ACTUALIDAD POLÍTICA: Aquí no se tortura
Pilar Marrero 2008-04-21 El Diario NY
Imagínense la escena de un día cualquiera en la Casa Blanca por allá en el
año 2002 ó 2003.
El VP Dick Cheney, la secretaria de Estado Condoleezza Rice, quien entonces
era asesora de seguridad nacional, el que era secretario de Defensa Donald
Rumsfeld, el ex secretario de Estado Colin Powell, el director de la CIA, George
Tenet, y el entonces fiscal general John Ashcroft, se reúnen en un salón en el
sótano de la mansión presidencial y rezan un poquito antes de empezar su
reunión.
Es lo que se acostumbra en la Casa Blanca cristiana de George W. Bush, una
rezadita, una oración al Altísimo pidiendo que los ilumine y luego, se lleva a
cabo el trabajo del día.
A continuación, los más altos personeros del gobierno —con excepción del
Presidente, que quizás estaba jugando al tobogán y la rueda para esparcirse un
rato mientras papá Cheney organizaba las cosas— se dedicaban a discutir con toda
especificidad los métodos de tortura que se utilizarían contra específicos
sospechosos de pertenecer a la red terrorista Al Qaida.
Tortura en buen español o torture en buen inglés no es realmente eso en la
Casa Blanca. Se llama, en el idioma eufemístico del gobierno bushiano "técnicas
repotenciadas de interrogatorio". ¿No suena tan mal, no?
El agradable grupito —quien fuera una mosca en la pared para verlo todo—
discutía detalles tan gráficos de la tortura, que algunas sesiones eran hasta
coreografiadas. Que si a este le vamos a hacer el ahogamiento simulado. Al otro
no lo vamos a dejar dormir tres semanas. A éste de más allá le vamos a poner
electricidad en los testículos. Cosas lindas así.
Y de repente, en una de esas sesiones, el que era fiscal general de la
nación, John Ashcroft, tuvo una inspiración que casi casi hace que se le pueda
tener en buena estima: ¿Por qué estamos hablando de esto en la Casa Blanca?,
dijo, de acuerdo a las declaraciones filtradas a la prensa por altos personeros
del gobierno. "La historia no nos juzgará favorablemente…".
Dejando de lado la discusión sobre si la tortura es efectiva o no —y hay
bastante evidencia, incluso declaraciones de muchos altos militares y otros
presuntos expertos de que los resultados no son muy concluyentes que digamos—.
¿Qué tal nos cae que los top top del gobierno de Estados Unidos se reúnan a
hablar de tortura, un delito según las leyes del país y las leyes
internacionales y una actividad que han negado una y otra vez esté
ocurriendo?
No sabemos, a estas alturas, si el uso de las "tácticas repotenciadas de
interrogación" han cumplido sus objetivos. Lo que sí sabemos, con toda certeza,
es que Estados Unidos no tortura a nadie, tal y como nos lo dijo hace unos seis
meses en una entrevista por televisión el presidente George W. Bush. Tal parece
que lo que le hacen a esos detenidos, muchos de los cuales ni siquiera tenían
nada que ver con terrorismo pero que desaparecieron por años en cárceles
clandestinas sin proceso legal constitucional ni nada que se le pareciera, es
una cosa que se parece, pero no es, tortura.
Lo que fastidia es que no digan la cosa de frente ¿no? Sí, pues lo que
hacemos es tortura. ¿Y qué? Por eso me cae bien Dick Cheney. Él sí que no tiene
pelos en la lengua. Hace poco, en una entrevista con la televisión de acá una
periodista le preguntó que qué opinión le merecían las encuestas donde la
mayoría opinaba que esta guerra en Irak no había valido la pena.
¿Y qué?, contestó el inefable.
Eso sí que es honestidad.
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