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Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

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Ali al Shabaan y la larga sombra de Guantánamo


Ilustración: Ramiro Alonso

16 de enero de 2021 | Escribe Natalia Uval

La discriminación laboral y la falta de respuestas del Estado marcan la vida de uno de los hombres liberados de la cárcel estadounidense, que aún no pudo conseguir trabajo en Uruguay.

Las casas en Uruguay son como en Siria. Eso fue lo primero que le llamó la atención a Ali al Shabaan cuando llegó al país. Las construcciones son similares. No así todo lo que se desarrolla en su interior, pero eso sólo pudo descubrirlo más adelante. Cuando llegó a Uruguay junto a otros cinco ex reclusos de la cárcel de Guantánamo, en un avión del gobierno de Estados Unidos, una noche de diciembre de 2014, los subieron a una ambulancia que los llevó al Hospital Militar, donde permanecieron una semana. El conocimiento del país quedaría para después.

De Siria extraña a un tiempo la tranquilidad de su pueblo Utayba, al este de Damasco, y el bullicio de su extensa familia, que abarcaba tanto a sus abuelos, a sus padres y a sus 12 hermanos, como a sus tíos y sobrinos. Todos convivían en el mismo terreno, aunque en casas separadas. “Y siempre estábamos juntos. Aquí en Uruguay eso es un poco diferente. No es común que haya familias tan grandes; las familias son muy chiquititas y no siempre están todos juntos todo el tiempo”, señala Ali. En las noches jugaban a las escondidas. Y, como en Uruguay, los niños pasaban el día pateando la pelota. La única referencia que tenía Ali cuando le propusieron venir al país era el buen desempeño de la selección celeste en el Mundial de Sudáfrica de 2010.

Llegó a Uruguay tras las gestiones del gobierno encabezado por José Mujica, junto a cinco hombres que, como él, pasaron más de 12 años presos sin juicio ni condena en un penal estadounidense en territorio cubano. “Recogiendo de nuestro mejor pasado esa vocación, hemos ofrecido nuestra hospitalidad para seres humanos que sufrían un atroz secuestro en Guantánamo. La razón ineludible es humanitaria”, escribía Mujica en una carta abierta al ex presidente estadounidense Barack Obama el 5 de diciembre de ese año. Obama se comprometió a cerrar el penal y no lo hizo, y el actual mandatario Donald Trump ni siquiera ensayó una promesa. Actualmente hay 40 personas que siguen detenidas en Guantánamo, y esta semana Amnistía Internacional le pidió al presidente electo Joe Biden el cierre definitivo de la cárcel.

Los casi 800 presos que llegaron a ocupar las celdas del penal fueron apresados por Estados Unidos después de la caída de las Torres Gemelas, en el marco de la llamada “guerra contra el terrorismo”, y ese país todavía no ha rendido cuentas ni a las familias ni a la comunidad internacional sobre estas detenciones ilegales.

A Ali lo capturaron en Pakistán en 2001, cuando tenía 18 años. Prefiere no hablar de ese día, y tampoco de las torturas que otros ex reclusos denunciaron haber sufrido en Guantánamo. Sólo sostiene que no integró ninguna organización terrorista. “Es una etapa de mi vida que ya pasó, con sus momentos malos y buenos, porque también tenía momentos lindos allí, pero había momentos muy duros. Pero ya pasó. Yo quiero seguir adelante, no quiero mirar atrás y vivir del pasado. No me gusta eso, porque tampoco quiero siempre relacionarme con eso. No quiero que la gente me vea y diga: ‘oh, es de allí’. No, yo soy la persona que soy”, sostiene. No obstante, admite que “olvidar por completo es muy difícil”. “Siempre vas a recordar lo que pasó allí, siempre”.

Los abogados empezaron a desfilar por las celdas o a llamarlos por teléfono muchos años después de su captura, a partir de 2006. Para ese entonces, muchos reclusos se negaron a hablar con los improvisados representantes. Ali sí lo hizo, y un día su abogado le manifestó la voluntad del gobierno de Uruguay de trasladarlo a este país junto a otros reclusos.

La libertad

Los primeros días de libertad para Ali fueron distintos de lo que había imaginado. En el Hospital Militar los ubicaron de a dos en cada habitación y cerraron el área: no estaba permitido salir ni entrar. “Nos dijeron que era por la seguridad. Al principio, no teníamos problema, porque entendíamos que había que tener un chequeo de salud y todo eso, pero después de unos días empezamos a preguntar por qué”, cuenta Ali. Pasaban los días sin hacer nada en las habitaciones del hospital y pidiendo que los llevaran a las casas que les habían prometido. “Les decíamos que precisábamos ir a nuestras casas para relajarnos un poco. Después de salir de la cárcel tenías la esperanza de tener tu casa y establecerte, porque es lo que nos habían dicho”, explica Ali.

Finalmente, tras una semana en el hospital, los trasladaron a una casa del PIT-CNT ubicada en Maldonado y Magallanes. Una casa pequeña, con habitaciones ciegas, en la que convivían 12 personas: ellos y otras seis personas más. “Mi habitación no tenía ninguna ventana, era toda cerrada, muy chiquita. Cuando vi eso, me deprimí muchísimo, la verdad, porque no lo esperaba así. Nos dijeron que cada uno iba a su casa, o al menos a hoteles por diez días, y no solamente no fuimos a hoteles, sino que nos pusieron en una misma casa todos juntos y también con mucha gente del PIT-CNT”, cuenta Ali. Allí permanecieron por seis meses.

Pero la libertad tiene otras dimensiones. La libertad es también poder hablar sin miedo, y esa fue una de las diferencias más notorias que Ali señala respecto de su vida en Siria. “Aquí hay mucha más libertad. Uno puede decir lo que piensa sin preocuparse por lo que puede pasar. Como todo, dentro del límite del respeto y de no dañar a nadie, pero hay un espacio de libertad de expresión”, destaca, aunque prefiere no describir cómo era la situación en Siria. Se limita a recordar que desde la década de 1970 Siria está gobernada por la misma familia.

Hoy Ali vive en una vivienda en el barrio de la Aguada junto a su esposa, Victoria. Se conocieron porque un día, cuando vivían en la casa del PIT-CNT, ella golpeó la puerta para saber si precisaban algo. “Cuando me enteré de todo lo que pasaba, me sentí bastante mal. Vi que había resistencia y sentía que los uruguayos en general los estaban tratando bastante mal. Veía algunas noticias como que ellos no querían trabajar, y me parecía que algunas cosas no cerraban mucho. Hacía muy poco tiempo que estaban acá, y salían esas cosas en la prensa. Entonces, me empecé a interiorizar de la situación, me sentí bastante interpelada y me acerqué a la casa del PIT-CNT”, cuenta Victoria. Ali fue quien abrió la puerta, y le pidió un diccionario árabe-español. Con muchas dificultades, ella finalmente consiguió uno en Amazon Europa. Se casaron en 2015.


Ilustración: Ramiro Alonso

En Siria, el rol de las mujeres es distinto en los pueblos que en las ciudades. En los pueblos “la cultura es un poco cerrada”, explica Ali, mientras que en las ciudades “es como aquí: las mujeres salen, trabajan, hacen exactamente como aquí, no tiene mucha diferencia”.


Las promesas

La delegación del gobierno uruguayo que los visitó en Guantánamo les prometió que tendrían vivienda y trabajo, según cuenta Ali. También les hicieron firmar un documento en el que los entonces reclusos se comprometían a aprender el idioma, a recibir educación y cobertura de salud. A Ali le sorprendió un poco esta exigencia, porque “había otras personas que hablaban con delegaciones de otros países y nunca firmaron nada”. “Pero al mismo tiempo, hubiera firmado cualquier cosa en ese tiempo porque quería salir. Y tampoco eran cosas de otro mundo: ‘aprender el idioma’, claro que voy a aprender el idioma, si voy a vivir en el país necesito aprender el idioma; ‘tener educación’, a mí siempre me gustaba aprender cosas; ‘trabajar’, claro, cualquier persona necesita trabajo para tener dignidad; ‘salud’, bueno, todo el mundo se preocupa por su salud. Eran cosas básicas”, acota.

Pero en ningún lugar del documento que firmaron decía que las empresas no quieren tomar a personas que estuvieron detenidas en Guantánamo. Que las entrevistas de trabajo siempre se cortarían en el mismo punto. Que los estudios valdrían de poco si el pasado es como una marca en la piel.

La realidad

Mediante un programa de apoyo ejecutado por el Servicio Ecunémico para la Dignidad Humana (SEDHU), los liberados recibieron durante seis años un pago de 10.000 pesos y el alquiler de sus viviendas. De los seis hombres que llegaron a Uruguay desde Guantánamo, quedan cuatro residiendo en el país. La semana pasada, le comunicaron extraoficialmente a Ali que el programa no seguirá este año, y por lo tanto no contarán con ese apoyo. Aún no han tenido una respuesta oficial. la diaria intentó comunicarse con SEDHU y con la cancillería para confirmar este punto, sin éxito.

Ali hizo un curso de comercio exterior, cursos de computación y testing, y un año de programación. Lo ayudaron para acceder a esos estudios la ingeniera María Simon y la ex vicecanciller Belela Herrera. “Si hay una persona que realmente se preocupa de verdad, de corazón, es Belela. Es la abuela uruguaya mía”, dice Ali. “El reconocimiento que tiene es poco. Es alguien que se preocupa de verdad, es la humanidad en persona, se merece todo y más”, acota Victoria.

Ali habla perfectamente inglés y español. Hasta incluye la muy uruguaya interjección “ta” al final de las frases. Pero eso no parece haberle servido para salvar las distancias. Sufrió dos situaciones de discriminación laboral en las que, ya casi contratado o habiendo incluso firmado el contrato, lo rechazaron por haber estado preso en Guantánamo.

La primera fue en 2016, cuando estaba tomando clases de comercio exterior. Lo llamaron para hacer una capacitación para trabajar en una empresa. El entrenamiento duró un mes, y después le hicieron una prueba. La aprobó y le comunicaron que debía presentarse el siguiente lunes para firmar el contrato y empezar a trabajar. Cuando llegó ese lunes a la empresa, fue a dejar sus cosas en el armario y una supervisora le dijo que la directora quería hablar con él en su oficina. “La directora me dijo que quería hacerme una pregunta directa y que quería también una respuesta directa. Me preguntó si era uno de los seis que habían venido de Guantánamo, y le dije que sí. Me dijo que la disculpara, pero por esa razón no podían contratarme. Me sentí muy mal, le dije: ‘Yo quiero dejar el pasado en el pasado, quiero encaminarme hacia adelante, quiero empezar mi vida de nuevo y quiero tener una oportunidad’. Me dijo que lo sentía mucho, que si fuera decisión de ella me hubiese contratado, pero que no era su decisión sino de sus jefes, personas muy superiores a ella”, cuenta Ali. Cuando salió de la oficina, la supervisora lo acompañó, y mientras esperaban el ascensor, ella se puso a llorar. “Me dijo que esto era muy injusto, y que si precisaba cualquier ayuda podía contar con ella, y me dio sus contactos como referencia personal en el currículum”, añade Ali. Cuando le contó a Victoria lo que había sucedido, su esposa le dijo que no se preocupara, que esas cosas pasaban antes, que en Uruguay “tenemos un estado de derecho y esas cosas no te pueden pasar”. Pero cuando habló con SEDHU, le dijeron “que no podían hacer nada porque es una empresa privada, y mejor no hacer ruido para no tener mala fama”. Su esposa también habló con SEDHU y le dijeron lo mismo, “que habían hablado con sindicatos inclusive y que no se podía hacer nada, que era mejor no hacer mucho lío porque otras empresas iban a ver esto como una razón para ni siquiera llamarlo a una entrevista porque íbamos a ser un lío. Entonces no hicimos ni dijimos nada”, cuenta Victoria.


Ilustración: Ramiro Alonso

La segunda situación se dio en 2019, con una empresa de programación. Envió su currículum y lo llamaron de la empresa para comentarle que el CV les pareció interesante y para invitarlo a una entrevista. Fueron tres o cuatro horas de entrevista junto a otros postulantes. Les hicieron pruebas también. Después de la entrevista, lo llamaron para decirle que ya tenía el trabajo y que le mandarían el contrato por correo. Así lo hicieron, Ali lo firmó, y media hora después lo llamaron para decirle que lamentablemente no podían darle el trabajo porque el cliente había cancelado el contrato con ellos. “Cuando hablé con el SEDHU de esto, ellos hablaron con una persona que está a cargo ahí en la empresa, extraoficialmente, y esa persona les dijo que por ser de Guantánamo nunca iba a ser contratado por la empresa, porque tenían clientes de Estados Unidos y no pueden hacer eso. Y me dijeron que el cliente canceló, pero después de dos semanas vi a otras personas que estaban conmigo en la entrevista entrar a la empresa, porque yo vivo enfrente de la empresa. Entonces, sí contrataron a personas”, remarca Ali.

Victoria dice que ya no saben qué más hacer. Que esto es otro tipo de tortura. Que para Ali es una vergüenza no poder mantener a su familia, y que siempre pide disculpas por eso, “no desde un lugar machista, yo trabajo y a él no le importa en absoluto, es porque siente que es una carga para mí”. “Es la persona más buena que conozco, la que más se esfuerza, y es realmente una injusticia y no sabemos qué más puertas tocar”, lamenta.

Victoria dice que vio una cara de Uruguay que no conocía. “Yo siempre le pido perdón. A mí me da mucha vergüenza que le hayan prometido cosas que no cumplieron. Al principio pensé que era un problema del idioma, que él había entendido mal. Hasta que en un momento alguien de la cancillería le dijo adelante mío: ‘Yo sé que te prometieron cosas que no cumplieron, pero no fue mala voluntad. La persona que te las prometió no sabía que no te las podía prometer’”. Acota que entiende que la gente que mira la situación desde afuera y escucha la noticia de que “los presos de Guantánamo se quejan por esto”, reaccione con un “bueno, que vayan a trabajar”. “Pero quien realmente sabe cómo es la cosa, da mucha vergüenza. No sé cuál es la falla, pero sé cuál es el resultado. Con intención o sin intención, en estos seis años se ha cometido una injusticia espantosa con una persona que no lo pidió y que no lo merece”, afirma.

Ali asegura que la delegación de Uruguay les dijo “que nos iban a dar trabajo, y ahora, cuando necesito que me den un trabajo, dicen que no pueden hacer nada”. “Siempre dicen que necesitamos ser independientes, cuidarnos a nosotros mismos, y lo podemos hacer a través del trabajo. Al principio no tenía ninguna capacitación y no hablaba el idioma ni nada, pero después empecé a hablar el idioma, a aprender cosas, a capacitarme. Hice mi parte. Fui a muchas entrevistas, no es que me quedé en casa a esperar que me llamaran. Busco hasta hoy en todos lados”, afirma. Y agrega que no se trata sólo de una cuestión económica, sino “de sentirte útil, que estás haciendo algo, que sos parte de algo”.

Victoria sostiene que el Estado uruguayo tomó la decisión de traerlos a Uruguay y, por lo tanto, se tiene que hacer cargo. “Estuvo muy lindo sacarse una foto con la bandera de Uruguay y quedar bien ante el mundo, pero fue a base de la vida de personas que hoy están sufriendo las consecuencias y están siendo discriminadas, y la están pasando mal. Y lo peor es que la solución no es difícil, porque lo único que está pidiendo es que lo ayuden a conseguir un trabajo, porque él ya lo intentó y lo están discriminando”, afirma.

Ali acota que está “muy agradecido” al país de que lo hayan liberado de la cárcel. “Eso es un favor que nunca olvidaré. Pero tampoco eso tapa la verdad de que hay algunas cosas que no se hicieron tan bien. No había una planificación detallada o correcta de cómo iban a ser las cosas. Y con el tema del trabajo, es muy obvio, si no tenemos trabajo, ¿cómo podemos vivir?

El pasado

Ali todavía confunde “aquí” con “allí” para referirse a Siria y a Uruguay. No parece ser sólo una confusión lingüística.

Su familia tuvo que dejar Siria en 2014, tras la guerra civil que siguió a las protestas de 2011. Sus padres y algunos hermanos pudieron regresar a su pueblo, pero sus otros hermanos aún permanecen en un campo de refugiados en Jordania. Su pueblo natal quedó destruido por la guerra, y por eso es difícil comunicarse con su familia, explica Ali. Tienen electricidad sólo algunas horas por día.

Últimamente, Ali se siente sin fuerzas para seguir estudiando y recibiendo certificados “para ponerlos en una caja”. Se está convenciendo de que “no hay un punto en el que te puedas separar del pasado”: “Hay gente que habla menos inglés que yo y tiene trabajo. Hay gente que tiene menos capacidad que yo y tiene trabajo. El tema es el pasado, y eso no puedo cambiarlo”. El pasado siempre te llega, dice.

Fuente: https://ladiaria.com.uy/politica/articulo/2021/1/ali-al-shabaan-y-la-larga-sombra-de-guantanamo/


 

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