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31-03-2007
¿Qué somos, políticos o ciudadanos?
Howard Zinn The Progressive
Traducido por Yasnay Houelly y revisado por Sarahymi Serra, del Equipo de Traductores de Rebelión y Cubadebate
Mientras escribo este artículo, el Congreso debate los programas
para la retirada de las tropas de Iraq. En respuesta al “aumento” de
las tropas solicitado por el gobierno de Bush, y la negación de los
republicanos a restringir nuestra ocupación, los demócratas se
comportan con su acostumbrada timidez, al tiempo que proponen la
retirada, pero que sólo se producirá pasado un año o 18 meses. Tal
parece que esperan que el movimiento en contra de la guerra los apoye.
Así se sugirió en un mensaje reciente de MoveOn, que realizara una
encuesta a sus miembros acerca de la propuesta de los demócratas, en el
que se decía que los progresistas del Congreso, “como muchos de
nosotros, no creen que el proyecto de ley tenga mucho alcance, pero
piensan que es el primer paso en firme para poner fin a la guerra”.
De manera irónica y desconcertante, mediante el mismo proyecto de
ley se asignan 124 000 millones de dólares como fondo adicional para
continuar la guerra. Esto sería lo mismo a que, antes de la Guerra
Civil, los abolicionistas acordaran posponer la emancipación de los
esclavos por un año, o dos, o cinco, y, por demás, asignaran fondos
para reforzar la Ley de Esclavos Fugitivos.
Cuando un movimiento social adopta los arreglos de los legisladores,
es porque ha olvidado su papel, que es presionar y retar a los
políticos, en lugar de acatar mansamente sus preceptos.
Los que protestamos en contra de la guerra no somos políticos. Somos
ciudadanos. Sin importar lo que puedan hacer los políticos, hagámosles
sentir primero toda la fuerza que tienen los ciudadanos para hablar a
favor de lo que es correcto y no por lo que es más conveniente para
ganar en un Congreso tan vergonzosamente medroso.
Los programas para la retirada no sólo son moralmente censurables
cuando se trata de una ocupación brutal sino también absurdos, desde
cualquier punto de vista (¿acaso le darías un programa de retirada a un
matón que invada tu casa, destruya todo lo que tiene a la vista y
aterrorice a tus hijos?). Si nuestras tropas están evitando que ocurra
una guerra civil, ayudando a las personas y controlando la violencia,
entonces por qué retirarlas; pero si por el contrario, están
propiciando la guerra civil, dañando a las personas y manteniendo la
violencia, entonces su retirada debe demorar lo que demoran los barcos
y aviones en transportarlos de vuelta a casa.
Hace ya cuatro años que los Estados Unidos invadieron Iraq, con un
violento bombardeo que provocó “desconcierto y terror”. Este tiempo es
suficiente para decidir si la presencia de nuestras tropas allí está
mejorando o empeorando la vida de los iraquíes. Las pruebas son
irrevocables. Desde la invasión han muerto cientos de miles de iraquíes
y, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Refugiados, cerca de dos millones de iraquíes han abandonado el país y
una cifra casi similar son refugiados internos, quienes se vieron
obligados a abandonar sus hogares y buscar amparo en otras partes del
país.
Es cierto, Sadam Husein fue un tirano brutal. Pero su captura y
muerte no ha mejorado las vidas de los iraquíes, puesto que la
ocupación estadounidense ha creado el caos: falta de agua limpia,
aumento del hambre, un 50 por ciento de desempleo, escasez de
alimentos, electricidad y combustible, y el aumento de la malnutrición
y la muerte de niños. ¿La presencia de los Estados Unidos ha disminuido
la violencia? Todo lo contrario, para enero de 2007 el número de
ataques insurgentes aumentó significativamente a 180 por día.
La respuesta del gobierno de Bush a cuatro años de fracaso es enviar
más soldados. El aumento de las tropas se adecua a la definición de
fanatismo: si descubres que vas en la dirección incorrecta redobla tus
esfuerzos. Eso me recuerda aquel físico de la Europa de principios del
siglo XIX que decidió que la sangría curaba la neumonía. Cuando se
demostró que esa técnica no funcionaba, llegó a la conclusión de que no
se había sangrado lo suficiente.
La propuesta de los demócratas del Congreso es dar más fondos para
la guerra y establecer un programa que permitirá que la sangría dure
otro año o más. Según ellos, es necesario llegar a un arreglo y algunos
detractores de la guerra están dispuestos a acceder. No obstante, una
cosa es llegar a un arreglo cuando de inmediato se está dando parte de
lo que exiges, si eso puede ser un trampolín para obtener más en el
futuro.
Esa situación es la que se describe en el reciente filme “The Wind
that Shakes the Barley (El viento que sacude la cebada)”, en la que a
los rebeldes irlandeses que se oponían a la dominación británica se les
ofreció una solución a conveniencia: liberar una parte de Irlanda y
declararla el Estado Libre Irlandés. En la película, un irlandés pelea
con su hermano sobre si aceptar este arreglo. Pero al menos la
aceptación de ese arreglo, aunque sólo fuera migaja de justicia, dio
lugar a que se creara el Estado Libre Irlandés. Con el programa de
retirada que proponen los demócratas no se logra nada tangible, sólo
una promesa cuyo cumplimiento han dejado en manos del gobierno de Bush.
El movimiento obrero se ha encontrado en dilemas similares. De
hecho, es común que los sindicatos que luchan por un nuevo contrato
deban decidir si aceptan una oferta que les proporcione sólo parte de
lo que exigen. Esta es siempre una decisión difícil, pero en casi todos
los casos, ya bien se pueda considerar el arreglo como una victoria o
una derrota, los obreros reciben algo palpable, que mejora su situación
en cierta medida.
Si se les ofreciera sólo algo de la promesa que se cumplirá en el
futuro, mientras su presente continúa siendo insoportable, no se
consideraría esto un arreglo sino una capitulación. Un líder sindical
que dice “Tomen esto, es lo mejor que podemos alcanzar” (que es lo que
la gente de MoveOn están diciendo en cuanto a la resolución de los
demócratas) sería abucheado y bajado de la tribuna.
Me recuerda la situación que se dio durante la Convención Nacional
Demócrata de 1964 en Atlantic City, cuando la delegación negra
proveniente de Mississippi pidió se les permitiera ocupar asientos en
representación del 40 por ciento de la población negra de ese estado.
Se les ofreció un “arreglo”: dos asientos destinados a las personas
que no votan. “Esto es lo mejor que podemos lograr”, dijeron algunos
líderes negros. Los habitantes de Mississippi, dirigidos por Fannie Lou
Hamer y Bob Moses, rechazaron la oferta y así se aferraron al espíritu
combativo que posteriormente les proporcionó lo que ellos exigían. El
mantra: “es lo mejor que podemos obtener” es una receta para la
corrupción.
No es fácil, en medio de la atmósfera corrupta de Washington, D.C,
mantenerse fiel a la verdad, resistirse a la tentación de la
capitulación que se presenta a sí misma bajo el nombre de arreglo. Sólo
unos pocos pueden hacer esto. Pienso en Barbara Lee, la única persona
en la Cámara de Representantes que, en medio del ambiente histérico de
los días posteriores al 11 de septiembre, votó en contra de la
resolución que autorizaba a Bush a invadir Afganistán. Actualmente, es
una de las pocas personas que se niegan a financiar la guerra en Iraq,
insiste en un fin inmediato de la guerra y rechaza el deshonesto acto
de un arreglo falso.
Con excepción de la minoría poco común, como Barbara Lee, Maxime
Waters, Lynn Woolsey y John Lewis, nuestros representantes son
políticos y renunciarán a su integridad, alegando ser “realistas”.
Nosotros no somos políticos, sino ciudadanos. No tenemos un puesto
que mantener, sólo nuestra conciencia, que insiste en decir la verdad.
Eso, según sugiere la historia, es la cosa más relista que puede hacer
un ciudadano.
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Howard Zinn es el autor de A Power Governmets Cannot Suppress (Un Poder que los Gobiernos no Pueden Reprimir), su libro más reciente.
Publicado originalmente en http://www.progressive.org/mag_zinn0507
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