Noam Chomsky Apoya Paro Estudiantil contra la Guerra durante Discurso en la Universidad de Columbia
Nueva York, 06/02/07: Noam Chomsky habló a un auditorio repleto el Lunes
de noche en la Universidad de Columbia. La velada empezó con una exhibición de una charla del ganador del Premio,
Harold Pinter (ver abajo), donde el escritor hace un duro ataque a la política
externa de los EEUU, y donde critica la falta de un movimiento político organizado
que detenga los crímenes de guerra que están siendo cometidos por el gobierno
de los EUA. Chomsky después respondió
a preguntas del auditorio, donde alertó sobre el peligro de una guerra contra
Irán si no se obliga al Gobierno de Bush a cambiar de curso. También denunció la tortura escandalosa e
ilegal que se lleva a cabo en la Bahía de Guantánamo.
Chomsky también citó la crítica de Pinter a la falta de un movimiento
organizado para que detener las guerras injustas llevadas a cabo por el
gobierno de los EEUU, y en ese contexto dio su apoyo a la Huelga
Universitaria contra la Guerra el 15 de Febrero. La Coalición de Columbia contra la Guerra se juntó a otras
universidades en todo el país llamando al paro ese día, lo que Chomsky calificó
como “un paso hacia esa oposición organizada”, citando la importancia y el
impacto de los paros y protestas estudiantiles durante 1970 contra la guerra en
el Sudeste Asiático.
A medida que el desafío se presenta delante de esta generación, entre
seguir los negocios como siempre o movilizarse para terminar una guerra injusta
y sacar al gobierno del criminal de guerra Bush, las voces como las de Chomsky
y Pinter son importantes para llamar la atención sobre la gravedad de la
situación que tenemos adelante y lo que se debe hacer al respecto.
Harold Pinter: Arte, verdad y política
© FUNDACION NOBEL 2005. Se concede una autorización
general para su publicación en periodicos en cualquier idioma después del 7 de
diciembre de 2005, a las 17,30 (hora de Suecia). La publicación en forma no
resumida en revistas o en libros requiere autorización de la Fundación. En todas
las publicaciones completas o de amplias selecciones se tendrá en cuenta este
aviso de copyright subrayado.
HAROLD PINTER: ARTE, VERDAD, Y
POLÍTICA
En 1958 escribí lo siguiente:
"No hay distinciones
absolutas entre lo que es real y lo que no lo es, ni entre lo que es verdadero y
lo que es falso. Una cosa no es necesariamente o verdadera o falsa; puede ser a
la vez verdadera y falsa."
Creo que estas afirmaciones todavía tienen
sentido y todavía son aplicables a la exploración de la realidad por medio del
arte. Me atengo a lo que allí afirmé en tanto que escritor, pero en tanto que
ciudadano no puedo. En tanto que ciudadano tengo que preguntar: ¿qué es cierto?
¿qué es falso?
En el drama la verdad es perpetuamente escurridiza. Nunca
se encuentra del todo, pero la buscamos de modo compulsivo. Es un empeño
claramente guiado por la búsqueda en sí. Nuestra tarea es buscar. Lo que suele
suceder es que damos con la verdad por casualidad, a tientas en la oscuridad,
chocando con ella, o viendo una imagen fugaz o una forma que parece
corresponderse con la verdad, a veces sin que ni siquiera nos demos cuenta de
ello. Pero la auténtica verdad es que nunca existe tal cosa – que en arte
dramático se pueda hallar una única verdad. Hay muchas. Estas verdades se
desafían unas a otras, retroceden unas ante otras, se reflejan, se ignoran, se
provocan, o son ciegas unas para otras. A veces nos parece que tenemos la verdad
de un momento en la mano, y entonces se nos escurre de entre los dedos y se
pierde.
Me han preguntado muchas veces de dónde salen mis obras de
teatro. No lo sé decir. Tampoco puedo nunca resumirlas, como no sea para decir
que sucedía tal cosa. Eso es lo que decían. Esto es lo que hacían.
La
mayoría de las piezas se engendran a partir de una línea, una palabra o una
imagen. Muchas veces una determinada palabra va seguida al poco tiempo por la
imagen. Pondré dos ejemplos de dos líneas que me vinieron de golpe a la cabeza,
seguidas por una imagen, y seguidas por mí.
Las obras son El retorno al
hogar (The Homecoming) y Viejos tiempos (Old Times). La primera línea de El
retorno al hogar es "Qué has hecho con las tijeras?". La primera línea de Viejos
tiempos es "Oscuro."
No tenía más información en ninguno de los dos
casos.
En el primer caso, alguien obviamente estaba buscando unas tijeras
y le preguntaba por su paradero a alguien que sospechaba las podía haber robado.
Pero de alguna manera sabía yo que a la persona a quien hablaba no le importaban
un bledo ni las tijeras ni tampoco la persona que preguntaba.
"Oscuro" lo
tomé como la descripción del cabello de alguien, el cabello de una mujer, y era
la respuesta a una pregunta. En los dos casos me ví obligado a desarrollar más
el asunto. Esto sucedió de modo visual, un fundido muy lento, pasando de la
sombra a la luz.
Siempre empiezo una pieza llamando a los personajes A, B
y C.
En la pieza que acabó siendo El retorno al hogar ví a un hombre
entrar en una habitación desoladora y hacerle esta pregunta a un hombre más
joven sentado en un sofá feo, leyendo un periódico deportivo. En cierto modo
sospechaba que A era el padre y B era su hijo, pero no tenía pruebas. Esto se
confirmó poco después, sin embargo, cuando B (que luego sería Lenny) le dice a A
(más tarde Max), "Papá, ¿te importa si cambio de tema? Quiero preguntarte una
cosa. La cena que hemos tomado antes, cómo se llama eso? ¿Qué nombre tiene? ¿Por
qué no te compras un perro? Eres un cocinero para perros. En serio. Te parece
que les haces la cena a un montón de perros". Así que si B llama a A "papá", me
parecía razonable suponer que eran padre e hijo. Estaba claro también que A era
el cocinero y que sus guisos no parecían ser muy apreciados. ¿Quería esto decir
que no había madre? No lo sabía. Pero, me dije en su momento, en los comienzos
nunca conocemos a los finales.
"Oscuro". Una ventana grande. Se ve el
cielo a la caída de la tarde. Un hombre A (más tarde sería Deeley) y una mujer,
B (más tarde sería Kate), sentados con bebidas. "¿Gorda o delgada?" pregunta el
hombre. ¿De quién hablan? Pero entonces veo, de pie junto a la ventana, a una
mujer, C (que más tarde sería Anna), con otra iluminación, dándoles la espalda,
con el pelo oscuro.
Es un momento extraño, el momento de crear personajes
que hasta ese momento no han tenido existencia. Lo que sigue es algo caprichoso,
incierto, incluso alucinatorio, aunque a veces puede ser una avalancha
imparable. El autor se encuentra en una posición extraña. En cierto sentido sus
personajes no le dan la bienvenida. Se le resisten, no es fácil convivir con
ellos, son imposibles de definir. Por supuesto no se les puede dictar nada.
Hasta cierto punto, juegas un juego interminable con ellos, al gato y al ratón,
a la gallina ciega, al escondite. Pero al fin te das cuenta de que tienes entre
manos a gente de carne y hueso, gente con voluntad y sensibilidad propia e
individual, compuesta de partes imposibles de cambiar, manipular o
distorsionar.
Así pues, la lengua en el arte sigue siendo una transacción
muy ambigua, arenas movedizas, un trampolín, un estanque helado que podría ceder
bajo tu peso, el del autor, en cualquier momento.
Pero, como he dicho, la
búsqueda de la verdad no puede cesar. No puede aplazarse, no puede postponerse.
Hay que enfrentarse a ella, aquí y ahora.
El teatro político presenta una
serie de problemas enteramente distintos. Hay que evitar a toda costa sermonear.
La objetividad es esencial. Hay que dejar respirar a los personajes. El autor no
puede confinarlos y constreñirlos para satisfacer sus propios gustos, o
disposiciones, o prejuicios. Debe estar dispuesto a acercarse a ellos desde
diversos ángulos, desde una variedad amplia y desinhibida de perspectivas,
alguna vez, quizá, deba cogerlos por sorpresa, pero dándoles sin embargo la
libertad de elegir el camino que quieran. Esto no siempre da resultado. Y la
sátira política, naturalmente, no se atiene a ninguno de estos preceptos; de
hecho hace exactamente lo contrario, que es su propia función.
En mi obra La fiesta de cumpleaños (The Birthday Party) creo que dejo que un abanico amplio
de opciones actúe en un bosque espeso de posibilidades, antes de centrarlas, por
fin, en un acto de subyugación.
La lengua de la montaña (Mountain
Language) no aspira a un abanico tan amplio en su acción. Resulta ser brutal,
breve y fea. Pero a los soldados de la obra sí que les proporciona cierta
diversión. Uno se olvida a veces de que los torturadores se aburren con
facilidad. Necesitan unas pocas risas para mantenerse animados. Esto se ha
confirmado, claro, con los sucesos de Abu Ghraib en Bagdad. La lengua de la
montaña dura sólo veinte minutos, pero podría seguir hora tras hora, y más y
más, con la misma dinámica repetida una y otra vez, más y más, hora tras
hora.
Polvo al polvo (Ashes to Ashes), en cambio, me parece que tiene
lugar bajo el agua. Una mujer que se ahoga, sacando la mano entre las olas,
hundiéndose, desapareciendo, tendiendo la mano a otros, pero sin encontrar a
nadie, ni fuera ni bajo el agua, encontrando sólo sombras, reflejos, flotando,
una figura perdida la mujer en un paisaje que se ahoga, una mujer incapaz de
escapar a un final que parecía destinado sólo a otras personas.
Pero igual que ellos murieron, también ella debe morir.
El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se aventura para nada en este territorio, ya
que la mayoría de los políticos, según la evidencia disponible, no están
interesados en la verdad sino en el poder, y en mantenerlo. Para mantener el
poder es esencial que la gente permanezca ignorante, que vivan ignorando la
verdad, incluso la verdad de sus propias vidas. Lo que nos rodea, por tanto, es
un inmenso tapiz tejido de mentiras de las que nos alimentamos.
Como sabe cada uno de los aquí presentes, la justificación para la invasión de Iraq fue
que Saddam Hussein poseía un complejo altamente peligroso de armas de
destrucción masiva, algunas de las cuales podían dispararse en 45 minutos,
provocando una devastación atroz. Se nos aseguró que esto era cierto. No era
cierto. Se nos dijo que Iraq tenía relación con Al Quaeda y compartía la
responsabilidad de la atrocidad cometida en Nueva York el 11 de septiembre de
2001. Se nos aseguró que esto era cierto. No era cierto. Se nos dijo que Iraq
era una amenaza para la seguridad del mundo. Se nos aseguró que esto era cierto.
No era cierto.
La verdad es algo completamente distinto. La verdad tiene
que ver con la manera en que Estados Unidos entiende su papel en el mundo, y
cómo elige llevarlo a efecto. Pero antes de volver al presente querría
echar una mirada al pasado reciente; me refiero con esto a la política exterior
estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que tenemos la
obligación de examinar este periodo siquiera sea someramente, que es todo lo que
el tiempo nos permite aquí. Todo el mundo sabe lo que sucedió en la Unión
Soviética y en toda Europa del Este durante el período de posguerra: la
brutalidad sistemática, las abundantes atrocidades, la supresión férrea del
pensamiento independiente. Todo esto se ha documentado y verificado de modo
exhaustivo. A lo que voy aquí es que los crímenes de los EE.UU. en el
mismo período se han registrado sólo de un modo superficial; no se han
documentado, y cuánto menos se han confesado, cuánto menos se han identificado
siquiera como tales crímenes. Creo que esta cuestión debe tratarse, y que la
verdad sobre ella tiene una relación bastante directa con la situación actual
del mundo. Aunque constreñidos hasta cierto punto por la existencia de la Unión
Soviética, las acciones de Estados Unidos por todo el mundo dejaron claro que
habían concluido que tenían carta blanca para hacer lo que gustasen. La
invasión directa de un estado soberano nunca ha sido, de hecho, el método
favorito de América. En general han preferido lo que han descrito como
"conflictos de baja intensidad". "Conflictos de baja intensidad" significa que
mueren miles de personas, pero más despacio que si les echases encima una bomba
a todos de golpe. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un
tumor maligno y miras cómo florece la gangrena. Cuando el populacho ha sido
sometido – o lo has matado a palos – viene a ser lo mismo – y los que son tus
amigos, los militares y las grandes empresas, están cómodamente instalados en el
poder, vas ante las cámaras y dices que la democracia ha triunfado. Esto era un
lugar común de la política exterior estadounidense en los años a los que me
refiero. La tragedia de Nicaragua fue un caso muy significativo. Quiero
presentarlo aquí como un ejemplo elocuente de la manera en que América concibe
su papel en el mundo, tanto entonces como ahora. Yo estuve presente en
una reunión de la embajada norteamericana en Londres a finales de los
ochenta. El Congreso de los Estados Unidos estaba a punto de decidir si
dar más dinero a los contras en su campaña contra el Estado de Nicaragua. Yo era
miembro de una delegación que hablaba a favor de Nicaragua, pero el miembro más
importante de la delegación era un tal Padre John Metcalf. Encabezaba la
delegación estadounidense Raymond Seitz (entonces era el número dos de la
embajada, luego fue embajador en persona). El Padre Metcalf dijo, "Señor, yo
estoy a cargo de una parroquia del norte de Nicaragua. Mis feligreses han
construido una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Hemos vivido en
paz. Hace unos pocos meses, los contras atacaron la parroquia. Destruyeron todo:
la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y
maestras, masacraron a los médicos, de la manera más brutal. Se comportaron como
salvajes. Por favor, exija que el gobierno de los EE.UU. retire el apoyo a estos
actos terroristas inaceptables". Raymond Seitz tenía muy buena reputación
como persona racional, responsable, culta y refinada. Era muy respetado en los
círculos diplomáticos. Escuchó, calló un momento y luego habló con cierta
gravedad. "Padre", dijo, "Me va a permitir que le diga una cosa. En la guerra,
siempre sufren los inocentes". Hubo un silencio glacial. Lo miramos fijamente.
No movió un músculo. En efecto, siempre sufren los inocentes. Por
fin alguien dijo: "Pero en este caso ’los inocentes’ eran víctimas de una
atrocidad horripilante subvencionada por el gobierno de usted, una entre muchas.
Si el Congreso concede más dinero a los contras, tendrán lugar más atrocidades
de este tipo. ¿Acaso no es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyo a
actos de asesinato y destrucción en la persona de los ciudadanos de un Estado
soberano? Seitz siguió impertérrito. "No estoy de acuerdo en que los
hechos tal como se han presentado apoyen estas afirmaciones",
dijo. Mientras salíamos de la embajada, un auxiliar me comentó que le
gustaban mis obras de teatro. No contesté. Hay que recordar que por
entonces el presidente Reagan hizo la siguiente aseveración: "Los contras son el
equivalente moral de nuestros Padres Fundadores". Los Estados Unidos
apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante más de cuarenta
años. El pueblo nicaragüense, liderado por los sandinistas, derrocó este régimen
en 1979, en una revolución popular impresionante. Los sandinistas no eran
perfectos. Tenían su buena dosis de arrogancia y su filosofía política contenía
diversos elementos contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y
civilizados. Emprendieron la tarea de establecer una sociedad estable, decente y
plural. Se abolió la pena de muerte. Devolvieron la vida a cientos de miles de
campesinos empobrecidos. Más de cien mil familias obtuvieron títulos de
propiedad de tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una impresionante
campaña de alfabetización redujo el analfabetismo de la nación a menos de una
séptima parte. Se instauró la educación gratuita y un servicio de sanidad
gratuito. La mortalidad infantil se redujo en un tercio. Se erradicó la
polio. Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión
marxista/leninista. A los ojos del gobierno de los EE.UU., se estaba dando un
ejemplo peligroso. Si se permitía que Nicaragua estableciese normas básicas de
justicia social y económica, si se permitía que elevase el nivel de atención
sanitaria y de educación y que alcanzase la unidad social y su dignidad
nacional, los países vecinos harían las mismas preguntas y querrían las mismas
cosas. Había en ese momento, claro, una feroz resistencia contra el status quo
en El Salvador. He mencionado antes "un tapiz tejido con mentiras" que
nos rodea. El presidente Reagan solía describir a Nicaragua como una "mazmorra
totalitaria". Esto era aceptado por los medios en general, y ciertamente por el
gobierno británico, como un comentario justo y acorde con la realidad. Pero de
hecho no hubo informes sobre escuadrones de la muerte bajo el gobierno
sandinista. No hubo informes sobre tortura. No hubo informes sobre brutalidad
militar oficial o sistemática. Jamás se asesinaban sacerdotes en Nicaragua. De
hecho había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y un misionero de
Maryknoll. En realidad, las mazmorras totalitarias estaban en la puerta de al
lado, en El Salvador y Guatemala. Los Estados Unidos habían derrocado el
gobierno democráticamente elegido de Guatemala en 1954 y se calcula que más de
200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras
militares. Seis de los jesuitas más destacados del mundo fueron
salvajemente asesinados en la Universidad Centroamericana de San Salvador en
1989, por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia,
EE.UU. Aquel hombre extremadamente valeroso, el arzobispo Romero, fue asesinado
mientras decía misa. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué las
mataron? Las mataron porque creían que era posible una vida mejor, y debía
conseguirse. Esa creencia los identificaba inmediatamente como comunistas.
Murieron porque se atrevieron a cuestionar el status quo, la extensión sin fin
de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían heredado al
nacer. Los Estados Unidos derrocaron por fin al gobierno Sandinista.
Costó algunos años y considerable resistencia pero una persecución económica sin
tregua y 30.000 muertos finalmente minaron la determinación del pueblo
nicaragüense. Estaban exhaustos, y la pobreza había golpeado de nuevo. Volvieron
los casinos al país. Se acabaron la sanidad y la educación gratuitas. Volvió la
gran empresa con fuerzas redobladas. La "democracia" había
triunfado. Pero esta "política" en modo alguno se restringió a
Centroamérica. Se ejerció por todo el mundo. Era inacabable. Y era además como
si no hubiese tenido lugar. Los Estados Unidos apoyaron y en muchos casos
engendraron a cada una de las dictaduras derechistas del mundo tras el fin de la
Segunda Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil,
Paraguay, Haiti, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y por supuesto
Chile. El horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no puede
purgarse ni perdonarse jamás. Hubo cientos de miles de muertes en estos
países. ¿Ocurrieron? ¿Y son en todos los casos atribuibles a la política
exterior de Estados Unidos? La respuesta es, sí, ocurrieron, y son atribuibles
a la política exterior americana. Pero no hay manera de saberlo. No
sucedió. Nunca ocurrió nada. Incluso en el momento en que estaba sucediendo, no
sucedía. No pasaba nada. No interesaba. Los crímenes de los Estados Unidos han
sido sistemáticos, constantes, salvajes, y no ha habido remordimiento, pero de
hecho muy pocas personas han hablado de ellos. Hay que concedérselo a América.
Ha llevado a cabo una manipulación absolutamente clínica del poder a escala
mundial, mientras se presentaba con el disfraz de una fuerza del bien universal.
Es un acto de hipnosis muy logrado, brillante, incluso
ingenioso. Sostengo aquí que Estados Unidos es, sin lugar a dudas, el
mayor espectáculo ambulante del mundo. Quizá brutal, indiferente, despectivo y
despiadado, pero también muy listo. Como viajante de comercio no tiene parangón,
y su producto estrella es la egolatría. Se vende genial. Oigan a todos los
presidentes americanos decir por la televisión "el pueblo americano", como por
ejemplo en la frase "Le digo al pueblo americano: es hora de orar y de defender
los derechos del pueblo americano, y le pido al pueblo americano que confíe en
su presidente en la acción que va a emprender por el bien del pueblo
americano". Es una estratagema deslumbrante. En realidad el lenguaje se
está empleando para impedir el pensamiento. La expresión "el pueblo americano"
proporciona un almohadón de tranquilidad auténticamente voluptuoso. No necesitas
pensar. Simplemente échate en el almohadón. Puede que el almohadón esté
ahogándote la inteligencia y la capacidad crítica, pero es muy cómodo. Esto no
se aplica, por supuesto, a los cuarenta millones de personas que viven bajo el
umbral de la pobreza, ni a los dos millones de hombres y mujeres encarcelados en
el vasto gulag de prisiones que se extiende a través de los EE.UU. Los
Estados Unidos ya no se molestan en organizar conflictos de baja intensidad. Ni
ven la necesidad de ser reticentes, o indirectos. Ponen las cartas sobre la mesa
sin temor ni duda. Sencillamente no les importan un carajo las Naciones Unidas,
la ley internacional ni las críticas disidentes, a las que consideran impotentes
e irrelevantes. También llevan del cordel un corderito que les anda detrás, la
patética y mansa Gran Bretaña. ¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad
moral? ¿La tuvimos alguna vez? ¿Qué quieren decir estas palabras? ¿Se refieren a
un término muy raramente empleado estos días–la conciencia? ¿Una conciencia que
tiene que ver no sólo con nuestros propios actos sino con la responsabilidad que
compartimos en los actos de los demás? ¿Ha muerto todo esto? Fíjense en
Guantánamo. Cientos de personas detenidas sin cargos durante más de tres años,
sin representantes legales ni proceso en regla, detenidos técnicamente para
siempre. Esta estructura totalmente ilegítima se mantiene en abierto desafío a
la Convención de Ginebra. Lo que llamamos la "comunidad internacional" no sólo
lo tolera sino que apenas piensa en ello. Esta infamia criminal la está
cometiendo un país que se declara a sí mismo "cabeza del mundo libre". ¿Pensamos
en los habitantes de Guantánamo? ¿Qué dicen los medios de ellos? Sale aquí y
allá ocasionalmente–una noticia pequeñita en la página seis. Han sido
consignados a una tierra de nadie de la que es muy posible que jamás puedan
regresar. Hoy muchos, incluso residentes británicos, están en huelga de hambre,
y son alimentados a la fuerza. No se andan con chiquitas en este asunto de la
alimentación forzosa. Sin sedantes ni anestesia. Simplemente te meten un tubo
por la nariz, a la garganta. Vomitas sangre. Esto es tortura. ¿Qué ha dicho el
Ministro de Asuntos Exteriores británico sobre este asunto? Nada. ¿Qué ha dicho
el Primer Ministro británico sobre este asunto? Nada. ¿Por qué no? Porque los
Estados Unidos han dicho: criticar nuestra conducta en Guantánamo es un acto
hostil. O estás con nosotros, o contra nosotros. Así que Blair calla la
boca. La invasión de Iraq fue un acto de bandidaje, un acto patente de
terrorismo de Estado, que demostró un desprecio absoluto al concepto de ley
internacional. La invasión fue una acción militar arbitraria inspirada por una
serie de mentiras sobre mentiras y una manipulación grosera de los medios, y por
tanto del público; un acto pensado para consolidar el control militar y
económico de Norteamérica sobre Oriente Medio, todo ello haciéndose pasar por
una liberación – como solución última, al resultar injustificadas todas las
demás justificaciones. Una afirmación formidable de fuerza militar responsable
de la muerte y mutilación de miles y miles de inocentes. Hemos traído al
pueblo iraquí la tortura, las bombas de racimo, el uranio empobrecido,
innumerables actos de asesinato indiscriminado, miseria, degradación y muerte, y
lo llamamos "traer la libertad y la democracia a Oriente Medio". ¿A
cuántas personas hay que matar para ganarse el apelativo de asesino en masa y
criminal de guerra? ¿A cien mil? Más que suficientes, diría yo. Así pues, es
justo que Bush y Blair sean procesados por el Tribunal Penal Internacional. Pero
Bush ha sido listo. No ha dado su ratificación al Tribunal Penal Internacional.
Por tanto, si algún soldado (o político) americano se encuentra en apuros, Bush
ha avisado de que enviará a los marines. Pero Tony Blair sí que ha ratificado el
tribunal, y por tanto puede ser procesado. Le podemos dar al tribunal su
dirección, si les interesa. Es el número 10 de Downing Street,
Londres. En este contexto, la muerte es irrelevante. Tanto Bush como
Blair colocan la muerte muy atrás en sus prioridades. Al menos 100.000 iraquíes
murieron bajo las bombas y misiles americanos antes de que comenzase la
insurgencia en Iraq. Esa gente no importa. Sus muertes no existen. Son un
espacio en blanco. Ni siquiera queda constancia de su muerte. "No nos dedicamos
a contar cadáveres", dijo el general americano Tommy Franks. Al principio
de la invasión se publicaba en la primera plana de los periódicos británicos una
fotografía de Blair besando en la mejilla a un niñito iraquí. "Un niño
agradecido", decía el pie de foto. Unos días más tarde hubo un reportaje y
fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin brazos. Un
misil había hecho volar por los aires a su familia. Era el único superviviente.
"¿Cuándo me devuelven los brazos?" – preguntaba. Allí quedó la historia. Bueno,
Tony Blair no lo había cogido en brazos, ni a él ni al cuerpo mutilado de ningún
otro niño, ni al cuerpo de ningún sucio cadáver. La sangre es sucia. Te mancha
la corbata y la camisa cuando estas pronunciando un sincero discurso por la
televisión. Los dos mil muertos americanos resultan embarazosos. Se les
transporta a la tumba a oscuras. Los funerales son discretos, inanes. Los
mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus días. Así que
tanto los muertos como los mutilados se pudren, en distintas clases de
tumba. Aquí tengo un fragmento de un poema de Pablo Neruda, "Explico
algunas cosas"*: Y una mañana todo estaba ardiendo, y una mañana
las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces
fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre. Bandidos con
aviones y con moros, bandidos con sortijas y duquesas, venían por el cielo
a matar niños, y por las calles la sangre de los niños corría simplemente,
como sangre de niños.
¡Chacales que el chacal rechazaría, piedras que
el cardo seco mordería escupiendo, víboras que las víboras
odiaran! ¡Frente a vosotros he visto la sangre de España
levantarse para ahogaros en una sola ola de orgullo y de
cuchillos! Generales traidores: mirad mi casa muerta, mirad
España rota: pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de
flores, pero de cada hueco de España sale España, pero de cada niño
muerto sale un fusil con ojos, pero de cada crimen nacen balas que os
hallarán un día el sitio del corazón. Preguntaréis: ¿por qué su
poesía no nos habia del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su
país natal? ¡Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la
sangre por las calles, venid a ver la sangre por las
calles! Déjenme que aclare bien que al citar el poema de Neruda en
modo alguno estoy comparando la España republicana con el Iraq de Saddam
Hussein. Cito a Neruda porque en la poesía contemporánea no he encontrado
ninguna descripción más poderosa y visceral del bombardeo de civiles.
He
dicho antes que los Estados Unidos hoy no tienen ningún reparo en poner las
cartas claramente sobre la mesa. Es así. Su política oficialmente declarada se
define ahora como "dominio de todo el espectro". El término no es mío, es de
ellos. El "dominio de todo el espectro" significa control de tierra, mar, aire y
espacio y todos los recursos asociados a ellos. Estados Unidos ocupa
ahora 702 instalaciones militares en 132 países a lo largo y ancho del mundo,
con la honrosa excepción de Suecia, naturalmente. No sabemos cómo lo han
conseguido, pero allí están, en efecto. Estados Unidos posee 8.000
cabezas nucleares activas y operativas. Dos mil están en alerta máxima, listas
para dispararse en 15 minutos. Está desarrollando nuevos sistemas de fuerza
nuclear, conocidos como revientabúnkers. Los británicos, siempre dispuestos a
ayudar, proyectan reemplazar sus propios misiles nucleares Trident. ¿A quién, me
pregunto yo, apuntarán? ¿A Osama bin Laden? ¿A ustedes? ¿A mí? ¿A Perico Los
Palotes? ¿A China? ¿A París? ¿Quién sabe? Lo que sí que sabemos es que esta
demencia infantil – la posesión y la amenaza de uso de armas nucleares – está en
el centro mismo de la filosofía política americana actual. Debemos recordarnos a
nosotros mismos que Estados Unidos está en alerta militar continua y no da
señales de relajación. Muchos miles, si no millones, de personas en los
Estados Unidos están claramente hartos, avergonzados y airados por las acciones
de su gobierno, pero tal como están las cosas no son una fuerza política
coherente (todavía). Pero no es probable que disminuyan la angustia, la
inseguridad y el miedo que vemos crecer a diario en los Estados
Unidos. Sé que el presidente Bush tiene muchos redactores de discursos
competentes en extremo, pero a mí me gustaría presentarme voluntario para el
puesto. Propongo esta pequeña alocución que puede dirigir a la nación por
televisión. Me lo imagino con rostro grave, muy cuidado el pelo, serio,
encantador, sincero, a menudo seductor, a veces sonriendo de medio lado,
curiosamente atractivo, un modelo para los hombres. "Dios es bueno. Dios
es grande. Dios es bueno. Mi Dios es bueno. El Dios de bin Laden es malo. El
suyo es un mal Dios. El Dios de Saddam era malo, y eso que ni siquiera lo tenía.
Era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. No le cortamos la cabeza a la gente.
Creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy un bárbaro. Soy el líder
democráticamente elegido de una democracia que ama la libertad. Somos una
sociedad compasiva. Electrocutamos y ponemos inyecciones letales compasivamente.
Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él sí. Yo no soy un bárbaro. Él
sí. Y él sí. Todos lo son. Yo poseo autoridad moral. ¿Veis este puño? Ésta es mi
autoridad moral. Y no vayáis a olvidarlo."
La vida de un escritor es una
actividad muy vulnerable, casi desnuda. No hay por qué llorar por eso. El
escritor hace su elección y tiene que atenerse a ella aunque le pese. Pero
también es cierto decir que estás expuesto a todos los vientos, algunos
heladores. Estás a la intemperie y desprotegido.Sin cobijo, sin protección–a
menos que mientas, claro–en cuyo caso es que te has montado tu propia
protección, y se podría decir que te has convertido en un político.
Me he
referido a la muerte un buen número de veces esta tarde. Ahora voy a citar un
poema mío titulado "Muerte". ¿Dónde encontraron al muerto? ¿Quién
encontró al muerto? ¿Estaba muerto el muerto cuando lo encontraron? ¿Cómo
encontraron al muerto?
¿Quién era el muerto?
¿Quién era el padre o
hija o hermano O tío o hermana o madre o hijo del cuerpo muerto y
abandonado? ¿Estaba el cuerpo muerto cuando lo
abandonaron? ¿Abandonaron el cuerpo? ¿Quién lo había
abandonado? ¿Estaba el muerto desnudo o vestido de viaje? ¿Qué os
hizo declarar muerto al muerto? ¿Declarasteis muerto al muerto? ¿Hasta qué
punto conocíais al cuerpo muerto? ¿Cómo supisteis que el cuerpo estaba
muerto? ¿Lavasteis al muerto – –le cerrasteis los dos ojos –
enterrasteis el cuerpo – lo dejasteis abandonado – lo
besasteis? Cuando nos miramos a un espejo pensamos que la imagen que
nos mira se ajusta a la realidad. Pero muévete un milímetro y la imagen cambia.
En realidad estamos viendo un conjunto infinito de reflejos. Pero a veces un
escritor tiene que romper el espejo–porque el otro lado del espejo es el lugar
desde donde nos está mirando la verdad.
Creo que a pesar de las inmensas
dificultades que existen, es necesaria una determinación intelectual firme,
inquebrantable, feroz, la determinación, como ciudadanos, de definir la
auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades – es una obligación
crucial para todos, un imperativo real.
Si una determinación tal no toma
cuerpo en nuestra visión política no tenemos esperanza de restaurar lo que ya
casi se nos ha perdido – la dignidad del hombre.
* (Nota del traductor: Fragmento de "Explico algunas
cosas" de Pablo Neruda, que en el original inglés se cita de la traducción
de Nathaniel Tarn, de Pablo Neruda: Selected Poems, published by
Jonathan Cape, London 1970, usado con permiso de Random House Group Ltd.).
Texto español, de De España en el corazón, en La Insignia http://www.lainsignia.org/2004/agosto/cul_034.htm
2005-12-08)
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