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El árbol que aún florece en Hiroshima

Ariel Dorfman
The New York Times.es
6 de agosto de 2018


El ginkgo echa hojas en otoño. Varios de estos árboles sobrevivieron la bomba atómica de 1945 gracias a sus raíces. Credit MiaZeus/Getty Images

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DURHAM, Carolina del Norte — El 6 de agosto de 1945 Akihiro Takahashi, un estudiante de 14 años, se encontraba en el patio de su colegio en Hiroshima cuando, de repente, se vio envuelto por una luz cegadora y un ruido infernal que lo dejaron inconsciente. Al recobrar los sentidos, se dio cuenta de que había sido arrojado contra un muro a varios metros de distancia: fue por la fuerza de la bomba atómica lanzada contra su ciudad. Sobrevivió solamente gracias a que su escuela estaba a casi dos kilómetros del epicentro.

Aturdido, y cubierto de quemaduras, Akihiro se dirigió al río en busca de agua fría para calmar sus heridas. En el camino, se topó con un paisaje apocalíptico: cadáveres esparcidos como rocas, un bebé que lloraba en brazos de su mamá incinerada, hombres atravesados por astillas de vidrio que deambulaban por las ruinas como fantasmas, con sus ropas calcinadas, y barrios enteros ardiendo. El aire estaba ennegrecido e irrespirable. En un instante, fallecieron alrededor de ochenta mil hombres, mujeres y niños. En los días y meses posteriores al bombardeo murieron decenas de miles más por las heridas y los efectos de la radiación.

Conocí a Takahashi en 1984, cuando él dirigía el Museo de la Paz de Hiroshima. Para entonces era un adulto cuyo cuerpo mostraba todavía las secuelas de ese crimen de guerra. Una de sus orejas estaba mutilada, sus manos se veían retorcidas y de varios dedos emergían uñas negras.

“Debe ver los hibakujumoku, los árboles sobrevivientes”, me dijo —casi me lo ordenó—, después de una larga conversación en su oficina. “Debe ver los gingko”.

Fue la primera vez que yo escuchaba algo acerca de la existencia de este árbol. Con una de sus manos encrespadas, él señaló hacia la ciudad, más allá del museo. Aquellos tres árboles que visité en los templos Hosen-ji y Myojoin-ji y en los jardines Shukkeien eran, en efecto, una maravilla; frondosos y magníficos y empecinados.

Aprendí que el gingko, especie hallada en fósiles que datan de hace 270 millones de años, está hecho para sobrevivir. Estos árboles específicos habían resistido porque sus raíces profundas subterráneas habían librado la aniquilación nuclear. Unos días después de la explosión aún germinaban nuevos brotes, rodeados del horror de cuerpos carbonizados, sobrevivientes que gemían y la lluvia negra y ácida que caía de manera interminable.

Takahashi me dijo que los gingko expresan, más que cualquier palabra que pudiera pronunciar vía un intérprete, la persistencia de la esperanza y la necesidad de que hubiera paz y reconciliación.

De manera que décadas más tarde, cuando los imponentes robles frente a nuestro hogar en Estados Unidos estaban infectados y había que cortarlos, nos pareció natural remplazarlos con árboles gingko. Adquirimos dos especímenes y nosotros mismos los plantamos frente a nuestra casa, y persuadimos al departamento de parques de la ciudad a que le pusieran un tercer árbol al vecino.

Al arrojarnos en forma desenfrenada hacia el porvenir armados de una tecnología arrogante, ¿nos detendremos en algún momento a contemplar las consecuencias?

No se trataba solamente de desafiar a la muerte —aunque esos árboles perdurarían más allá de los robles y vivirían aquí cuando nosotros ya no estuviéramos—, sino que también fue una decisión estética. Los gingko eran elegantes y dúctiles; sus hojas son como delicados lóbulos verdes que se asemejan a pequeños abanicos. Regaba estos retoños milagrosos cada día y los saludaba cada amanecer. En ocasiones les hablaba y les cantaba.

El otro día pensé de nuevo en Akihiro Takahashi. Una madrugada mi esposa y yo encontramos, al despertar, a una cuadrilla de trabajadores que excavaban hoyos gigantes justamente al lado de las raíces de nuestros gingko con el fin de introducir gruesos tubos amarillos de fibra óptica en la tierra. En cuanto vi lo que sucedía me lancé a detener aquella acción. Gracias a la pasión con que me expresé en el castellano que compartía con esos trabajadores, conseguí que cavaran sus zanjas lejos de las raíces. Me aseguré de que no resultaran afectados ninguno de los otros árboles de la calle y regresé a casa para enviar una serie de correos electrónicos a las autoridades de la ciudad para instarles a los inspectores municipales que previnieran similares transgresiones en el futuro.

Nuestros árboles están a salvo, pero me rondan pensamientos más aciagos sobre cómo este gran sobreviviente ahora parece encontrarse amenazado por las depredaciones de la modernidad. Es un conflicto entre la naturaleza en su forma más prístina, lenta y sublime, y las exigencias de una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad científica, se expande en forma supersónica y perfora atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino con tal de lograr comunicaciones más rápidas, eficientes e instantáneas. Es una batalla que la Tierra está perdiendo en la medida en que esta sexta extinción, creada por la humanidad, destroza tierra, mar y aire, y arrasa con plantas y criaturas.

No soy, ni de lejos, un ludita. En esta época de aislacionismo y nacionalismo extremo agradezco las conexiones humanas que facilitan las redes de comunicación global. Por lo menos ofrecen un anticipo de lo que podríamos lograr, de aquella paz y entendimiento entre distintas culturas y naciones con que soñó hace tantos años Takahashi en Hiroshima. Sin embargo, al arrojarnos en forma desenfrenada hacia el porvenir armados de una tecnología arrogante, ¿nos detendremos en algún momento a contemplar las consecuencias? ¿Cuántas especies están desapareciendo a causa la arremetida de nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante de un desarrollo excesivo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad a través de la adquisición del último aparato?

Los gingko de Hiroshima, aquellos tenaces hermanos mayores de los árboles más jóvenes y tiernos que crecen frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir el efecto más devastador de la ciencia y la tecnología —la separación del átomo—, un poder destructivo que puede transformar en escombros todo el planeta. La supervivencia de esos árboles constituye un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación: es posible nutrir la vida y conservarla, pero debemos a la vez recelar de las fuerzas que nosotros mismos hemos desatado.

Cuán paradójico, cuán triste, cuán estúpido sería si, más de siete décadas después de que Hiroshima abrió las compuertas al suicidio factible de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia del pasado, ese llamado al futuro, lo que aún nos susurran las hojas suaves de los gingko.

Ariel Dorfman es autor de la obra teatral "La Muerte y la Doncella", y las novelas “Allegro” y “Darwin’s Ghosts”. Esta columna se publicó originalmente en agosto de 2017


 

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