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El Mundo no Puede Esperar organiza a las personas que viven en Estados Unidos para repudiar y parar el rumbo fascista iniciado durante el régimen de Bush y evidenciado en las ocupaciones asesinas, injustas e ilegítimas de Irak y Afganistán; la “guerra de terror” global de tortura, rendición extraordinaria y espionaje; y la cultura de discriminación, intolerancia y avaricia. A ese rumbo no le darán marcha atrás los líderes que nos instan a buscar puntos en común con fascistas, fanáticos religiosos e imperio. Solo es posible si la población forja una comunidad de resistencia –un movimiento independiente de grandes cantidades de personas—que, actuando en pro de los intereses de la humanidad, pone fin a dichos crímenes y demanda que se procese a los responsables por ellos.



Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


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Más de 100 mil iraquíes y 4 mil 343 marines han caído por la invasión estadounidense

Las otras víctimas, fuera del homenaje oficial en EU por el 11-S

A ocho años de los atentados, Obama llama a la unidad y asegura que el país está seguro

Generales retirados condenan que Dick Cheney justificara torturas durante la ocupación

David Brooks
Corresponsal
La Jornada
12 de septiembre de 2009

Nueva York, 11 de septiembre. La lluvia y el viento no lograron disfrazar las lágrimas al conmemorarse lo ocurrido hace ocho años en un día soleado y transparente. Sólo se honró en las actividades oficiales a algunas víctimas de los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Aquí, en un pequeño parque junto a la zona cero, donde una construcción en la punta sur de Manhattan sigue marcando las huellas del fantasma de las Torres Gemelas, se efectuó el ritual fúnebre. Los 2 mil 572 nombres de los muertos, resultado del ataque más sangriento contra territorio estadounidense, fueron leídos uno por uno, algunos por familiares y otros por bomberos, policías, políticos y maestros. El viento interrumpía las voces y la lluvia empapaba a los cada vez menos asistentes a la plaza, quienes llevaban flores y algunas banderas estadounidenses.

Se guardó un momento de silencio a las 8:47, hora en que el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la primera torre, la norte. A las 9:05 también. Fue el momento en que el vuelo 175 chocó contra la segunda torre, la sur. A las 9:59 otra pausa más, pero por la caída de la primera que fue impactada. Las 10:29 marcó el momento en que se desplomó la otra.

Como es Nueva York, los nombres y apellidos son comunes para todo mundo –latinoamericanos, europeos, asiáticos, africanos, árabes. Algunos eran banqueros y prósperos abogados. Otros, migrantes que trabajaban en las cafeterías o limpiando las oficinas. Unas más, secretarias y ejecutivas. Había cristianos, musulmanes y judíos, entre otros.

Un coro juvenil cantó, y el alcalde Michael Bloomberg y otros políticos –incluyendo el entonces funcionario Rudolph Giuliani– ofrecieron discursos. Bomberos, policías, paramédicos y rescatistas recordaban a sus compañeros. Algunos fallecieron ahí. Otros después, por enfermedades generadas luego de auxiliar a extraños. Muchos siguen con padecimientos. La mayoría llevaba fotos de sus seres queridos y otros platicaban, recordaban.

Todos recuerdan dónde estaban ese día.

En Washington, el presidente Barack Obama salió con unas 200 personas de las oficinas ejecutivas a los jardines de la Casa Blanca, también bajo una pertinaz lluvia y viento. Ahí guardaron unos minutos de silencio, a las 8:47, para recordar el primer impacto contra los edificios.

Poco después asistió al acto conmemorativo en el Pentágono, en el cual ofreció un discurso. En éste convocó a los estadounidenses a renovar nuestro propósito común. Recordemos cómo nos unimos como nación, como un solo pueblo. Estadounidenses unidos. Ahí se marcó el momento, a las 9:37, en que el vuelo 77 de American Airlines fue estrellado contra el Pentágono, matando a 184 personas: 59 en el avión y 125 en tierra.

En su primera conmemoración del 11-S como presidente, Obama llamó a que este día se dedique al trabajo comunitario voluntario. Junto con su secretario de Defensa, Robert Gates; altos oficiales militares y familiares de las víctimas, afirmó: haremos todo en nuestro poder para mantener seguro a Estados Unidos.

Pero en los actos oficiales no se conmemoró a las otras víctimas de esos atentados como resultado de las políticas y las acciones justificadas por el gobierno estadounidense con el 11-S durante los últimos ocho años. Según Irak Body Count, han muerto unos 100 mil civiles iraquíes en la invasión de ese país. Junto con ellos han perecido 4 mil 343 militares estadounidenses, de acuerdo con datos oficiales del Departamento de Defensa, a la fecha. En el teatro de guerra de Afganistán (incluye a Pakistán) han fallecido otros 746 soldados de Estados Unidos e incontables civiles. Además, hay más de 30 mil estadounidenses heridos en esas dos guerras.

Pero también se tiene que contar, en este día de conmemoración, a las decenas, tal vez cientos, de torturados, los miles de encarcelados, algunos en campos de concentración, como Guantánamo y la base aérea Bagram, en prisiones clandestinas en varios puntos del mundo y en centros de arresto en Estados Unidos –a muchos de ellos se le ha negado casi cualquier derecho legal básico, incluido el de acceso a un abogado. Muchos defensores de las garantías básicas, como el Centro de Derechos Constitucionales, los califican de desaparecidos, ya que en diversos casos sus familiares no saben dónde están.

Dos generales retirados, Charles Krulack, quien fue comandante de los marines entre 1995 y 1999, y Joseph Hoar, comandante en jefe del Comando Central de Estados Unidos de 1991 a 1994, escribieron hoy un artículo en el Miami Herald y el servicio McClatchy, denunciando al ex vicepresidente Dick Cheney por defender y justificar algunas de esas políticas, sobre todo la tortura. El gobierno de Bush ya había degradado las reglas de guerra al autorizar técnicas que violaban las convenciones de Ginebra y pasmaron la conciencia del mundo. Ahora el señor Cheney ha condonado el abuso, que fue más allá de esas debilitadas normas, llevándonos en ese declive resbaladizo hacia la ausencia de ley.

Lo anterior se suma a varios generales y almirantes retirados que han expresado su desaprobación a las políticas bélicas de los últimos años, junto con cientos de miles de estadounidenses que buscaron evitar la invasión a Irak declarando no en nuestro nombre. Incluso familiares de las víctimas del 11-S que manifestaron su oposición a que sus seres queridos fueran utilizados para matar a otros.

Y el amplio mosaico de agrupaciones de todo tipo, inclusive veteranos de la guerra en Irak, junto con artistas, intelectuales, músicos y más, que durante estos ocho años han buscado poner fin a una guerra lanzada con un engaño y el pretexto del 11-S. La elección de Barack Obama, en parte, se debe a su oposición a la ocupación en Irak y las políticas bélicas y de tortura de la administración anterior.

Pero siguen detenidos cientos, tal vez más. Continúan muriendo estadounidenses y civiles en Irak y Afganistán, y para ellos –como para demasiados por todo el planeta– el 11-S no es una memoria. Es lo que está sucediendo todos los días.


 

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