces de la guerra estadounidense más larga de la historia y dedicamos el programa de hoy a conversar con Spencer Ackerman, periodista especializado en seguridad nacional y ganador del premio Pulitzer. “Esta no es la alternativa a la guerra en Afganistán; es el resultado de la guerra en Afganistán”, dice Ackerman. Su nuevo libro, “Reign of Terror: How the 9/11 Era Desestabilized America and Produced Trump” (El reino del terror: Cómo la era del 11-S desestabilizó EE.UU. y creo a Trump), se basa en parte en su cobertura periodística de Afganistán, Irak y Guantánamo.


Transcripción

Esta transcripción es un borrador que puede estar sujeto a cambios.

AMY GOODMAN: Esto es Democracy Now!, democracynow.org, el informativo de guerra y paz. Soy Amy Goodman.

La ONU ha instado a los países vecinos de Afganistán a mantener sus fronteras abiertas mientras miles de afganos intentan huir por tierra o por aire, luego de que los talibanes tomaran control del país el 15 de agosto en vísperas de la retirada de las tropas estadounidenses. Esa misma semana, el presidente Biden defendió su decisión de retirar las tropas como parte de un acuerdo alcanzado entre el Gobierno de Trump y los talibanes.

    PRESIDENTE JOE BIDEN: Cuántas generaciones más de hijas e hijos de EE.UU. quisieran que envíe a combatir la guerra civil de Afganistán mientras los soldados afganos no están dispuestos a hacerlo? ¿Cuántas más vidas estadounidenses vale la pena perder? ¿Cuántas filas interminables de lápidas en el Cementerio Nacional de Arlington? Mi respuesta es clara: no voy a repetir los errores que hemos cometido en el pasado.

AMY GOODMAN: Pasamos ahora a analizar los orígenes de la que se convirtió en la guerra más larga de EE.UU. EE.UU. invadió Afganistán el 7 de octubre de 2001, menos de un mes después de los ataques de al-Qaeda contra el World Trade Center y el Pentágono. A los pocos días de iniciados los bombardeos de EE.UU. en Afganistán los talibanes ofrecieron entregar a Osama bin Laden, el líder de al-Qaeda, pero el Gobierno de Bush rechazó cualquier negociación con los talibanes. Ari Fleischer, el secretario de Prensa de la Casa Blanca de Bush, respondió así a una pregunta al respecto en octubre de 2001.

    REPORTERO: ¿Se atrevería a afirmar que no importa qué digan los talibanes en este momento ya que eso no cambiará nada? ¿El Gobierno está ignorando sus mensajes, sean los que sean?

    SECRETARIO DE PRENSA ARI FLEISCHER: El presidente no pudo haber sido más claro hace dos semanas cuando dijo que no habría ninguna conversación ni negociación. Y lo que digan no es tan importante como lo que hagan. Así que es hora de que actúen, porque ya han tenido tiempo de hacerlo.

AMY GOODMAN: En diciembre de 2001, solo dos meses después, los talibanes ofrecieron entregar el control de Kandahar a cambio de que a su líder, el mulá Mohammed Omar, se le permitiera “vivir con dignidad” bajo custodia de la oposición. El secretario de Defensa de EE.UU. Donald Rumsfeld rechazó la oferta.

    SECRETARIO DE DEFENSA DONALD RUMSFELD: Si la pregunta es si un acuerdo con Omar, según el cual él pueda “vivir con dignidad” en el área de Kandahar u otro lugar de Afganistán, es coherente con lo que ya he dicho, la respuesta es no, no sería coherente con lo que he dicho.

AMY GOODMAN: Ese era Donald Rumsfeld hablando el 6 de diciembre de 2001. La guerra de EE.UU. en Afganistán continuaría durante casi 20 años más. Según el proyecto de investigación Costs of War, EE.UU. ha gastado más de 2,2 billones de dólares en Afganistán y Pakistán. Su estimación es que al menos 71.000 civiles afganos y paquistaníes han muerto debido al conflicto. Afganistán se enfrenta ahora a una profunda crisis humanitaria, y los talibanes han vuelto al poder. Aunque el mulá Mohammed Omar murió en 2013, su cuñado, el mulá Abdul Ghani Barádar, parece estar ad portas de convertirse en el nuevo presidente de Afganistán.

En el programa de hoy tenemos como invitado al periodista Spencer Ackerman, ganador del premio Pulitzer, autor del nuevo libro “El reino del terror”, donde argumenta que el 11-S y que lo que después desestabilizó a EE.UU. y creó a Trump. El libro se basa en parte en su trabajo periodístico sobre Afganistán, Irak y Guantánamo.

Spencer, es un placer tenerlo de nuevo en el programa. Felicidades por su libro. Al mismo tiempo que hablamos con usted estamos viendo como Kabul se sume en el caos, con miles de afganos, estadounidenses y personas de otras nacionalidades intentando huir de Afganistán. Los talibanes han tomado el control del país. Para iniciar, vayamos atrás 20 años, pero no me referiré a ello como “el comienzo”, pues [la intervención estadounidense] se remonta a mucho más atrás. Hable sobre ese momento en que EE.UU. comenzó a bombardear y a ocupar Afganistán, cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE.UU. lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas.

SPENCER ACKERMAN: Ese fue un aspecto central de los inicios de la guerra contra el terrorismo y un presagio de cuáles serían sus implicaciones. Una vez que aceptamos el planteamiento que ofreció Bush de una guerra contra el terrorismo, nos vimos enfrascados en una lucha no solo contra al-Qaeda, el grupo responsable de los ataques del 11-S, sino en una lucha mucho más amplia contra un enemigo que cualquier presidente podría redefinir a su voluntad y plantarlo en el imaginario colectivo, valiéndose del discurso de un desafío civilizacional para EE.UU. en un futuro, un desafío que ponía en riesgo al país en sí mismo.

Hablemos sobre lo que ocurrió en ese momento en Kandahar. La Alianza del Norte, aliada de EE.UU., había expulsado a los talibanes de Kabul. El Emirato Islámico de Afganistán había caído, después de cinco a seis años en el poder, y reconocieron, tras una última batalla que intentaron librar en Kandahar y que no salió como esperaban, que el fin estaba cerca para ellos. Los talibanes le propusieron a Hamid Karzai, a quien EE.UU. designó como líder de Afganistán en la era postalibán, que siempre y cuando el mulá Omar pudiera vivir en una especie de arresto domiciliario, es decir, que no lo mataran ni que lo sometieran a juicio, ellos estarían dispuestos a entablar negociaciones sobre cuál podría ser su papel en un Afganistán postalibán. Algo así como un acuerdo político.

Karzai, a pesar de todos sus defectos, en los que EE.UU. contribuyó para luego criticarlo durante los años siguientes, conocía la historia afgana y reconoció que, a menos que hubiera algún tipo de futuro político para los talibanes, estos optarían por un futuro violento. Y ellos tenían una capacidad comprobada no solo para librar una insurgencia, sino para ganarla. Así que Karzai aceptó el trato.

Fue entonces cuando el Gobierno de Bush dijo que tal acuerdo era inaceptable, no para los afganos, sino para un EE.UU. que se atribuyó el poder, como lo ha hecho tan a menudo a través de su historia en muchas partes del mundo, de decirle a los afganos cómo iban a ser el futuro de su país. Todo lo que pasó en los siguientes 20 años de guerra ha contribuido, tal vez no de manera lineal, sino en una especie de descenso nauseabundo, al horror abyecto que hemos visto en el aeropuerto de Kabul: la gente desesperada por huir, al punto de aferrarse a aviones de carga C-17 y morir en la caída. Esta no es la alternativa a combatir en Afganistán; es el resultado de combatir en Afganistán.

AMY GOODMAN: Quiero pedirle que vaya aún más atrás, a los muyahidines respaldados por EE.UU. y a Osama bin Laden, también respaldado por EE.UU. Hable sobre lo que sucedió cuando EE.UU. decidió financiar a los muyahidines en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán y cómo los muyahidines volvieron sus armas, armas estadounidenses, contra EE.UU., así como del surgimiento de los talibanes a partir de eso.

SPENCER ACKERMAN: Sí, es importante porque una objeción a esto siempre va a ser que nosotros caracterizamos a los muyahidines afganos de los 80 como los talibanes. Pero ellos no eran los talibanes. Ellos fueron los precursores de los talibanes.

Lo qué pasó en la década de 1980 fue que la Unión Soviética invadió Afganistán y EE.UU. vio una oportunidad para infligir una derrota a la Unión Soviética, su gran adversario geopolítico. Una derrota tan humillante y tan devastadora psicológicamente como la que EE.UU. sufrió en Vietnam por su propia soberbia imperialista. En el transcurso de los siguientes 10 años, EE.UU. y los servicios de Inteligencia pakistaníes y saudíes financiaron y dotaron de armamento a extremistas islámicos, rebeldes provenientes de Pakistán, entre ellos alguien que se convertiría en una figura profundamente familiar como aliado de los talibanes: Gulbuddin Hekmatyar, una persona particularmente brutal. A lo largo de la década de 1980, ellos infligieron daños importantes a los soviéticos, e hicieron que la ocupación, la brutal ocupación brutal soviética, fuera cada vez más violenta y prolongada, hasta que eventualmente los soviéticos se retiraron y, un par de años después, el régimen instalado por los soviéticos colapsó, de la misma manera en que estamos viendo colapsar el régimen que EE.UU. instaló.

El caos y la guerra civil subsiguientes fueron devastadores para Afganistán. Y de esas cenizas surgieron los talibanes, un grupo extremista que utilizó mecanismos extremos de sufrimiento y represión contra un pueblo, el afgano, con una larga historia de sufrimiento. Algo que EE.UU. nunca reconoció a lo largo de todo este período fue su propia responsabilidad en la desestabilización de Afganistán, no simplemente como una consecuencia de la lucha contra la Unión Soviética. Ese era el costo del enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética, que todo un país, millones de personas, sufriera tremendamente, que fueran tratados como títeres de EE.UU., que sus aspiraciones, sus deseos de libertad y estabilidad, en el fondo, no eran importantes para EE.UU., como tampoco lo eran para la Unión Soviética.

Los talibanes tomaron el poder gracias al caos que resultó de todo eso. Ellos le dieron protección a Osama bin Laden. Pero no eran lo mismo que al-Qaeda. Y, después del 11 de septiembre, EE.UU. decidió que no había una distinción relevante entre al-Qaeda, los talibanes y lo que ellos denominaron “grupos terroristas de alcance global”. Básicamente, esto significa que a pesar de que la versión asentada de las políticas del Gobierno de Bush ya incluía un concepto extremadamente expansivo sobre quién podía ser un objetivo, desde grupos terroristas como al-Qaeda hasta regímenes enteros —de hecho el subsecretario de Defensa de Bush, Paul Wolfowitz, habló justo después de los atentados del 11-S sobre “terminar con Estados”—, en el sentido político y periodístico más amplio, y en el concepto popular, el enemigo podría ser todo o casi todo el Islam. A partir de ahí la población pasó a temer, de manera bastante inmediata, a los musulmanes estadounidenses, pasó a temer a sus vecinos. Pensaban que sus vecinos eran una amenaza, no toda la maquinaría bélica y la represión.

AMY GOODMAN: Spencer, algo que no ha tenido mucha cobertura en los medios es que, a medida que los talibanes tomaban control de Afganistán en las últimas semanas, también ejecutaron a un hombre clave que se encontraba en prisión: Abu Omar Khorasani, el exlíder del Estado Islámico en el sur de Asia. ¿Qué nos puede decir al respecto?

SPENCER ACKERMAN: Sí. Es una situación muy compleja que ha surgido en los últimos dos años de negociaciones entre EE.UU. y los talibanes, las cuales considero, en gran parte, negociaciones extraoficiales. No debería decir “extraoficiales”. Para ser un poco más específico, se realizaron sin autorización, hasta que fueron autorizadas. Fue algo así como una labor independiente de un coronel retirado del Ejército de EE.UU., Chris Kolenda, y de una exembajadora estadounidense en Pakistán llamada Robin Raphel.

Lo que descubrieron en sus conversaciones con líderes talibanes en Doha fue que los talibanes estaban bastante preocupados por la creciente presencia de una célula del Estado Islámico en Afganistán, que se autodenominó, o que EE.UU. denominó, Estado Islámico de Jorasán, o ISIS-K. En esencia, los talibanes temían una especie de nueva generación de entidades insurgentes extremistas que usarían la justificación del Islam dentro de Afganistán. Un temor bien fundamentado, se podría decir, dada la forma en que ISIS luchó y desplazó a al-Qaeda, la organización y entidad de la cual había surgido. Durante los últimos dos años vimos incluso, y sobre esto hubo un excelente reportaje realizado por Wesley Morgan, que los talibanes han sido los beneficiarios de los ataques aéreos de EE.UU. contra ISIS-K, al punto de parecer que… en realidad nunca llegaron a establecer una especie de modus vivendi [con EE.UU.] en que dijeran: “¿Saben qué? De hecho, tenemos un enemigo en común”. Pero esa era una dinámica a la que tanto los talibanes como EE.UU., particularmente los miembros más pragmáticos del Ejército de EE.UU., eran receptivos. Los talibanes veían a ISIS no como una nueva vertiente de al-Qaeda a la que había que patrocinar y permitirle un escenario para atacar a EE.UU. o a sus aliados o a sus intereses, etc., sino como un enemigo al que había que enfrentar, un enemigo al cual había que dominar y derrotar. Y cuando escuchamos todos estos comentarios apresurados sobre la necesidad de regresar a la guerra en Afganistán para que no se convierta en un escenario para más ataques contra EE.UU., vemos que no se ha captado aún o no se ha comprendido del todo ni se ha confrontado el hecho de que los talibanes están mostrando señales muy tempranas de ver a ISIS como una amenaza.

AMY GOODMAN: A Abu Omar Khorasani lo mataron. Lo ejecutaron, lo sacaron de una prisión en Kabul ese último día, el domingo 15 de agosto, mientras tomaban el control del país. Spencer Ackerman, hable sobre cómo influyeron la guerra y la ocupación estadounidenses, la brutalidad de los ataques aéreos de EE.UU., las torturas en la base de Bagram, las incursiones nocturnas, en la capacidad de los talibanes para reclutar nuevos combatientes.

SPENCER ACKERMAN: EE.UU. tiende a evitar atribuir su brutalidad a cualquiera de las circunstancias que pretende lamentar cuando se manifiestan en el mundo. Afganistán es ciertamente un trágico ejemplo. Tras los ataques del 11-S, las élites políticas, periodísticas e intelectuales de EE.UU., hablando en sentido general, se negaron a reconocer las consecuencias históricas directas, terribles y trágicas de la desestabilización que EE.UU. causó en Afganistán en los 80, a tal punto que, gracias al apoyo de los talibanes a Osama bin Laden en el país, se pudieron planear y llevar a cabo los ataques del 11-S. Hay que resaltar que los ataques no fueron perpetrados por afganos, no provinieron de Afganistán y ni siquiera se planearon en Afganistán. Se planearon en mayor medida en Alemania. Sin embargo, ese fue un presagio inicial de lo que veríamos durante los siguientes 20 años, no solo en Afganistán, sino a lo largo de la guerra contra el terrorismo: una desconexión y una falta de voluntad por parte de EEUU para reconocer que sus acciones violentas e imperialistas dan origen a nuevas generaciones de sus propios enemigos. Eso fue evidente en el momento en que EE.UU. regresó a Afganistán.

A lo largo de la guerra en Afganistán, incluso en momentos en que las campañas de contrainsurgencia, al menos en teoría, servían para vender la idea de que proteger las vidas afganas y la propiedad, entre otras cosas, iba a ser determinante para la guerra, [EE.UU.] nunca actuó de esa manera. Nunca actuó como si la finalidad de la guerra fuera la protección de vidas afganas. Pero sí actuó, más a menudo, de tal forma que no había una distinción entre las vidas afganas y los enemigos afganos. Una de las principales razones de esto es que los ataques contra civiles afganos no eran necesariamente fruto de una decisión específica sino de la falta de capacidad para entender el país, para entender su dinámica y ser conscientes de las complejas relaciones que, de muchas formas, existían entre quienes luchaban junto a los talibanes y los talibanes mismos, o quienes ayudaban a los talibanes bajo amenazas a su propia vida o amenazas a su familia, o que simplemente trataban de sobrevivir como lo ha hecho tanta gente a lo largo de tantas guerras, absteniéndose de cometer actos que perjudicaran a los talibanes, porque entendían las consecuencias que podrían padecer. Con el tiempo, todas estas cosas fortalecieron a los talibanes y los convirtieron, una vez más, en una alternativa aparentemente viable a EE.UU.

Por otro lado, la contribución estadounidense, aunque en realidad no fue solo contribución de EE.UU., a la miseria en afganistán se dio a través de la corrupción que siempre se atribuía a los afganos, pero que en gran medida se alimentaba a sí misma. Los supuestos expertos en desarrollo. la ayuda y el dinero para el desarrollo inundaron Afganistán sin tener en consideración lo que una devastada economía como la afgana podía absorber. Parte de ese dinero fue enviado de manera deliberada por la CIA para pagar a los señores de la guerra y asegurarse de que, a la larga, fueran sensibles a los intereses estadounidenses, que a menudo eran intereses violentos e incluían cosas como las acciones del Mando Conjunto de Operaciones Especiales durante la guerra en Afganistán, y en particular de las Fuerzas Especiales del Ejército, cuando irrumpían en las casas de personas sospechosas de ser talibanes o colaboradoras de los talibanes. De nuevo, los talibanes, ni siquiera al-Qaeda, ni siquiera el grupo que atacó a EE.UU., mucho menos el núcleo de al-Qaeda que conspiró, planeó y ejecutó los ataques del 11-S. EE.UU. estaba ahora en una guerra prolongada con quienes una vez dieron refugio y formaron alianza con al-Qaeda, en lugar de con la propia al-Qaeda. EE.UU. era responsable de lo que pasara en Afganistán pero nunca actuó de manera responsable hacia el pueblo afgano.

AMY GOODMAN: Quiero pasar a enero de 2015, durante el mandato de Obama. Un ataque de EE.UU. con aviones no tripulados mató accidentalmente a dos rehenes, un estadounidense y un italiano, en la frontera entre Afganistán y Pakistán. Estas son las palabras del entonces presidente Obama disculpándose por los asesinatos.

    PRESIDENTE BARACK OBAMA: Esta mañana quiero expresar nuestro dolor y condolencias a las familias de dos rehenes: un estadounidense, el Dr. Warren Weinstein, y un italiano, Giovanni Lo Porto, que murieron trágicamente en un operativo de contraterrorismo estadounidense […] Desde el 11 de septiembre, nuestros esfuerzos de contraterrorismo han prevenido ataques terroristas y han salvado vidas inocentes, tanto aquí en EE.UU. como en el resto del mundo. Y esa determinación para proteger vidas inocentes hace que la pérdida de estos dos hombres sea particularmente dolorosa para todos nosotros.

AMY GOODMAN: Ese era el expresidente Obama disculpándose. Spencer, usted ha pasado mucho tiempo en Afganistán. Estuvo “empotrado” con las tropas allí, pero también hizo reportajes de manera independiente. ¿Podría hablar sobre la importancia de ese momento?

SPENCER ACKERMAN: Ese fue un momento significativo. Es la única vez en que Estados Unidos, en particular el presidente de Estados Unidos, no solo reconoció que los ataques con drones han causado la muerte de civiles, sino que se disculpó por ello. Y la razón por la que es un momento tan significativo en su particularidad, tiene que ver con el trabajo que realicé, tanto en mi libro como en una serie de reportajes para The Guardian en 2016, en los que entrevisté principalmente a paquistaníes y yemeníes, que habían sobrevivientes a ataques con drones o que tenían familiares asesinados en ataques con drones. Una de las historias que relato en “El reino del terror” es la de un joven paquistaní llamado Faheem Qureshi.

Faheem Qureshi tenía 13 años cuando Obama lanzó su primer ataque con drones. Los misiles impactaron en la casa de Faheem, donde vivía con su familia. En ese momento estaban reunidos celebrando el regreso de uno de sus parientes que había estado en un exitoso viaje de negocios en los Emiratos Árabes Unidos. Faheem despertó tras 40 días en coma. Tenía quemaduras en la mayor parte de su cuerpo. Había perdido un ojo. Y se enteró de que la mayoría de las personas que mantenían a su familia habían muerto en el ataque, por lo que, al salir del hospital, su responsabilidad inmediata sería la de mantener a su familia, tanto como se lo permitiese su cuerpo destrozado.

Yo hablé con él sobre las dificultades que enfrentó desde el ataque hasta el momento de la entrevista, unos siete años. Entre las experiencias que compartió dijo que había intentado, por medio de las autoridades paquistaníes y de la Embajada de EE.UU., hacer que se reconocieran de alguna manera que lo que le había pasado era algo real, que simplemente no sucedió como un acto de Dios, sino que fue perpetrado por Estados Unidos de América. Nunca lo logró. Lo que sí recibió fue dinero manchado de sangre, una compensación con la que básicamente parecían decirle: “Bueno, esto deberá contar como indemnización y así queda saldada la deuda. No te vamos a ofrecer un reconocimiento público ni mucho menos una disculpa”.

En mis entrevistas escuchaba una y otra vez, no de Faheem, sino de otras personas cuyas vidas cambiaron para siempre debido a ataques con drones, cómo Obama se había disculpado cuando había matado personas blancas, pero nunca cuando los muertos eran gente como ellos. Nunca se disculpó cuando mató a sus seres queridos o cuando las consecuencias de sus actos dejaron a alguien mutilado o en una situación en que tuviera que abandonar su sueño de ser químico para trabajar en lo que pudiera, con la esperanza de que, como [Faheem] me contó, algunos de sus primos más jóvenes y sus hermanos tuvieran la oportunidad de llevar vidas felices y prósperas. Luego le pregunté: “¿Qué piensas sobre Barack Obama?”. Y él respondió: “Si hubiera una lista de tiranos en el mundo, Barack Obama estaría en ella por sus ataques con drones”.

AMY GOODMAN: Spencer Ackerman, vamos a hacer una pausa y regresaremos en un momento. Spencer es el autor de “El reino del terror”, donde argumenta que lo que pasó tras el 11-S desestabilizó a EE.UU. y creó a Trump. Spencer cubre temas de seguridad nacional y publica su boletín electrónico Forever Wars en la plataforma Substack.

Luego de la pausa hablaremos sobre lo que él llama “el reino del terror”. Además, hablaremos sobre el auge del extremismo de derecha en Estados Unidos, algo que todas las agencias de Inteligencia de los Gobiernos de Trump y de Biden han calificado como la principal amenaza terrorista interna, mientras que varios congresistas republicanos ahora dicen que su preocupación más grave es la amenaza de terroristas extranjeros. Quédense con nosotros.


Traducido por Iván Hincapié.
Editado por Igor Moreno Unanua.


 

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